El público moderno y la fotografía
BaudelaireMi querido M..., si tuviera tiempo para entretenerlo, lo conseguiría fácilmente hojeando el catálogo yhaciendo un extracto de todos los títulos ridículos y de todos los temas chuscos que tienen la ambición dellamar la atención. Es el espíritu francés.Tratar de sorprender con medios de asombro ajenos al arte encuestión es el gran recurso de las gentes que no son
naturalmente
pintores.Algunas veces incluso, perosiempre en Francia, ese vicio penetra en hombres que no están desprovistos de talento y que lo deshonranasí con una mezcla adúltera. Podría hacer desfilar ante sus
ojos
el título cómico a la manera de losvaudevillistas, el título sentimental al que sólo le falta el punto de exclamación, el título retruécano, el títuloprofundo y filosófico, el título engañoso, o título con trampa, del tipo de
iBruto, suelta a César!
“¡Oh, razaincrédula y depravada! dice Nuestro Señor, ¿hasta cuándo estaré con vosotros? ¿hasta cuándo sufriré?”
.Esta raza, en efecto, artistas y público, tiene tan poca fe en la pintura, que busca incesantemente disfrazarlay envolverla como una medicina desagradable en cápsulas de azúcar; ¡y qué azúcar, por Dios! Le señalarédos títulos de cuadros que por lo demás no he visto:
,Amor y estofado!
La curiosidad se centra de inmediatoen
apetito,
¿no es cierto? Intento combinar íntimamente esas dos ideas, la idea del amor y la idea de unconejo desollado y compuesto en guiso. Realmente no puedo suponer que la imaginación del pintor hayallegado hasta adaptar un carcaj, alas y una venda sobre el cadáver de un animal doméstico; la alegoríasería verdaderamente demasiado oscura. Antes bien creo que el título ha sido compuesto siguiendo lareceta de
Misantropía y arrepentimiento3
.
El verdadero título sería por lo tanto:
Personas enamoradas comiendo un estofado de conejo.
Y ahora, ¿son jóvenes o viejos, un obrero y una modistilla, o bien uninválido y una vagabunda bajo una bóveda polvorienta? Habría que haber visto el cuadro.
-¡Monárquico,católico y soldado!
Este es del género noble, el género
paladín, Itinerario de Paris a Jerusalén
(Chateaubriand, ¡perdón! las cosas más nobles pueden convertirse en causa de caricatura, y las palabraspolíticas de un jefe de imperio en histrionismo de aprendiz). Ese cuadro sólo puede representar a unpersonaje que hace tres cosas
a la vez,
se bate, comulga y asiste al despertar de Luis XIV: Puede que seaun guerrero tatuado de flores de lis y de imágenes religiosas. ¿Pero para qué desorientarse? Digamossimplemente que se trata de un medio, pérfido y estéril, de asombro. Lo más deplorable es que el cuadro,por singular que esto pueda parecer, puede ser bueno.
Amor y estofado de conejo
también. No he visto unexcelente grupito de escultura del que desgraciadamente no había anotado el número, y cuando he queridoconocer el tema he releído cuatro veces infructuosamente, el catálogo. Por último, usted me ha hecho sabercaritativamente que se llamaba
Siempre y Nunca.
Me he sentido sinceramente afligido al ver que un hombrede verdadero talento cultivaba inútilmente el jeroglífico.Le pido perdón por haberme distraído unos instantes a la manera de los pequeños periódicos. Pero, porfrívolo que le parezca el tema, encontrará sin embargo, examinándolo bien, un síntoma deplorable. Parconcretarme en forma paradójica, le pediré, a usted y a aquellos de su amigos que están más instruidos queyo en la historia del arte, si el gusto de lo tonto, el gusto de lo espiritual (que es lo mismo), han existido, entodos los tiempos, si
Se alquila apartamento
y otros conceptos alambicados han surgido en todas lasépocas para despertar el mismo entusiasmo, si la Venecia de Veronés y de Bassano ha estado aquejadapor eso logogrifos, si los ojos de Julio Romano, de Miguel Angel, de Bandinelli se han pasmado porsemejantes monstruosidades; pregunto, en una palabra, si el Sr. Biard es eterno y omnipresente, comoDios. No lo creo, y considero esos horrores una gracia especial atribuida a la raza francesa. Que esosartistas le inoculan el gusto, eso es cierto; que exigen de ellos que satisfagan tal necesidad, es no menoscierto; pues si el artista embrutece al público, éste le corresponde. Son dos términos correlativos que actúanuno sobre otro con igual potencia. Admiremos también con qué rapidez nos sumimos en la vía del progreso(entiendo por progreso la dominación progresiva de la materia), y qué maravillosa difusión se hace todos losdías de la habilidad común, la que puede adquirirse mediante la paciencia.Entre nosotros el pintor natural, lo mismo que el poeta natural, es casi un monstruo. Aquí, el gusto exclusivode lo Verdadero (tan noble cuando está limitado a sus legítimas aplicaciones) oprime y sofoca el gusto de loBello. Donde no habría que ver más que lo Bello (imagino una bella pintura, y se puede adivinar fácilmentela que imagino), nuestro público sólo busca lo Verdadero. No es artista, naturalmente artista; filósofo quizá,moralista, ingeniero, aficionado a las anécdotas instructivas, todo lo que se quiera, pero nunca
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'Evangelio de San Mateo,17:17.
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Título de un drama del alemán Kotzebue.
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