EDITORES MEXICANOS UNIDOS, S.A.
7\u00aa. EDICI\u00d3N, Febrero de 1983
Impreso en M\u00e9xico
A la memoria de los finados:
don Rufino Galv\u00e1n, don Nicasio Cano
y don Jos\u00e9 Hern\u00e1ndez.
A mis amigos domadores y reseros:
don V\u00edctor Taboada, Ram\u00f3n Cisneros,
don Pedro Brand\u00e1n, Ciriaco D\u00edaz,
Dolores Ju\u00e1rez, Pedro Falc\u00f3n,
Gregorio L\u00f3pez, Esteban Pereyra,
Pablo Ojeda y Mariano Ortega.
Al gaucho que llevo en m\u00ed,
sacramente,
como la custodia lleva la hostia.
Aquel d\u00eda, como de costumbre, hab\u00eda yo venido a esconderme bajo la sombra fresca de la piedra, a fin de pescar algunos bagresitos, que lue- go cambiar\u00eda al pulpero de \u00abLa Blanqueada\u00bb por golosinas, cigarrillos o unos centavos.
Mi humor no era el de siempre; sent\u00edame hosco, hura\u00f1o, y no hab\u00eda querido avisar a mis habituales compa\u00f1eros de huelga y ba\u00f1o, porque prefer\u00eda no sonre\u00edr a nadie ni repetir las chuscadas de uso.
La pesca misma pareci\u00e9ndome un gesto superfluo, dej\u00e9 que el corcho de mi aparejo, llevado por la corriente, viniera a recostarse contra la orilla.
Con los p\u00e1rpados ca\u00eddos para no ver las cosas que me distra\u00edan, imagi- n\u00e9 las cuarenta manzanas del pueblo, sus casas chatas, divididas mo- n\u00f3tonamente por calles trazadas a escuadra, siempre paralelas o verti- cales entre s\u00ed.
\u00bfMi casa? \u00bfMis t\u00edas? \u00bfMi protector don Fabio C\u00e1ceres? Por cent\u00e9sima vez aquellas preguntas se formulaban en m\u00ed, con grande interrogante ansioso, y por cent\u00e9sima vez reconstru\u00ed mi breve vida como \u00fanica con- testaci\u00f3n posible, sabiendo que nada ganar\u00eda con ello; pero era una ob- sesi\u00f3n tenaz.
\u00bfSeis, siete, ocho a\u00f1os? \u00bfQu\u00e9 edad ten\u00eda a lo justo cuando me separa- ron de la que siempre llam\u00e9 \u00abmam\u00e1\u00bb, para traerme al encierro del pue- blo so pretexto de que deb\u00eda ir al colegio? S\u00f3lo s\u00e9 que llor\u00e9 mucho la primer semana, aunque me rodearon de cari\u00f1o dos mujeres desconoci- das y un hombre de quien conservaba un vago recuerdo. Las mujeres me trataban de \u00abm'hijato\u00bb y dijeron que deb\u00eda yo llamarlas T\u00eda Asun- ci\u00f3n y T\u00eda Mercedes. El hombre no exigi\u00f3 de m\u00ed trato alguno, pero su bondad me parec\u00eda de mejor augurio.
Fui al colegio. Hab\u00eda ya aprendido a tragar mis l\u00e1grimas y a no creer en palabras zalameras. Mis t\u00edas pronto se aburrieron del juguete y rega\u00f1a- ban el d\u00eda entero, poni\u00e9ndose de acuerdo s\u00f3lo para decirme que estaba
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