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EL PROTOCOLO DE LOS SABIOS DE SION¿Quién escribió los Protocolos de los sabios de Sión?El antisemitismo constituye una actitud mental y una conducta que se pierde enla noche de los tiempos. Manetón, el sacerdote e historiador judío del periodohelenístico, ya dedicó vitriólicas páginas a los primeros momentos de laHistoria de Israel y sus pasos siguieron los antisemitas de la Antigüedadclásica —prácticamente todos los autores de renombre— desde Cicerón a Tácitopasando por Juvenal. En términos generales, su antisemitismo, que presentómanifestaciones de enorme dureza en medio de una considerable tolerancia legal,era cultural más que racial. Durante la Edad Media, el antisemitismo estuvorelacionado con categorías de corte religioso (la resistencia de los judíos aconvertirse al islam o al cristianismo) y social (el desempeño de determinadosempleos por los judíos). Solamente con la llegada de la Ilustración, elantisemitismo se fue tiñendo de tonos raciales que aparecen ya en escritosinjuriosos —y falsos— de Voltaire y que volvemos a encontrar muy acentuados enNietzsche o Wagner. Aunque la figura del judío perverso y conspirador no sehalla ausente de algunas de estas manifestaciones antisemitas y aunque, porejemplo, Wagner y Nietzsche insistieron en tópicos como el del poder judío o elde su capacidad de corrupción moral (e incluso racial) no llegaron a agotarhasta el final el tema de una de las acusaciones ya popularizadas en su tiempo,la de la conspiración judía mundial. Ambos autores no llegaron a articular — aunque no les faltó mucho para ello— la tesis de que todo el poder degeneradorde los judíos en realidad obedecía a un plan destructivo de característicasuniversales cuya finalidad era el dominio del orbe. Semejante papel lecorrespondería a un panfleto de origen ruso conocido generalmente como “LosProtocolos de los sabios de Sión”, en el que, supuestamente, se recogían lasminutas de un congreso judío destinado a trazar las líneas de la conquista delpoder mundial.El análisis de esa obra constituye el objeto del presente Enigma, sin embargo,antes de entrar en el contenido y en las circunstancias en que la misma se forjódebemos detenernos siquiera momentáneamente en algunos de sus antecedentes. “LosProtocolos de los sabios de Sión” no fueron, en buena medida, una obrainnovadora. Aunque, sin lugar a dudas, cuentan con el dudoso privilegio deconstituir la obra más conocida y difundida sobre la supuesta conjura judíamundial, no son ni con mucho la única ni la primera. La idea de una conjuraparcial (para envenenar las aguas, para empobrecer a la gente, para sacrificarniños, etc) aparecía periódicamente durante la Edad Media. Sin embargo, siemprese trataba de episodios aislados, regionales, desprovistos de un carácteruniversal. El cambio radical se produjo en 1797. Con la publicación de laMemoria para servir a la historia del Jacobinismo no quedará perfilada la tesisde una conspiración subversiva mundial. El autor de la obra, un clérigo llamadoBarruel, pretendía que la orden de los Templarios, disuelta en el s. XIV, nohabía desaparecido sino que se había transformado en una sociedad secretaencaminada a derrocar todas las monarquías.Cuatro siglos después, la misma se habría hecho con el control de la masoneríay, a través de la organización de los jacobinos, habríaprovocado la revolución francesa. Barruel afirmaba también que los masones eran,a su vez, una marioneta en manos de los iluminados bávaros que seguían a AdamWeishaupt. A menos que se acabara con estos grupos, afirmaba Barruel, pronto elmundo estaría en sus manos. Como suele ser habitual en todas las obras quedesarrollan la teoría de la conspiración no sólo los datos expuestos recogen
 
