Editorial
El 11 de marzo de 2011 pasará a la historia como un día de hor-ror a la naturaleza por el escarmiento que le propinó al ingeniohumano. Sí, el terremoto de 9.0 grados en la escala de Richter yel tsunami que causó después dejaron una estela de destrucciónen múltiples zonas de Japón. En las siguientes horas, alertas demaremotos se declaraban en países de tres continentes. La comu-nidad internacional no sabía qué esperar, Japón no sabía cuál era lamagnitud de los daños pero entendía, por su cultura, que se podíalevantar.Sin embargo, la verdadera prueba los esperaba esa semana cuandose reportaron las primeras fugas radioactivas de plantas nuclearesen la región de Fukushima. El gobierno trataba de mantener lacalma difundiendo la menor información posible y asegurando quela situación estaba bajo control. Y una pregunta, se quedaba en elaire: ¿Por qué un país progresista, una de las mejores economías amundial, reconociendo que está en una zona propensa a terremotosy tsunamis –y localizados precisamente encima de cuatro placastectónicas- deciden construir 54 plantas nucleares?Lo irónico de esta realidad es que Japón fue la primera y la únicanación hasta la fecha en sufrir el devastador efecto de esta energíacuando Estados Unidos –enemigo de él en aquel entonces- atacóa Hiroshima y Nagasaki en el 1945 con dos bombas atómicas el 6y el 9 de agosto, respectivamente. Por décadas, las generacionesvenideras pudieron referirse al evento como el máximo atentadocontra la Humanidad. La radioactividad cobró víctimas aquellosdías y hoy, 56 años después logra hacerlo nuevamente aunque por
motivos propios y no por inuencia externa.
Japón incursionó en el negocio de la energía nuclear con el piederecho, convirtiéndose en el ejemplo para otros países que veíanen ésta una alternativa a su alto consumo de combustibles fósilesy una opción para contrarrestar cualquier contribución al cambio
climático. Pero, este desastre calicado como el peor inigido lu
-ego de la Segunda Guerra Mundial ha cambiado la percepción entorno a esta fuente por completo. Y ya era hora. Ya era hora paraque la comunidad internacional comprendiera que si la energía
nuclear tenía sus benecios también tiene sus fallas y entre ellas, la
más importante: es incontrolable. Lo vimos en la explosión del re-actor de Three Mile Island, 32 años atrás, y en el accidente nuclear en Chernóbil, Ucrania, hacía 25, el cual es considerado como lamáxima expresión dañina de esta energía por la Comisión Regu-ladora de Energía Nuclear, igualado sólo por los escapesradioactivos del 2011 en Japón. Nadie sabe cómo culminar un debate que continúa desde estedescubrimiento de la física. La comunidad internacional con-sidera que hay que reforzar las regulaciones y las medidas de prevención para que estos desastres no ocurran. Algunos paísesante los eventos recientes en el país del sol naciente, han desisti-do de la idea. Otros como Rusia, Ucrania y Bielorrusia apuestan
todavía por la energía nuclear y ya han rmado acuerdos para
continuar con sus planes previos. Si Japón reanudase sus propu-estas nucleares –que en la actualidad sólo producen el 20% de laelectricidad en el país-, ¿necesitaría más pruebas para compren-der que en sus suelos esta energía no es viable?Pronto sabremos si el Hombre tomará esta señal para hacer cambios en su infraestructura energética (mientras atiende lasalud de los afectados) o si la Naturaleza seguirá encargándosede estrellarlo una y mil veces contra la misma piedra mediantelava, agua o tierra.
Un juguete de fatales consecuencias
I m a g e n d e p or t a d a p or ~ C h a s e J C d eD e v i a nA r t .
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