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INDICESilvio en El Rosedal, 3Al pie de la letra, 26Nada que hacer Monsieur Baruch, 31Los huaqueros, 40Alienación, 47Espumante en el sótano, 59El profesor suplente, 69La solución, 74La molicie, 85Los merengues,90La piel de un indio no cuesta caro, 97Interior «L», 107El Banquete, 115Por las azoteas, 120Los gallinazos sin plumas, 127Mar afuera, 138La insignia, 146Sólo para fumadores, 151
 
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SILVIO EN EL ROSEDAL
El Rosedal era la hacienda más codiciada del valle de Tarma, nopor su extensión, pues apenas llegaba a las quinientas hectáreas,sino por su cercanía al pueblo, su feracidad y su hermosura. Losricos ganaderos tarmeños, que poseían enormes pastizales ysembríos de papas en la alta cordillera, habían soñado siempre conposeer ese pequeño mundo donde, aparte de un lugar de reposo yesparcimiento, podrían hacer un establo modelo, capaz de surtir deleche a todo el vecindario. Pero la fatalidad se encarnizaba ensustraerles estas tierras, pues cuando su propietario, el italianoCarlo Paternoster, decidió venderlas para instalarse en Lima prefirióelegir a un compatriota, don Salvatore Lombardi, quien porañadidura nunca había puesto los pies en la sierra. Lombardi fueademás el único postor que pudo pagar en líquido y al contado elprecio exigido por Paternoster. Los ganaderos serranos eran muchomás ricos y movían millones al año, pero todo lo tenían invertido ensembríos y animales y metidos como estaban en el mecanismo delcrédito bancario, no veían generalmente el fruto de su fortuna másque en la forma abstracta de letras de cambio y derecho desobregiro. Don Salvatore, en cambio, había trabajado durantecuarenta años en una ferretería limeña, que con el tiempo llegó a sersuya y juntado billete sobre billete un capital apreciable. Su ilusiónera regresar algún día a Tirole, en los Alpes italianos, comprarse unagranja, demostrar a sus paisanos que había hecho plata en Américay morir en su tierra natal respetado por los lugareños y sobre todoenvidiado por su primo Luigi Cellini, que de niño le había roto lanariz de una trompada y quitado una novia, pero nunca salió delpaisaje alpino ni tuvo más de diez vacas. Por desgracia los tiemposno estaban como para regresar a Europa, donde acababa de estallarla segunda guerra mundial. Aparte de ello don Salvatore contrajouna afección pulmonar. Su médico le aconsejó entonces quevendiera la ferretería y buscara un lugar apacible y de buen climadonde pasar el resto de sus días. Por amigos comunes se enteró quePaternoster vendía El Rosedal y renunciando al retorno a Tirole se
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