realidad un simple sustituto de la realidad no comprendida del “espíritu”. Con esto no negamos que la presencia viva del espíritu pueda ir acompañada ocasionalmente de acontecimientos físicosmilagrosos; lo que queremos acentuar es que éstos no pueden sustituir ni elaborar el únicoconocimiento esencial del espíritu.El hecho de que las afirmaciones religiosas estén a menudo en contradicción con fenómenosfísicamente comprobables prueba la independencia espíritu respecto de la percepción física; ymanifiesta que la experiencia anímica posee una cierta autonomía frente a las realidades físicas. El
alma es un factor autónomo;
las afirmaciones religiosas son conocimientos anímicos, que, en últimotérmino, tienen como base procesos inconscientes, es decir, trascendentales. Estos procesos son in-accesibles a la percepción física, pero demuestran su presencia mediante las correspondientesconfesiones del alma. La conciencia humana trasmite estas afirmaciones y las reduce a formasconcretas; éstas, por su parte, pueden estar expuestas a múltiples influencias de naturaleza externa einterna. Ello hace que, cuando hablamos de contenidos religiosos, nos movamos en un mundo deimágenes, las cuales señalan hacia algo que es inefable. No sabemos hasta qué punto son claros uoscuros estos conceptos, imágenes y metáforas con respecto a su objeto trascendental. Si, por ejemplo, decimos la palabra “Dios”, damos expresión a una imagen o concepto que ha sufrido a olargo del tiempo muchas transformaciones; pero no podemos indicar con cierta seguridad —a no ser por la fe— si estas transformaciones se refieren únicamente a los conceptos e imágenes, o si serefieren también a la realidad inexpresable. Lo mismo puede imaginarse uno a Dios como una accióneternamente fluente, llena de vida, que se encarna en figuras sin fin, que como un ser eternamenteinmóvil e inmutable. Nuestro entendimiento está seguro sólo de que posee imágenes,representaciones, las cuales dependen de la fantasía y de su condicionamiento es especial y temporal;y por ello, en su larga historia, estas imágenes se han transformado innumerables veces. Pero no puede dudarse de que en la base de estas imágenes se encuentra algo trascendente a la conciencia, yesto hace que las afirmaciones no varíen caóticamente y sin limitación alguna; así podemos reconocer que estas imágenes se refieren a unos pocos “principios” o arquetipos. Estos arquetipos sonincognoscibles por si mismos, lo mismo que lo son el alma o la materia; lo único que cabe hacer esdiseñar modelos de los que sabemos de antemano que son insuficientes; esta insuficiencia se hallaconfirmada también por las afirmaciones religiosas.Quede, pues, bien claro, que cuando en las páginas siguientes hablo de estos objetos “metafísicos”, medoy perfecta cuenta de que me muevo en un mundo de imágenes, y que ninguna de mis reflexionesllega a tocar lo incognoscible. Conozco muy bien la limitación de nuestra imaginación —para no ha- blar de la estrechez y pobreza de nuestro lenguaje— como para poder imaginarme que misafirmaciones signifiquen más que lo que significan las afirmaciones de un hombre primitivo cuandodice que su Dios salvador es un conejo o una serpiente. Aunque todo nuestro mundo de ideasreligiosas está formado de imágenes antropomórficas, las cuales, en cuanto tales, no podrían resistir una crítica racional, no podemos olvidar que estas imágenes se apoyan en
arquetipos numinosos,
esdecir, en una base emocional, la cual es inexpugnable a la razón crítica. Estos hechos anímicos puedenser no vistos, pero su no existencia no puede ser demostrada. En este sentido, ya Tertuliano invocócon razón el testimonio del alma. En su obra
De testimonio animae,
cap. V, dice:
“Haec testimoniaanímae quanto vera, tanto simplicia: quanto simplicia, tanto vulgaria: quanto vulgaria, tantocommunia: quanto communia, tanto naturalia: quanto naturalia, tanto divina, non putem cuiquam frivolum et frigidum videri posse, si recogitet naturae majestatem, ex qua censetur auctoritas animae.Quantum dederis magistrae, tantum adiudicabis discipulae. Magistra natura, anima discipula.Quidquid aut illa edocuit, aut ista perdidicit, a Deo traditum est, magistro scilicet ipsius magistrae.Quid anima possit de principali institutore praesumere, in te est aestimare de ea quae in te est. Sentiillam, quae ut sentias efticit: recogita in praesagiis vatem, in ominibus augurem, in eventibus prospicem. Mirum si a Deo dala homini novit divinare. Tam mirum, si eum a quo data est, novit.”
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“Mientras más verdaderos son estos testimonios del alma tanto más simples son; cuatro más simples tanto más vulgares; cuantomás vulgares tanto mas comunes; cuanto más comunes tanto más naturales; cuanto más naturales tanto más divinos. Creo que a nadie podrán parecerle frívolos y superficiales si contemplamos la majestad de la naturaleza de la que proviene la autoridad del alma. Lo quese concede a la maestra, ha de reconocerse a la discípula: la naturaleza es la maestra, el alma la discípula. Lo que aquélla enseñó o éstaaprendió les fue dado por Dios, que es el maestro de la maestra misma, y lo que el alma recibe de su maestro supremo puedes juzgarlo enti mismo por tu propia alma: siente a la que te hace sentir, considérala como la vidente que te señala los acontecimientos del futuro, laque interpreta los signos y te protege en los resultados. ¡Qué maravilloso sería si aquella que Dios ha dado a los hombres pudiera predecir! Más maravilloso es que reconozca por quién ha sido dada.” (Migne,
Patr. lat.,
t. 1, col. 615
f.)
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