tergiversaciones sino también absolutos disparates. Barruel pasaba por alto,entre otras cosas, que el grupo de Weishaupt ya no existía en 1786, que siempreestuvo enemistado con los masones y que éstos no sólo por regla general habíansido monárquicos y conservadores sino que además habían experimentado lapersecución a manos de los revolucionarios, muriendo centenares de ellos en laguillotina. Con todo Barruel, que había tomado sus ideas de un matemáticoescocés llamado John Robinson, apenas mencionaba a los judíos porque,ciertamente, éstos no habían tenido ningún papel de importancia durante laRevolución y porque además incluso habían sido víctimas de los excesos de ésta.Pese a sus evidentes deficiencias, la obra de Barruel despertó, sin embargo, lapasión de un oficial llamado J. B. Simonini que le escribió desde Florenciaproporcionándole supuestas informaciones sobre el papel judío en la conspiraciónmasónica. En una carta —que fue un fraude de Fouchá para impulsar a Napoleónhacia una política antisemita— el militar felicitaba al clérigo pordesenmascarar a las sectas que estaban “abriendo el camino para el Anticristo” yse permitió señalarle el papel preponderante de la “secta judaica”. SegúnSimonini, los judíos, tomándole por uno de los suyos, le habían ofrecido hacersemasón y revelado sus arcanos. Así se había enterado de que el Viejo de laMontaña (el fundador de la secta islámica de los Asesinos que tanto agradaba aNietzsche) y Manes eran judíos, que la masonería y los iluminados habían sidofundados por judíos y que en varios países —especialmente Italia y España— losclérigos de importancia eran judíos ocultos. Su finalidad era imponer eljudaísmo en todo el mundo, objetivo que sólo tenía como obstáculo la Casa deBorbón a la que los judíos se habían propuesto derrocar. Ni que decir tiene quelas afirmaciones de Simonini carecían de la más mínima base (por esa época tantolos masones como los iluminados si acaso habían tenido alguna actitud hacia losjudíos era de rechazo). Sin embargo, los dislates contenidos en la mismahicieron mella en la mente de Barruel, que, a juzgar por su obra, estaba bienpredispuesto a creer este tipo de relatos.De hecho, pese a que juzgó más prudente no publicarla, entre otras razonesporque temía que provocara una matanza de judíos, distribuyó algunas copias encírculos influyentes. Finalmente, antes de morir en 1820, relató todo a unsacerdote llamado Grivel. Nacería así el mito, tan querido a tantos personajesposteriores, de la conjura judeo-masónica, mito al que se incorporaron los datossuministrados por Simonini en su carta. Con todo, inicialmente, la idea de unaconspiración judeo-masónica iba a caer en el olvido y durante las primerasdécadas del siglo XIX ni siquiera fue utilizada por los antisemitas. Conposterioridad, una obra de creación titulada Biarritz volvería a resucitarlo enAlemania. El autor de la novela se llamaba Hermann Goedsche y ya tenía un ciertopasado en relación con documentos de carácter sensacional. En el períodoinmediatamente posterior a la revolución de 1848 había presentado unas cartas envirtud de las cuales se pretendía demostrar que el dirigente demócrata BenedicWaldeck había conspirado para derrocar al rey de Prusia.El acontecimiento dio origen a una investigación cuyo resultado no pudo resultarmás bochornoso: los documentos eran falsos y además Goedsche lo sabía. Este sededicó entonces a trabajar como periodista en el Preussische Zeitung, elperiódico de los terratenientes conservadores, y a escribir novelas comoBiarritz. Esta se publicó en 1868, una fecha en que la población alemanacomenzaba a ser presa de renovados sentimientos antisemitas a causa de laEmancipación —sólo parcial— de los judíos. En un capítulo del relato, que sepresentaba como ficticio, se narraba una reunión de trece personajes,supuestamente celebrada durante la fiesta judía de los Tabernáculos, en elcementerio judío de Praga. En el curso de la misma, los representantes de laconspiración judía mundial narraban sus avances en el control del gobierno
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Bueno nose si los protocolos de los sabión de sión sean verdad o mentira, pero hay que saber que Brendita tiene amigos judios, con eso significa que su imparcialidad se fue a la basura que buiiiiiiiiiiiinaa como te quedo el ojo ENANA. Me pasas la voz cuando tu foro de porqueria expreso se vaya al desague completo.

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