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Noviembre de 2010
U
na mañana, una familia sereunió como de costumbre paraestudiar las Escrituras. Al estarreunidos, el padre sintió un espíritunegativo: algunos integrantes de lafamilia no parecían estar muy entu-siasmados por participar. Hicieron suoración familiar y, al comenzar a leerlas Escrituras, el padre se dio cuentade que una de las hijas no tenía susEscrituras. Él la invitó a que fueraa buscarlas a su cuarto; ella fue demala gana y, después de un momentoque pareció una eternidad, regresó ydijo: “¿Realmente tenemos que haceresto ahora?”.El padre pensó que el enemigo detoda rectitud quería crear problemaspara que no estudiaran las Escrituras.El padre, tratando de mantenerse tran-quilo, dijo: “Sí, tenemos que hacerloahora; porque esto es lo que el Señordesea que hagamos”.Ella respondió: “¡No quiero hacerloahora!”.Entonces, el padre perdió la pa-ciencia, levantó la voz y dijo: “¡Éstaes mi casa y siempre vamos a leer lasEscrituras en mi casa!”.El tono y el volumen de suspalabras lastimó a su hija que, con lasEscrituras en la mano, dejó el círculofamiliar, corrió a su cuarto y dio unportazo. Así terminó el estudio familiarde las Escrituras: sin armonía y con unsentimiento de poco amor en el hogar.El padre supo que no había hecholo correcto, así que fue a su cuarto yse arrodilló a orar. Le suplicó ayuda alSeñor, sabiendo que había ofendidoa una de Sus hijas, a una hija que élmismo realmente amaba. Le imploróal Señor que restituyera el espíritude amor y armonía en el hogar y lespermitiera continuar el estudio delas Escrituras como familia. Mientrasoraba, se le ocurrió una idea: “Ve ydile ‘lo siento’”; él continuó orando detodo corazón, pidiendo que el espíritudel Señor regresara a su hogar. Otra vez tuvo el mismo pensamiento: “Ve ydile ‘lo siento’”.Él en verdad deseaba ser un buenpadre y hacer lo correcto, así que selevantó y fue al dormitorio de su hija.Suavemente tocó a la puerta varias ve-ces sin recibir respuesta. Por lo tanto,lentamente abrió la puerta y encontróa su hija sollozando y llorando en sucama. Se arrodilló junto a ella y le dijocon voz suave y tierna: “Lo siento, per-dóname por lo que hice”. Él volvió arepetir: “Lo siento, te amo y no quierolastimarte”; entonces, de la boca deuna niña recibió la lección que elSeñor quería enseñarle.Ella dejó de llorar y, después deun breve silencio, tomó sus Escrituras y comenzó a buscar algunos versícu-los. El padre observaba esas manospuras y suaves volver las páginas delas Escrituras, una por una. Encontrólos versículos que buscaba y co-menzó entonces a leer muy despacio,con voz suave: “Porque el hombrenatural es enemigo de Dios, y lo hasido desde la caída de Adán, y lo serápara siempre jamás, a menos que sesometa al inujo del Santo Espíritu, yse despoje del hombre natural, y sehaga santo por la expiación de Cristoel Señor, y se vuelva como un niño:sumiso, manso, humilde, paciente,lleno de amor y dispuesto a some-terse a cuanto el Señor juzgue conve-niente imponer sobre él, tal como unniño se somete a su padre”
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. Aún arrodillado junto a la cama desu hija, lo invadió un sentimiento dehumildad y pensó para sí: “Ese pasajefue escrito para mí… ella me ha ense-ñado una gran lección”.Luego, ella lo miró y le dijo: “Losiento… lo siento, papi”.En ese momento el padre se diocuenta de que ella no había leído esepasaje para aplicarlo a él, sino paraaplicarlo a ella misma. Él abrió los bra-zos y la estrechó. El amor y la armoníase habían restaurado en ese dulce mo-mento de reconciliación, nacido de laspalabras de Dios y del Espíritu Santo.Ese pasaje de las Escrituras, el que suhija recordaba de su propio estudio delas Escrituras, le había tocado el cora-zón con el fuego del Espíritu Santo.Mis amados hermanos, nuestrohogar tiene que ser un lugar donde
Por el élder Juan A. Uceda
De los Setenta
Él nos enseña a dejarel hombre natural
 Doy testimonio de la realidad y del poder de la expiación del Salvador para limpiar, puricar y santicarnos a nosotros y nuestros hogares.
 
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L i a h o n a
otras palabras, “modestos; mansos; su-misos; opuestos al
orgullo, a la altane-ría, a la arrogancia o la jactancia
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.“Lo siento, perdóname por lo quehice”.Él nos enseña a ser pacientes o, enotras palabras, a “tener la cualidad desoportar los males sin murmurar niirritarnos”, o a “mantener la calma anteel sufrimiento o las ofensas”
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.Él nos enseña a estar llenos deamor. “Te amo y no quiero lastimarte”.Sí, Él nos enseña a dejar de ladoel hombre natural, como el padre delrelato que le pidió ayuda al Señor. Así como ese padre tomó a su hijaentre sus brazos de amor, de la mismamanera el Salvador nos extiendeSus brazos para abrazarnos durantenuestros momentos de verdaderoarrepentimiento.Él nos enseña a ser “santos pormedio de la expiación de Cristo elSeñor”; y entonces nos reconciliamosgrandemente el alma sin hipocresía ysin malicia”
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.La contención se aleja de nues-tro hogar y de nuestra vida si nosesforzamos por vivir estos atributoscristianos. “Y también os perdonaréis vuestras ofensas los unos a los otros;porque en verdad os digo que el queno perdona las ofensas de su prójimo,cuando éste dice que se arrepiente, talha traído sobre sí la condenación”
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.“Lo siento… lo siento, papi”.El Señor Jesucristo, quien es elPríncipe de Paz, nos enseña a estable-cer la paz en nuestros hogares.Él nos enseña a ser sumisos o, enotras palabras, ceder a la voluntad o alpoder del Señor. “Ve y dile ‘lo siento’”.Él nos enseña a ser mansos o, enotras palabras, a ser “tranquilos; sua- ves; amables; no irritarnos ni enojar-nos fácilmente; exibles; dispuestos aejercitar la paciencia”
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.Él nos enseña a ser humildes o, enel Espíritu Santo pueda morar: “Sóloel hogar puede equipararse con lasantidad del templo”
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. En nuestrohogar no hay lugar para el hombrenatural. El hombre natural se inclinaa “…encubrir [sus] pecados, o satis-facer [su] orgullo, [su] vana ambición,o ejercer mando, dominio o com-pulsión sobre las almas de los hijosde los hombres, [y cuando él actúa]en cualquier grado de injusticia, heaquí, los cielos se retiran, el Espíritudel Señor es ofendido, y cuandose aparta, se acabó el sacerdocio oautoridad de tal hombre”
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.Los que poseemos el Sacerdocio Aarónico o el de Melquisedec siempredebemos recordar que “Ningún podero inuencia se puede ni se debe man-tener en virtud del sacerdocio, sinopor persuasión, por longanimidad,benignidad, mansedumbre y por amorsincero; por bondad y por conoci-miento puro, lo cual ennoblecerá
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