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Retos éticos del periodismo latinoamericanoJavier Darío Restrepo.Congreso de ética. (CELAM)Bogotá, 10-09-07
 Los periodistas, a pesar de que informamos sobre todos los temas, en lo personal  somos monotemáticos: a todas horas hablamos de periodismo, pensamos en el  periodismo y soñamos pesadillas periodísticas. Por eso, aunque la agenda de estecongreso me asigna el tema de los retos éticos comunicacionales del continente, esteviejo periodista entiende que cuanto se diga de los retos éticos de los periodistas y del  periodismo es aplicable al tema anunciado. Como ven es una mala excusa para hablar de lo que me han enseñado la experiencia y las reflexiones con colegas de todo el continente.
0.- En los medios impresos y en la televisión apareció la historia de un hombre que trasvarios decenios en estado de coma, había vuelto a la vida normal. Como parte de lautilería de aquella escena sorprendente, estaba su esposa, la mujer que había esperadosin desfallecer, atenta a todos los cuidados que necesitaba este durmiente, y sin dejar apagar la lámpara del amor y de la esperanza.En otras ocasiones los medios se estremecieron con las noticias de dos secuestrados quehabían regresado a la vida y a la libertad por los azarosos vericuetos de la fuga.Fueron noticias que aparecieron en iguales o parecidos lugares a los que se dedican a lahistoria de la niña violada por su padrastro, o a la del paramilitar que relató cómo bebíala sangre de sus víctimas.Por las pantallas y las primeras páginas desfila, como por una pasarela, el ser humano,apenas inferior a los ángeles en unos casos, o muy inferior a los animales, en otros.Todo tiene cabida en unos medios que sin experimentar vértigo alguno pasan de las másaltas cimas de lo humano a sus más hondas y oscuras simas.Los debates éticos que siguen a la presentación de las historias sórdidas, giran alrededor de lo correcto o lo incorrecto en la presentación y difusión de estos temas. Cuando unooye los argumentos y contraargumentos, queda con la sensación de que ser ético esajustarse a un reglamento de buenas maneras. Muy probablemente estas discusioneséticas podrían concluir en que los hechos positivos y sorprendentes, el del ángelguardián del durmiente polaco, o la de los felices prófugos de la guerrilla, deben hacer énfasis en los valores y ser objeto de un sobrio tratamiento, y que los hechos atroces sedeben evitar o minimizar en nombre de la ética. Es la misma razón que se aduce cuandohay desnudos o cadáveres desfigurados de por medio, lenguaje burdo, agresionesverbales, calumnias o acusaciones sin sustento en los medios tradicionales o en la red deInternet. Tras esas conclusiones de la discusión, uno llega a preguntarse si hay algunadiferencia válida entre un código de ética y uno de policía.Esta duda se me acentúa ante las preguntas que escucho en los talleres de ética o las querecibo en el consultorio ético de la página web de la fundación Nuevo Periodismo, queson los dos observatorios privilegiados que me permiten percibir los desafíos éticos del periodismo latinoamericano. Esas dos actividades tienen como ámbito los países delcontinente, desde Washington hasta la Patagonia. Los contactos virtuales a través deInternet, o los reales en el curso de talleres y conferencias, me han llevado a laconclusión de que el primer desafío ético para el periodismo de este y de los otroscontinentes, es entender la diferencia entre un código ético y uno de policía, que es tantocomo diferenciar la ética de las leyes, asunto a primera vista conceptual pero,cuidadosamente examinada, esa confusión tiene inesperadas consecuencias prácticas.1.-
Policía o ética?
 
Sí, el policía, el juez o el magistrado deben ser éticos, pero la ética no debe ser impuesta por policías, jueces o magistrados. Los códigos figuran en las primeras páginas denumerosos manuales de estilo, pero son cosa distinta de las normas imperativas paratitular, para escribir abreviaturas o para usar las mayúsculas.La ética es distinta porque nadie la impone, no nace de una presión exterior sino que esuna autoimposición que se da como resultado de una presión interior que Kant describíaal hacer alusión a la metáfora de un código o clave vital escrita en el corazón humano.Por eso hablaba de “la ley moral en mi corazón.” Hay, pues, un deletreo de lo quellevamos escrito en nuestra naturaleza; cuando se decodifica ese mensaje de lanaturaleza, se convierte en un mandato exigido por la libertad.Como un soberano ejercicio de su libertad, el periodista que decide que es bueno llegar a hacer un periodismo de excelencia, adopta unos valores y principios éticos distintivosde su profesión. Convertido en legislador de sí mismo, asume el control de su vida profesional y sigue el rumbo que está escrito, no en leyes ni en reglamentos, sino en sunaturaleza y en la de su profesión. Para este momento de la vida humana las metáforasabundan: está la del piloto que toma el timón, está la del desorientado que al descubrir el rumbo correcto corrige su derrotero; está la de quien consulta y sigue el norteseñalado por una brújula; también se habla de conversión, otros hablan de reconstruir lavida y los jóvenes de hoy de mover el piso. Después de los talleres he oído ese término, junto con el de redescubrir la profesión, el de renovar el entusiasmo original o el dereencontrarse con los sueños iniciales. En todo caso, este cara a cara con la ética, no esel kafkiano encuentro con ese poder sin rostro, de lo legal, sino el redescubrimiento delo mejor de uno mismo y el compromiso de mantener intactos, los mejores y máselevados sueños.Aquí se ha marcado ya otra diferencia entre lo legal y lo ético.Los reglamentos, los digos, las leyes en general