LA DIGNIDADAl terminar la segunda guerra mundial, cuando las naciones del mundo se sentaron a reflexionar sobre lo que había ocurrido, después de 60 millones de muertos, surgió la toma de concienciade haber perdido el sentido de nosotros mismos. Apareció entonces la Declaración Universal delos Derechos Humanos de 1948. Esa declaración inicia con el reconocimiento de
la dignidad igual, inherente, a toda persona humana, de la cual se derivan de manera inalienable paratodos y todas los derechos que son fundamento de la libertad, la justicia y la paz.
La determinación de afirmar la dignidad igual de toda persona humana en el Preámbulo de laDeclaración de 1948 fue aceptada por todas las creencias religiosas y filosóficas. En las actas sesabe que la idea fue propuesta por un católico francés, Jacque Maritain. La teología ha penetrado a fondo sobre los fundamentos de la dignidad humana. Quiero solamente llamar laatención sobre este punto, y ponerlo como centro de mi reflexión porque se trata de construir laconvivencia y la paz desde la tragedia nuestra.Entre millones de probabilidades posibles, aparecimos nosotros en el universo, en la Colombiade hoy, llevando cada uno, cada una, la dignidad, que se confunde con la conciencia quetenemos del valor inherente de nosotros mismos. La dignidad no nos la da la sociedad, ni elEstado, ni la familia, ni el dinero. La dignidad está allí en cada uno de nosotros, de nosotras,total, simplemente porque somos seres humanos. La dignidad no la tenemos por haber sidosalvados por Jesucristo. No, es al contrario. Dios que nos crea continuamente en dignidad vienea salvarnos cuando nos extraviamos y perdemos el sentido de nosotros mismos. Allí está Jesúsen la última cena lavando los pies de sus discípulos. “He venido a servir y no a ser servido”.Dios al servicio de nuestra dignidad. Identificado con pobres, con forasteros, con desnudos,hambrientos, los presos, con los que hemos excluido huyendo de la grandeza nuestra.
¿Quién es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que de él cuides? Apenasinferior a dios lo hiciste, coronándolo de gloria y de grandeza; le entregaste las obras de tusmanos, bajo sus pies has puesto cuanto existe. (Salmo 8.
Es el misterio incomprensible del donde Dios que somos nosotros mismos. Ignacio de Loyola pedirá de cada jesuita: en todo amar yservir. Y Pedro Arrupe en 1971 definirá tarea de los jesuitas en ser “ hombres para los demás”.En contradicción total con el respeto sagrado que postula la dignidad humana hemos llegado ala negación total del otro, como si fuera posible desposeer a un ser humano de su propiadignidad matándolo a garrote como a Alicia Lazo; cortándole los brazos, los pies y la cabezacomo a Alma Rosa Jaramillo; ocultando su cadáver entre el barro como a los trozos decampesinos que sacamos en San Martín de Loba. La racionalización de este comportamientoabsurdo aparece cuando se caracteriza al otro como un peligro para el pueblo. Entonces se le dala categoría de enemigo: alguien a quien hay que destruir porque de lo contrario él nos destruirá.Entonces se justifica la guerra, y se declara la guerra. Estamos dispuestos a morir con tal de queel enemigo muera. No me voy a detener a evaluar y discutir las ambigüedades éticas de la decisión de irse a laguerra, de dar la vida en la guerra para que muera el otro. Voy a ir más allá. Pero baste notar que de este elemento ético complejos pende el derecho internacional humanitario, los procesosde paz que son estrictamente con el enemigo, la justificación de las amnistías; la relevancia dela discusión sobre si el delito de los paramilitares es sedición o guerra contra el Estado, o si setrata de organizaciones para delinquir, bandidos, con los que se hace sometimiento a la justicia yno proceso de paz, como los ha declarado la Corte Suprema de Justicia; y entonces lareconciliación exigirá encontrar nuevos caminos jurídicos si queremos salir del problema.Vuelvo a lo que es central en esta reflexión. Situémonos más allá de la guerra. Es decir,situémonos en el reconocimiento de la dignidad del otro. Donde la guerra éticamente no cabe.
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