• Embed Doc
  • Readcast
  • Collections
  • CommentGo Back
Download
 
CONSTRUIR Y ESPERAR DESDE EL LUGAR DEL CONFLICTO
Francisco de Roux SJCongreso de Teología de la Universidad Javeriana.Bogotá 23 de agosto de 2007Agradezco a la Facultad de Teología la posibilidad de compartir este aporte desde la vidacotidiana del Magdalena Medio. Se me ha invitado a ofrecer elementos para construir laconvivencia en medio del conflicto. Mi contribución no tiene rigor académico y no es unaelaboración teológica. Solamente pretende ofrecer reflexiones a este Congreso de teólogos yteólogas, si ustedes consideran que su contenido viene al caso.LA PERDIDA DE LO HUMANOSiento un respeto profundo por muchas personas admirables en la fe y heroicas en la caridadque he tenido el privilegio de conocer en la Iglesia, en Colombia. Y agradezco a Dios ser miembro de la Provincia colombiana de la Compañía de Jesús y poder formar parte de estegrupo que con entrega de la vida ha dado origen a obras como la Universidad Javeriana y estaFacultad de Teología de 70 años. Paradójicamente, al lado de estos sentimientos, tengo tambiénel sentimiento hondo de que nosotros en Colombia hemos perdido el sentido del ser humano.El país es bello y rico. Hay como escapar aquí mismo del horror. La economía está creciendo.Hay un presidente valiente a quien podemos encomendar que nos cuide, y dedicarnos –clasemedia que somos, con otros 20 millones - a lo nuestro: ganarnos la vida como productores de bienes, de servicios, o de ideas; y tener ingresos para estar cómodos como familias o comocomunidades religiosas.Hay entre nosotros – colombianos y colombianas - algunas personas que luchan todo el tiempo por rescatar nuestra humanidad perdida. Otras, otros, que dedican un rato al día o a la semana para aproximarse al drama. Y la mayoría, que parece vivir nuestra realidad como si fuera unacomedia de televisión definitivamente ajena. Este dar la espalda a nuestro drama nos desbaratay hace incomprensibles. Mirando la historia, el catolicismo colombiano de los últimos 30 añostiene analogías al cristianismo alemán, de la sociedad de los doce años de Hitler, que – conexcepciones incluso heroicas - se ocultó a sí mismo el holocausto del pueblo judío. Colombiaes uno de los tres o cuatro casos de crisis humanitaria grave y peligrosa en el planeta hoy. Nosotros somos los protagonistas.Muchas cosas de un pasado próximo horrible están ante nosotros en las verdades fraccionadas eincompletas de la ley de Justicia y Paz. Masacres con motosierras, asesinatos crudelísimos demiles, fosas comunes de cientos de personas. Esta semana los habitantes de San Blas noscontaban como a lo largo de meses los Paramilitares convocaron a mujeres, niños y adultos enla plaza del pueblo a fusilamientos públicos de sospechosos. Como este episodio hubocantidades en Colombia. Lo sabíamos como en una penumbra que prefiere no despejar nieblas,y tapamos en silencios tragedias brutales para ocuparnos de los negocios y de las cátedras.Ahora esos hechos están alpara preguntarnos cómo vamos a conmutar castigos parareconciliarnos sin destruir el respeto. Reconciliarnos sobre infracciones contra el ser humano delas que todos y todas, a diversos niveles, somos responsables, por lo que hemos hecho y por lodejado de hacer. Y, como el conflicto armado interno y el desajuste continúan, todos los días – ayer no más hubo otra masacre - los acontecimientos nuevos echan tierra sobre los anterioresayer. En una cascada de barbaries, incomprensiones y señalamientos que nos dejan oscilandoentre la perplejidad, la huida, o las respuestas a medias.A pesar de los logros en seguridad alcanzados por el Estado, somos hoy el país de mundo demás desplazamiento interno que no está en guerra con otra nación. El país con el mayor númerode secuestros y de los secuestros inhumanos más largos con asesinatos de los retenidos después
11
 