son transitorias, referidas asituaciones específicas y cambiantes. Son elementos prescindibles. La multiplicación delas normas éticas degrada a la ética porque la aproxima al lenguaje de los códigos de policía y de los reglamentos. Los valores éticos, por el contrario son tan permanentescomo la naturaleza humana, pero no estáticos. Cada uno de esos valores es un referentede las posibilidades del hombre. La ley señala errores, fallas posibles, infracciones odelitos. La ética indica las posibilidades de todo hombre. El lenguaje de la ética encarnala convicción de que el hombre, todo hombre, es un ser posible.El periodista, como persona y como profesional, encuentra en la ética la formulación desus posibilidades. Los códigos de ética guían, como brújulas, para descubrirlas; perocada persona descubre sus posibilidades y las convierte en su deber ser, en su utopía.Los miembros del Foro de Periodistas Argentinos, Fopea, que convocaron en noviembredel año pasado a colegas de todo el país para la celebración de un congreso nacional,tuvieron como objetivo de esa reunión proclamar y adoptar un código de ética quehabían trabajado durante tres años, a partir de un taller de ética en que pudieron ver lasdiferencias que hay entre unos reglamentos y normas legales, y un código de ética. Un primer borrador con normas escritas en clave de no, fue corregido al comprobar que laética es propuesta y no prohibición, es suma, no resta, abre caminos, no los clausura.Para ellos fue como poner por escrito lo mejor de sus sueños profesionales. Hace dossemanas encontré inmersos en la misma tarea a los periodistas de Brasil, convocados para una Asamblea extraordinaria en Vitoria, en la que darían los toques finales a larevisión de su código ético, que es la misma tarea que acaba de cumplir el Círculo dePeriodistas de Bogotá que anunció, además, su propósito de celebrar talleres regionales
 
 para difundir su código actualizado. Son las respuestas a este reto de entender lasingularidad de lo ético frente a lo legal.La confusión entre los códigos éticos y los de policía o cualesquiera otros reglamentosse erige como un sólido obstáculo para el crecimiento ético y técnico de los periodistas, porque lo ético aparece tan transitorio y relativo como lo legal; pierde lo ético sucarácter universal y permanente y se extiende la concepción de que, como las leyes, loético puede ser derogado, reemplazado o sustituido por otros códigos y reglamentos; oque debe cumplirse sólo cuando hay la presión o presencia de una autoridad.En consecuencia, las normas éticas aparecen tan eludibles como cualquier ley detránsito o reglamento tributario que, si no son urgidos e impuestos por la acción externade una autoridad, pueden desconocerse. Con la diferencia de que esas autoridades queimponen la ley pueden identificarse, mientras que para el cumplimiento de lo ético no seconoce ni reconoce una análoga autoridad.La confusión da lugar, además, para que a su sombra prospere la idea de que la éticarestringe o suprime la libertad del periodista puesto que la normas que prohíben, por ejemplo, la violación de la intimidad ajena, o que ordenan el rigor investigativo, o la pluralidad y diversidad de fuentes, restringen temas, publicaciones o tratamientosnoticiosos de hechos y de personajes. La confusión impide ver a la ética periodísticacomo el máximo ejercicio de la libertad. O, utilizando la expresión de José AntonioMarina: les “cuesta trabajo pensar que la ética no es el marco de las prohibiciones sinola máxima expresión de la creatividad humana.” Ver la ética como ley o reglamento, conuna dimensión heteronómica y coercitiva, mantiene inexplorado, si no desconocido, sucarácter de guía para una construcción personal y veda el acceso a ese poder queconvierte al hombre en legislador de sí mismo y con iniciativa para sobrepasarse a símismo.Porque esta confusión logra tan radical supresión de los contenidos de lo ético, sonexplicables el carácter accesorio y prescindible que la ética tiene ante los ojos de mediosy de periodistas y la urgencia de responder al desafío de restituirle a la ética suscontenidos. También resulta lógico el reclamo sobre la ineficacia de la ética. Loscódigos no detienen los abusos, ni tienen por función disuadir a los abusadores; pero sófortalecen y acompañan como guías a los honestos y a lo que quiere llegar a serloSe relaciona estrechamente con ese desafío, otro tan radical como éste. Me refiero a lanecesidad de recuperarles a los periodistas del continente, una clara y fuerte identidad profesional.2
.- La identidad profesional
En la Patagonia argentina, ese mágico lugar en donde uno se pregunta si allí termina ocomienza el mundo, me encontré durante dos días con un grupo de 30 periodistas.Algunos de ellos habían viajado hasta catorce horas por aquel territorio desértico endonde las distancias se extienden, interminables, bajo una constante de desmesura.Todavía bajo unos regímenes sociales y políticos de colonia primitiva, estos periodistas planteaban en el taller los dilemas éticos que les representaba la constante presión de políticos y gobernantes para convertirlos en sus relacionistas públicos, o en sus agentesde publicidad, o en los protectores de su imagen pública. Es una región en donde aún semantiene sin solución la vieja pugna entre terratenientes, señores poderosos dispuestos adefender sus tierras y ganados con todas las formas de lucha contra sindicatos, deextenso y batallador historial. En ese campo de batalla el periodista tiene que optar o por el patrocinio, ventajas y privilegios de defender al gran propietario, al gobernante poderoso o al político influyente, o por el contrario, asumir el riesgo de hacer causa
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