CAPÍTULO PRIMERO
Reunidos en la capilla del prestigioso colegio Welton,una institución docente privada sumida en el corazónde las colinas de Vermont, unos trescientos muchachosuniformados esperaban educadamente, sentados a unoy otro lado del pasillo, rodeados de familiares cuyossemblantes resplandecían de orgullo. De repente, seoyó elevarse bajo las bóvedas el amplio y sinuososonido de una gaita; con un solo movimiento lascabezas se volvieron hacia la entrada de la capilla y acontraluz se vio la silueta de un hombre encorvado porla edad, al que una amplia toga hacía que parecieseaún más pequeño. Después de prender un cirio quellevaba en un candelabro de plata, encabezó condignidad una procesión compuesta por estudiantes quellevaban estandartes, una pléyade de antiguos alumnosy profesores ataviados con la toga doctoral. Laprocesión se sumió en la augusta capilla deslizándosesobre las losas de la nave central.Los cuatro chicos que portaban los estandartes enlos que se podían leer, bordadas en letra gótica, laspalabras «Honor», «Tradición», «Disciplina» y«Excelencia», avanzaron con paso solemne hasta elestrado, seguidos a unos pasos por el pelotón deprofesores. El portador del candelabro, cuya atenciónse dedicaba por entero a proteger la llama de las
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