que el beato Pío IX condenaba en el Syllabus definiéndolo como la Iglesia libreen el Estado libre.Sin embargo, muchos de esos mismos eclesiásticos no dejan derecordar que los Estados deben respetar la ley natural. Si es así (que lo es),¿no es igualmente cierto que el decálogo es expresión revelada de la leynatural, y que el primero de los mandamientos es amar a Dios sobre todas lascosas, adorándole y rindiéndole el culto que le es debido? Pues si los Estadoshan de actuar en conformidad con la ley natural, y si adorar a Dios y darle cultoes el primero de los mandamientos de la ley revelada pero al mismo tiemponatural, es evidente la contradicción en que incurren dichos eclesiásticos.Aparte de ello, cabría preguntarse por qué adherirse a ellos y no a LeónXIII y a todos los papas y obispos que durante siglos y siglos han defendido laconfesionalidad de los Estados. Eso sí, con una diferencia: la tesis de que losEstados no deben dar culto a Dios ni profesar religión alguna es muy reciente yno es unánime. La tesis contraria, aun cuando no haya sido definidasolemnemente como dogma, cuenta con el aval de siglos de unánimemagisterio, y no olvidemos que aquello que ha sido creído siempre y en todaspartes por la Iglesia, aunque se trate de magisterio ordinario y noextraordinario, ha de ser tenido por verdad de fe del mismo modo que losdogmas proclamados por el Papa ex cátedra o por un Concilio ecuménico.La confesionalidad de los Estados es
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recapitulando lo hasta aquíescrito
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un deber moral derivado de la ley natural y enseñado siempre yunánimemente por la Iglesia (al menos hasta hace cuarenta años). No esdoctrina mudable ni discutible.Pero demos un paso más.León XIII, en la encíclica arriba citada, sigue enseñando que, partiendode que la ley natural obliga al Estado a profesar la fe en Dios y darle culto, nobasta con tributar un culto cualquiera, sino que ha de rendirle el culto por Elmismo querido y establecido, que es el culto católico, y, para ello, el Estado nosólo no puede desentenderse de toda religión, sino que tampoco puedeconsiderar a todas por igual. El Estado está obligado a reconocer y profesaraquella religión que ha sido revelada por Dios como única verdadera, esto es,
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