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La serpiente celeste
John Anthony West
Los enigmas de la civilización egipcia
1
 
Agradecimientos
Q
UISIERA
 
DAR 
 
LAS
 
GRACIAS
a las siguientes personas y organismos por su permiso para utilizar lasilustraciones en las páginas indicadas: ilustraciones de
Sacred Science,
de R. A. Schwaller deLubicz (pp. 139, 170, 239), con permiso de Inner Traditions International, 1987; RonaldSheridan Photo Library (pp. 30, 37, 102, 160, 163, 165, 166, 167, 168, 332); Lawrence BerkeleyLaboratory (p. 205); Peter Guy Manners (p. 137); Chicago House, Universidad de Chicago, por las fotografías de la Esfinge y de Kom Ombo (pp. 293, 294, 338, 339); Patrick Dunlea-Jones (p.363); y Lucie Lamy, por su amable autorización para utilizar todas las demás fotos que no fuerontomadas por el propio autor.
Prólogo a la primera edición
 En la actual pugna entre materialistas y metafísicos, en la que los partidarios de los primeros piden la cabeza de estos últimos, John Anthony West ha izado su bandera en apoyo del filósofoalsaciano R. A. Schwaller de Lubicz. La tesis de De Lubicz, lúcidamente desarrollada por West,es que los constructores del antiguo Egipto poseían un conocimiento de la metafísica y de lasleyes que gobiernan al hombre y a este universo mucho más sofisticado de lo que la mayoría delos egiptólogos han estado dispuestos a admitir.Se trata de una tesis llamativa, pero impopular entre los eruditos ortodoxos, que la hanignorado deliberadamente durante veinte años, a pesar de no ofrecer ningún otro argumento en su contra más que el hecho de que contraviene el dogma aceptado. R. A. Schwaller 
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quien, en la vida «real», recibió el título de «De Lubicz» del príncipelituano Luzace de Lubicz, por su contribución a la liberación de Lituania tanto de los rusoscomo de los alemanes al final de la primera guerra mundial 
 — 
ha reunido una serie deaplastantes argumentos en favor del desarrollo científico y espiritual de los antiguos egipcios; pero se trata de argumentos complejos. Reunidas durante un período de diez años tras unaestancia de otros quince en Luxor (1936-1951), estas evidencias se basan en unas mediciones ydibujos increíblemente concienzudos de las piedras y las estatuas del gran templo de Luxor realizados por su hijastra, Lude Lamy. Posteriormente incorporó este material a varias de susobras, la más importante de las cuales es la que constituye los tres enormes volúmenes de
LeTemple de l'Homme.
 Por desgracia, esta obra se divulgó en una edición limitada, es difícil deencontrar, y no resulta fácil de leer en el original francés, aunque actualmente se prepara unatraducción al inglés. En cualquier caso, sigue siendo difícil captar los fundamentos de la filosofía de De Lubicz, aunque West hace esta tarea mucho más fácil al resumir cuidadosamente el grueso de sutrabajo y consultar extensamente con Lude Lamy, una inestimable ayuda no sólo por su íntimoconocimiento del pensamiento de su padrastro, sino también por su papel como albacea de sustrabajos no publicados. En su atrevida defensa de De Lubicz, West lucha por un saber que se ha mantenido vivodurante siglos pese a los doctores, juristas, sacerdotes y sepultureros que han pretendidodisecarlo y convertirlo en carroña. Con su elegante lanza, perfeccionada gracias a su actividad como novelista y dramaturgo, West aguijonea también la pompa acumulada sobre Egipto yotras civilizaciones antiguas: que éstas son obra de unos sacerdotes toscos e idólatras, primitivos y supersticiosos.West afirma que recogió el guante en la causa de De Lubicz debido a que considera lacontribución de este autor «la obra de erudición más importante de este siglo ... que exige unarevisión total de la concepción que el hombre moderno tiene de la historia y de la "evolución"  social humana». Desde que Champollion descubriera los valores fonéticos de los jeroglíficos acomienzos del siglo xix, los escritos egipcios han sido interpretados por egiptólogos con unconocimiento de los pensamientos y creencias en ellos expresados tan escaso como pueda serloel que los modernos profesores universitarios de la lengua inglesa poseen de la filosofíahermética encerrada en los textos de Shakespeare.
Y
da la casualidad de que los datos son losmismos. De Lubicz estaba muy versado en el saber hermético, con una sólida base en las religiones deOriente, transmitido a través de los hindúes, chinos, budistas, teósofos, antropósofos y yoguis.
2
 
