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Recorridos por la memoria de los huesos
aminar descalzo por las calles de tie-rra es un lujo. Cuando camino no mehago preguntas: camino, nada máscamino. Inicio la caminata por sobre el efí-mero tatuaje que recorre la distancia entrela inmensidad de la tierra y mi hogar. Voyal encuentro, aunque sepa que nada ni na-die aguarda. El rumor de la arena suelta aldesmoronarse bajo mis pies, las imágenes,los recuerdos, los fragmentos... Siempreque me pienso en esta imagen, el caminodesaparece mientras lo digo, el paisaje sepetrifica y descubro que el viento se ha di-bujado en mis párpados y con él está latarde, los pájaros y mi regreso.Sospecho que no soy la única que viajapor los senderos somnolientos de los hue-sos e imagino seamos legión quienes lee-mos bajo las tachaduras del tiempo e insis-timos en ver los colores fundidos en lablancura errante que se aleja para dejarnosal borde del paisaje. Seguramente muchosmás escarban en su costado invisible bus-cando respuestas. Casi puedo afirmar queunos cuantos han logrado volver y relataraquello que su cuerpo evoca.Cuando me detengo ante los grabadosde Dini Calderón, creo entrever las huellasdel peregrinaje por la tierra de nadie. Ella haido marcando su camino con resplandecien-tes migas de silencios. Sé que lo que veono es otra cosa que un recorrido por debajode la arena, reconociendo las raíces quecrecen murmurando, atravesando los ríosque se deslizan por su frente y buscandosecretos en lo más escondido de las pie-dras. Ha estado sola y no le ha sido fácilvolver. Parada frente a ella puedo ver elpaisaje atrapado en su piel: desde allí ellahabla. Graba, imprime, borda, ata, cose, re-tiene, afirma: exhibe los trofeos que le haquitado a la inmensidad.El regreso de Rolando González Medinaestá lleno de un aire respirado hasta elagotamiento. Sus viajes subterráneos que-dan germinando en su garganta y desdeallí, desde dentro de las palabras a puntode ser gritadas el paisaje es expulsado.Cuando lo escucho hablar el eco de laespesura y el desconcierto se manifiestan,son ceremonia logrando atrapar en un so-nido el destino de sus imágenes. Caminasobre sus pasos una y otra vez con la furiadel hambre, trocando su aliento por miga- jas de un amanecer que no llega, de unanoche agónica en dónde deambula. Salgo asu encuentro y ahí está inmóvil: ostentandosus laureles, su plato rebalsado de tierra,de selva, de sudor.El andar de Adrián Pandolfo empaña laniebla, avanza y es viento desatando losnudos que retienen la inocencia del otoño.Es nube y es fisura. Sus ojos abiertosconfrontando implacable a un paisaje mor-daz que se escapa detrás del humo azula-do de alguna cocina, del zumbar de la tar-de, del sabor de la sal en los labios rese-cos. Sus estampas son día y son noche,construidas sobre un muro, que es fin y escomienzo, límite desde donde observo lahistoria que se cuenta en la planta de suspies. Un dibujo infinito subiendo por suspiernas relata una batalla. No hay vencidosaquí... hay un pacto, un acuerdo. Es laherida de su carne donde reside el desiertoy unos granos de sal los que se fundenen su mano.He escuchado hablar a los cuerpos, hanescrito poesía, han gritado y han contadode las fronteras del paisaje. Calderón, Gon-zález Medina y Pandolfo han invocado,convocado y evocado a la propia memoriade sus cuerpos con cada incisión en sutrabajo, transformando la imagen en unlugar, en una morada.He visto muchos grabados en mi vida,pero nunca los había visitado.por
Daniela Rodi
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