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De cierto modo el Método Científico introdujo una nueva Inquisición y una nueva censura, unnuevo control represivo a la libre reflexión sobre la realidad circundante. Muchos lo estamos sufriendo. Ylo sufren mucho más quienes se ponen en franca ruta de colisión con los paradigmas científicos delmomento, sin refugiarse en una religión reconocida sino quedando a la intemperie, defendiendo suderecho a pensar diferente.A
los saberes “externos” al Método, a todas aquellas aseveraciones que no fueran productodel Método tal como se lo interpretara por los popes del momento, se les consideró desde entoncessuperstición, dogma irracional o en el mejor de los casos saber empírico no sistematizado.
Era tan extrema la confianza
en
los instrumentos experimentales de cada época
que
cierta vezllegó
a
demostrarse
científicamente
que la tierra
no giraba
sobre su eje; otra vez se comprobó que enlos objetos sólidos la masa
no era influida
por la velocidad. Siglos después el mismo Método Científicoexperimental, con instrumentos más sofisticados, demostraría exactamente lo contrario para amboscasos, con una diferencia de cuatro siglos entre ambas rectificaciones.Las “paradojas” de la Física Cuántica y de la Teoría de la Relatividad son por un lado un avanceextraordinario de la Ciencia (hasta por la posibilidad que nos ofrecen de cuestionarla); pero son a lavez una demostración de que la certeza científica debe manejarse con mayor cautela. Las investiga-ciones de Heisenberg sobre el indeterminismo en el mundo de las micro partículas conmueve todoel edificio científico tradicional sobre la cognoscibilidad mecánica del cosmos a partir de lo muy pequeño.Pero fue la crisis ecológica planetaria, cuyos primeros indicios graves aparecieron en los '70, la quenos hizo repensar el valor de la Ciencia.Si por un lado la Ciencia es el sistema de conocimientos y creencias más eficiente paratransformar todo, es por otro lado el sistema de conocimientos y creencias más incapaz de prever sus propios efectos devastadores. Para peor la Ciencia sustituye la ética (propia de los sistemastradicionales de conocer y actuar) por la racionalidad de mercado, porque la Ciencia crece en lacompetición y requiere financiamientos cada vez mayores. Si es buen negocio, pongamos por ejemplo, producir armas cada vez más sofisticadas e impulsar la carrera armamentista, la Ciencia es una invitadainfaltable al reparto de utilidades.Con el cuestionamiento a la Ciencia surge el cuestionamiento a la cultura dominante y a suhegemonía impuesta por el mercado mundial en su expansión permanente. Inevitablemente entonces seredescubre el valor de las OTRAS culturas, sus formas de pensar y de actuar. Ya no hay más (o nodebería haber) una clasificación de seres humanos en más y en menos cultos sino en portadores de unau otra cultura.
Y
ya no existe esa ciega fe en la ciencia de Occidente que nuestro sistema deenseñanza sigue inculcando, para mantener la cuota de poder de viejas vacas sagradas. Si bien laciencia de Occidente es un poderoso e irreemplazable instrumento transformador, no esomnipotente, ignora lo que depreda y está sometida a las leyes brutales del mercado. Fuera de suámbito hay saberes necesarios que sólo poseen los portadores de otras culturas.¿Qué significa ser expresión de una cultura? Yo soy un producto de la segunda mitad del sigloXX, me sirvo de la nueva tecnología, pero no sé fabricar un motor a explosión, ni una televisión,ni una computadora; desconozco los cálculos precisos para poner en órbita un satélitegeoestacionario. Los charrúas usaban en sus
quilapí
los mismos signos que aparecen en las pictografías, pero se cuestiona que las pictografías fueran hechas por ellos. Pero ¿hasta dónde llegael concepto de
ellos?
¿No habría cierta división del trabajo? Nada se dice. Molestaría demasiado ala Historia Oficial descubrir que la cultura charrúa era muy desarrollada. Mejor para el Poder es preservar las rígidas sentencias sobre su atraso endémico.
Sólo es flexible la Ciencia cuando se lapresiona y se le paga para que sus conclusiones coincidan con los intereses de los que lafinancian.
Pero no hay mal que dure cien años. En América Latina asistimos en las últimas décadas alredescubrimiento, a la revalorización de los mitos y leyendas de los pueblos originarios.Tradicionalmente el botánico (trabajando para una universidad o un laboratorio) registrabacultivos, estudiaba la recolección y empleo de hierbas y controladores biológicos de plagas de lasculturas tradicionales, y atribuía toda esta sabiduría
indígena
a procesos prácticos de estascomunidades, a un saber empírico sin elaboración teórica anterior ni ulterior.Por su parte el antropólogo recogía leyendas y “supersticiones” que archivaba con curiosidad yque le servían para comparar imaginarios simbólicos de diferentes pueblos.
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