 De Lubicz descubrió pronto el mismo saber incorporado en los jeroglíficos, estatuas y templosde Egipto. Al interpretar los antiguos jeroglíficos egipcios como portadores simbólicos de unmensaje hermético, De Lubicz descubrió en Egipto la fuente más antigua conocida de unaciencia sagrada que constituye la base de lo que ha venido a conocerse como la filosofía perenne, de la que se han mantenido vivos algunos fragmentos entre los gnósticos, sufies,cabalistas, rosacruces y masones, aunque originariamente se conservó gracias a una serie demaestros iluminados y clarividentes. De Lubicz veía en los jeroglíficos egipcios no sólo la palpable escritura fonéticadescifrada por Champollion, sino también un simbolismo
 
más hermético que expresaba lasrealidades metafísicas, más sutiles, de la ciencia sagrada de los faraones, demasiado fugaz paraquedar atrapada en una red de escritura fonética. Del mismo modo que se pueden vislumbrar los contornos del aura humana mirando al cuerpo, no de frente, sino desde un cierto ángulo, también
 — 
afirma De Lubicz
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 se puedevislumbrar el significado simbólico de los jeroglíficos en lugar de su significado palpable. Para De Lubicz, esta dualidad de los jeroglíficos egipcios hacía posible que los sacerdotes dirigieran un mensaje al conjunto de la población a la vez que dirigían otro a losiniciados, del mismo modo que las obras atribuidas a Shakespeare se pueden interpretar comoun mensaje palpable e inocente, y, sin embargo, perpetúan la sabiduría perenne, políticamente peligrosa, dirigiéndose a la corona y al Consejo Privado del rey en un lenguaje lo suficientemente hermético como para eludir el encierro en la Torre de Londres o el filo del hacha. Para De Lubicz, los diversos mecanismos simbólicos de los antiguos egipcios estabandestinados a suscitar el conocimiento por revelación, por visión instantánea, en lugar dehacerlo mediante la transmisión de información: constituían un medio para romper los vínculosmateriales que limitan la inteligencia humana, permitiendo al hombre vislumbrar estados deconciencia superiores y de mayor amplitud, ya que el hombre
 — 
afirma De Lubicz
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eraoriginariamente perfecto, y ha degenerado en lo que ahora somos, debido, en gran parte, al usodel razonamiento.Sólo al final de su vida se dio cuenta De Lubicz de que su mente racional había sido unobstáculo para su comprensión de las leyes de este cosmos, que el cerebro y la conciencia psíquica actúan como un velo entre la conciencia innata del hombre y la conciencia cósmica.Un estudio en profundidad de los textos, imágenes y disposición de cada una de las piedras del templo de Luxor reveló a De Lubicz que los egipcios no establecían ningunadistinción (y mucho menos oposición) entre el estado espiritual del ser y el estado en un cuerpomaterial. Tal distinción
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afirma De Lubicz
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es una ilusión mental: «para aquellos sabios sólohabía diferentes niveles de conciencia, en los que todo es uno y el uno absoluto es todo». Durante su estancia de quince os en Egipto, trabajando con la ayuda de suinteligente y sensible esposa Isha, quien también era egiptóloga profesional además deconsagrada autora, De Lubicz descubrió que el conjunto de los templos egipcios contiene unalección global, de la que cada templo constituye un capítulo donde se desarrolla un de-terminado tema de la ciencia sagrada. Así, ninguno de los templos faraónicos es una réplica deotro, sino que cada edificio habla a través de su plano general, su orientación, la disposición de sus cimientos, la elección de los materiales utilizados y las aberturas de sus muros. En ocasiones encontró que el mensaje era tan hermético que únicamente se podíadescubrir mediante lo que De Lubicz llama «transparencia de los muros»: en estos casos, el  significado de los signos jeroglíficos y de los relieves que aparecen en uno de los lados resultaincomprensible a menos que se contemplen conjuntamente con los que aparecen en el ladoopuesto. En el templo de Luxor, De Lubicz descubrió lo que parecía ser el único monumentohierático que realmente constituye una representación arquitectónica del hombre, y que incluyeconocimientos tan esotéricos como la localización de las glándulas endocrinas, de los chakrasde enera hindúes y de los puntos de acupuntura chinos. Descubrtambn que lasorientaciones astronómicas del templo, la geometría de su construcción, sus inscripciones yrepresentaciones, se basan en el cuerpo humano, representado por el templo, y su situaciónobedece a la fisiología de aquél. Las proporciones que encontró eran las del hombre adánicoanterior a la caída, o las del hombre perfeccionado que ha recobrado su conciencia cósmica.
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