Se trata, según lo define él, de niños que no sirven sino paraser usados por el crimen; desde los cinco años hasta los 16,cuando suelen terminar su vida, casi siempre de formaviolenta, se convierten en agentes de delito delnarcomenudeo y del sicariato.Son infantes reclutados en los espacios públicos, que lasociedad le va cediendo por temor y de manera paulatina a ladelincuencia.Eso, señor Presidente, queridos amigos, es lo que noqueremos que les ocurra a nuestros hijos, ni lo queremos paranuestro México; sin embargo, los diagnósticos nos dejan pocoespacio a la esperanza.Hoy vemos que en las comunidades en las que los índices deviolencia se han elevado, las personas se alejan de las áreasriesgosas, cediendo así los espacios públicos ydesestructurando las actividades comunitarias.Antes, las colonias eran públicas; ahora son comunidadescerradas, muchas veces vigiladas por grupos privados,tornándose en espacios aislados para la acción misma de laautoridad.Esto, digámoslo claro, es pérdida de libertad, porque afecta ala organización social, la confianza, trastoca las normas deconvivencia y desarticulan las redes de interacción social;
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