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EL DON APACIBLE
 MIJAIL SHOLOJOV 
EDICIONES G.P. BARCELONA Título original: TIKHIY DON Versión castellana de PEDRO CAMACHOPortada de R. COBOS©Ediciones G. P
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1965Deposito Legal: B. 30.270-1965 Número de Registro: 7.897/65Difundido porPLAZA & JANES, S. A.Barcelona: Enrique Granados, 86-88 Buenos Aires: Montevideo, 333 México D.F.: Amazonas, 44 Bogotá: Carrera 8.ª Núms. 17-41LIBROS RENO son editados por Ediciones G. P. Apartado 519, Barcelona eimpresos por Gráficas Guada, S. R. C. Rosellón, 24, Barcelona - ESPAÑA 
Ven conmigo sobre el Don apacible.Con nosotros, en el Don,no se vive como entre vosotros.
(Antigua canción cosaca)
 No son los aradoslos que han laborado nuestra tierra gloriosa,está laborada por los cascos de los caballos;nuestra tierra gloriosa está sembrada de cabezas cosacas,y adornado de jóvenes viudas nuestro Don apacible,y, florecido de huérfanos, nuestro padrecito, el Don apacible. Las ondas del Don apacible están henchidasde lágrimas de Padres y de madres.¡Oh, padrecito nuestro, Don apacible!¡Oh!, ¿por qué son tus olas tan turbias? ¡Ay!, ¿cómo no he de estar turbio yo, Don apacible...?  Fríos manantiales saltan del fondo del Don apacible,los peces turban el agua en medio del Don apacible.
(Antigua canción cosaca)
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PRIMERA PARTEILa granja de los Melekhov se encuentra al extremo de la aldea. Al norte de lapropiedad, la puertecilla de la alquería sobre el río. Descendiendo la margenescarpada, de unos veinte metros de altura, por un senderillo abierto en mediode terrones cretosos cubiertos de musgo, se llega al ribazo sembrado de conchasnacaradas. Un festón gris e irregular de guijarros bañados por las ondas bordeala corriente espumosa del Don, rizada por el viento. Al Este, tras los cercados y los hórreos, se divisa la carretera del
atamán
(Jefecosaco), festoneada de ajenjos grisáceos y la hierba centenaria aplastada por loscascos de los caballos; la capilla en la encrucijada, y, más lejos, la estepa veladapor una bruma fluctuante. Al Sur se eleva la cadena de los montes calcáreos, y aOccidente, la calle que corta el pueblo en dos. Al terminar la última campaña de Turquía, el cosaco Prokofi Melekhov retornó asu casa con una mujercita menuda y frágil, velada de pies a cabeza por un chal.Ocultaba su rostro y sólo muy raramente dejaba ver sus ojos llenos de angustia y de asombro. Su chal de seda recamada, impregnado de perfumes desconocidos y remotos, excitaba la envidia de las mujeres del pueblo. Como la cautiva turca nopudiera entenderse con los padres de Prokofi, el viejo Melekhov no tardó enceder a su hijo la parte de propiedad que le correspondía, para que pudiera vivirsolo con su mujer. Jamás volvió a poner los pies en casa de Prokofi, al que nopudo perdonar la ofensa recibida por el casamiento con una extranjera.Prokofi se instaló pidamente en la nueva posesión. Los carpinteros leconstruyeron la casa. Él mismo levantó el cercado para las bestias y, en el otoño,sacó a su mujer de la casa paterna. Al cruzar con ella la aldea, siguiendo lacarreta cargada con sus muebles, toda la población, grandes y chicos, se lanzó ala calle. Los cosacos sonreían disimuladamente; las mujeres se interpelaban deuna puerta a otra, cambiando impresiones; una horda de pilluelos sucios vociferaba a espaldas de Prokofi. Éste, con la cabeza erguida, con el abrigodesabrochado, sin hacer caso de nadie, andaba con el paso lento del labradorque conduce el arado, apretando con su mano enorme y negruzca la delicadamuñeca de su mujer. Sólo los músculos de sus mejillas se hinchaban y contraíanen tanto que el sudor perleaba su frente de piedra dura.Desde entonces, sólo raramente se le vio en la aldea. No volvió a frecuentar laplaza. Vivía solitario en su finca sobre la margen del Don. En el pueblo secontaban extrañas cosas a su respecto. Los niños que guardaban el ganado en laestepa afirmaban, por ejemplo, que ciertas tardes, a la caída del sol, Prokofillevaba a su mujer en brazos hasta el otero tártaro. La depositaba en la cima, conla espalda apoyada en la piedra secular, roída por el tiempo, sentábase a su lado y así permanecían largo rato con los ojos fijos en la estepa. Al anochecer, Prokofienvolvía a su mujer en su abrigo y la volvía a su casa. La aldea se deshacía enconjeturas para la explicación de esta manera de obrar tan extraordinaria. A fuerza de hablar de ello, las mujeres se olvidaban de despiojarse. Unasafirmaban que la mujer de Prokofi era de una belleza sorprendente, mientrasotras, lo contrario. Este misterio quedó esclarecido cuando la más audaz, Mavra,cuyo marido estaba haciendo el servicio militar, se decidió a ir a casa de Prokoficon el pretexto de pedir levadura fresca. Mientras Prokofi bajaba a la cueva para buscársela, Mavra examinó a la turca y consideró que no valía nada.
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