de años en los campos de concentración en la selva. Somos el territorio de mundo con mayor densidad de minas antipersonales. Nuestros campesinos siguen siendo sometidos a ladominación y el terror por la guerrilla; a la coerción y el desplazamiento por paramilitares. Elcrimen penetra nuestra sociedad más que las otras, hasta hacernos el primer productor mundialde hoja de coca. Y nuestra comunidad lleva en su seno una mafia que invade las institucionesdel país, monopolio mundial de la cocaína, un negocio que aceita la guerra, el terrorismo, latrata de blancas, y la proliferación del SIDA.En los campos social, político, económico y teológico, nuestras universidades han desarrolladouna capacidad impresionante para analizar el problema. Pero no lo resuelven. Tenemossociólogos de la exclusión, politólogos del conflicto, economistas de la equidad, teólogos de laviolencia. Pero nos pasan dos cosas con el problema. Por una parte nuestra aproximación – conalgunas excepciones- es abstracta, bajada de Internet, de las revistas y los textos; no se hacedesde el grito humano que carga de dolor, de rabia y de compasión al problema mismo, y permite comprenderlo desde dentro. No hemos puesto nuestra tienda de campaña, todos los díashasta el final del éxodo, en medio del problema. De otro lado no hay elaboración estratégica,cnica y administrativa de los procedimientos para poner en práctica las solucionesdescubiertas, con asignación de recursos, manejo de riesgos, definición de agendas, comunióncon las comunidades víctimas, que logre resolver el problema. Obviamente mientras no se dé elsalto que pasa de la formulación de soluciones en la cátedra y el seminario, al drama de laacción programada, con sus contradicciones y debates y sus heridas, no se puede decir que se hahecho una tarea honrada, ante una situación de gravedades sociales que sobrecogen al mundo; ydonde el imperativo moral no se cumple con mostrar donde está en mal, ni con pequeños proyectos sociales, ni con libros y artículos sobre el asunto, sino con la puesta en práctica, enterreno, del bien difícil, que tenemos que hacer con todos los instrumentos y toda la pasión sivamos a tener la altura de seres humanos.Quiero insistir con todo su peso en esta seriedad con lo humano, porque allí está lo perdido.Allí está el lugar común donde se da el debate serio, nacional e internacional, sobre lo que está pasando con nosotros en Colombia, y la eventual posibilidad de salidas que van a exigir detodos y todas la acción inteligente, justa, peligrosa, útil. Al escapar las responsabilidadeshumanas, se ha afectado el eje mismo de nuestra fe. Sin pretender hacer decir a los textos loque quiero, leo en el autor de la carta de Juan este mismo sentir: si hemos perdido al hermanoy a la hermana hemos perdido a Dios, y si hemos perdido a Dios nuestra fe es mentirosa.Esta Colombia católica y caótica es escándalo para los pueblos del mundo y continuamente sinsentido para su propia juventud. Hace sospechosa la fe que la sustenta como cultura y lainspira como propósito ético del pueblo. Le valdría bien la pregunta que ayer se hacía GustavoBahena, ¿qué es lo que todos hemos entendido por Dios?. El Vaticano II vio las raíces de laincreencia y del ateísmo en la negación práctica de Dios en las sociedades cristianas. LaCompañía de Jesús lo entendió así cuando recibió de Pablo VI la misión de luchar contra elateísmo y definió que la Misión de los jesuitas es la Proclamación de la Fe y la defensa de laJusticia, para restaurar el sentido del Reino de Dios. Esta justicia que se ha hecho añicos enmedio de nosotros.El profesor Moncayo, caminante de la Eucaristía cotidiana, retirándose de las gradas delcapitolio. Dándole la espalda al Presidente que sigue gritando en un micrófono. Llorando.Abrazado a su esposa en lágrimas. Con la fragilidad de un hombre solo, susceptible de ser manipulado. Es un pobre que revela, que pone en evidencia, que la causa que lo ha hechomarchar 46 días no es entendida por el Presidente, ni por las personas que insultan alPresidente. Lo que las FARC y Álvaro Uribe se disputaron en ese episodio no es disputable: lagrandeza del ser humano en peligro. No son las instituciones, no es la razón de Estado, no esla revolución o el dinero lo que estaba en juego en ese escenario; es el ser humano para el cualse hizo el sábado y toda la parafernalia de las instituciones y de las revoluciones, y no al revés.
22
 
