PRÓLOGO
En este volumen recogemos múltiples artículos, notas, conferencias, discursos y reflexiones filosóficas deAlbert Einstein, que a veces rozan problemas científicos, pero que en su gran mayoría se refieren a tópicoscandentes de su época, de la cual la nuestra es una continuación.En ello reside el valor de estos trabajos, casi todos breves, aunque sustanciosos. El célebre físico, que pasaráa la historia como uno de los hombres más importantes de su tiempo, inició un nuevo período en elprogreso de la ciencia con sus audaces teorías. Ciertamente, si bien su modestia lo haya negado, suyo es elmérito de haber inaugurado la era nuclear, pues fue el pionero de la fisión del átomo, descubrimiento queha abierto un mundo fascinante y riesgoso para nuestra civilización.Este mismo hecho convirtió a Einstein, consciente del tremendo poder destructivo que las nuevas armasrepresentaban para todo el orbe, en un decidido defensor de la paz, el desarrollo de la cultura y la igualdady seguridad de los pueblos. Aparece así la faz del humanista que ante la presencia de un arsenal de horrorse entrega a la tarea de luchar con pasión en favor de un pacifismo activo, detrás del cual se advierten lasinquietudes del sociólogo y del pedagogo.En estos escritos, todos los cuales se hallan unidos por un hilo conductor: el destino del hombre, preservadopara fines más nobles que la aniquilación mutua, y su preocupación por la vida comunitaria, se descubrenlas profundas conmociones que sacudieron el ánimo del científico en sus últimos años, cuando las nubes deotra conflagración, más cruel que cuantas haya soportado la humanidad, se cernían sobre el horizontepolítico mundial. La segunda guerra mundial y su trágico fin que llevó al uso de la bomba atómica leanticiparon el enorme peligro que amenazaba al planeta y el camino tenebroso en que había desembocado laciencia. El saber al servicio de la muerte, cuando en realidad se lo había concebido siempre como sostén eimpulso de la vida.Si no se reaccionaba con premura ante la grave situación que ponía en manos de los conductores ambiciososy de la fuerza bruta un poder siniestro que se le había arrancado a la naturaleza, todo el esfuerzo acumuladodurante milenios y la estirpe humana misma, podían ser arrasados por las radiaciones de energía querevelaba el átomo insondable.De allí surgió, en efecto, la rebelión humanista. "la obstinación de un inconformismo incorregible", que enEinstein posee las más variadas manifestaciones de carácter ético más que intelectual. Sus propuestas paramantener la paz a todo trance, sus discusiones respecto a las condiciones nacidas con motivo de larevolución científica monopolizada por el designio belicista tienen en él, sin excepción, un tono dramático.Nada escapa a su perspicaz mirada, aunque no lo vea todo en su conjunto: la instrucción, la cultura, lareligión con sus falsos dioses, la mentalidad militarista tan notoria en los EE. UU. de posguerra, elsocialismo y el acierto de su planificación, el derrotero peligroso asumido por la ciencia, y una aguda críticaal capitalismo, cuya "anarquía económica es la verdadera fuente de todos los males". Cabe recordar a esterespecto las cartas en que polemizó con un grupo de científicos soviéticos, en las que con mesura ysinceridad por ambas partes se discutió, entre otros temas, el proyecto del "gobierno supranacional", queEinstein propugnaba y consideraba uno de sus esquemas para salvar a la humanidad de la hecatombe, sibien sus interlocutores lo rechazaron de plano. Las partes no se entendieron, por supuesto. Sin embargo, eltono de cada postura sirvió para aclarar posiciones dentro de un nivel intelectual de primer plano.En otros aspectos de su vehemente defensa de la paz creyó el sabio que era indispensable modificar lossistemas de enseñanza, en una referencia directa a los EE. UU. Resultaba el único medio para que la juventud no se habituara a la voz de mando ni aprendiera sólo a competir por objetivos deleznables ni acompletar la "carrera de los honores", según se acostumbra en el mundo burgués. Sostenía que por sobretodas las frivolidades y acechanzas de la educación corriente existía un plano ético insustituíble, al que habíaque llegar con humildad y talen- to. La palabra viva, el ejemplo, la capacidad pedagógica es en este terrenolo esencial. Los libros, que no pueden desecharse, vienen en segundo término, pues no pueden superar jamás la aptitud y la influencia del educador que ha abrevado en las fuentes de la sabiduría.Einstein fue el auténtico hombre de ciencia que no desdeñaba la fe, mas ésta no se vinculaba con ningúndogma. Una fibra humanista, que recorre como un álito los diversos escritos aquí ofrecidos, sostenía susideas generosas y constructivas, las que por propia confesión, surgían espontáneamente ante el espectáculode una sociedad -la america-na- que parecía empeñarse en destruirlo todo para asegurar el dominio de unospocos a través del terror. Aceptaba, no obstante, que sus postulados en disciplinas en las que no era
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