LA DIGNIDADAl terminar la segunda guerra mundial, cuando las naciones del mundo se sentaron a reflexionar sobre lo que había ocurrido, después de 60 millones de muertos, surgió la toma de concienciade haber perdido el sentido de nosotros mismos. Apareció entonces la Declaración Universal delos Derechos Humanos de 1948. Esa declaración inicia con el reconocimiento de
la dignidad igual, inherente, a toda persona humana, de la cual se derivan de manera inalienable paratodos y todas los derechos que son fundamento de la libertad, la justicia y la paz.
La determinación de afirmar la dignidad igual de toda persona humana en el Preámbulo de laDeclaración de 1948 fue aceptada por todas las creencias religiosas y filosóficas. En las actas sesabe que la idea fue propuesta por un católico francés, Jacque Maritain. La teología ha penetrado a fondo sobre los fundamentos de la dignidad humana. Quiero solamente llamar laatención sobre este punto, y ponerlo como centro de mi reflexión porque se trata de construir laconvivencia y la paz desde la tragedia nuestra.Entre millones de probabilidades posibles, aparecimos nosotros en el universo, en la Colombiade hoy, llevando cada uno, cada una, la dignidad, que se confunde con la conciencia quetenemos del valor inherente de nosotros mismos. La dignidad no nos la da la sociedad, ni elEstado, ni la familia, ni el dinero. La dignidad está allí en cada uno de nosotros, de nosotras,total, simplemente porque somos seres humanos. La dignidad no la tenemos por haber sidosalvados por Jesucristo. No, es al contrario. Dios que nos crea continuamente en dignidad vienea salvarnos cuando nos extraviamos y perdemos el sentido de nosotros mismos. Allí está Jesúsen la última cena lavando los pies de sus discípulos. “He venido a servir y no a ser servido”.Dios al servicio de nuestra dignidad. Identificado con pobres, con forasteros, con desnudos,hambrientos, los presos, con los que hemos excluido huyendo de la grandeza nuestra.
¿Quién es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que de él cuides? Apenasinferior a dios lo hiciste, coronándolo de gloria y de grandeza; le entregaste las obras de tusmanos, bajo sus pies has puesto cuanto existe. (Salmo 8.
Es el misterio incomprensible del donde Dios que somos nosotros mismos. Ignacio de Loyola pedirá de cada jesuita: en todo amar yservir. Y Pedro Arrupe en 1971 definirá tarea de los jesuitas en ser “ hombres para los demás”.En contradicción total con el respeto sagrado que postula la dignidad humana hemos llegado ala negación total del otro, como si fuera posible desposeer a un ser humano de su propiadignidad matándolo a garrote como a Alicia Lazo; cortándole los brazos, los pies y la cabezacomo a Alma Rosa Jaramillo; ocultando su cadáver entre el barro como a los trozos decampesinos que sacamos en San Martín de Loba. La racionalización de este comportamientoabsurdo aparece cuando se caracteriza al otro como un peligro para el pueblo. Entonces se le dala categoría de enemigo: alguien a quien hay que destruir porque de lo contrario él nos destruirá.Entonces se justifica la guerra, y se declara la guerra. Estamos dispuestos a morir con tal de queel enemigo muera. No me voy a detener a evaluar y discutir las ambigüedades éticas de la decisión de irse a laguerra, de dar la vida en la guerra para que muera el otro. Voy a ir más allá. Pero baste notar que de este elemento ético complejos pende el derecho internacional humanitario, los procesosde paz que son estrictamente con el enemigo, la justificación de las amnistías; la relevancia dela discusión sobre si el delito de los paramilitares es sedición o guerra contra el Estado, o si setrata de organizaciones para delinquir, bandidos, con los que se hace sometimiento a la justicia yno proceso de paz, como los ha declarado la Corte Suprema de Justicia; y entonces lareconciliación exigirá encontrar nuevos caminos jurídicos si queremos salir del problema.Vuelvo a lo que es central en esta reflexión. Situémonos más allá de la guerra. Es decir,situémonos en el reconocimiento de la dignidad del otro. Donde la guerra éticamente no cabe.
33
of 00

Leave a Comment

You must be to leave a comment.
Submit
Characters: ...
You must be to leave a comment.
Submit
Characters: ...