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CAPíTULO 3
Una
locura necesaria
Que
el
educador
tiene
un
problema de
poder
es pues,
actual~
mente,
un
secreto a voces. Que éste tiene
susraícesen_su. histo-ria
personal ya no es ningún misterio
para
nadie.
Qu~
hay que
alegrarse
de
ello y
no
culparle
por
ello: ésta es,
para
!l1íLupa-convicci6n esencial. Puesto
que
si
el
educador
no
quisie('aej~~~!:
poder más
le
valdría, al fin y al cabo,
cambiar
de
profesión.Miremos a
nuestro
alrededor:
no
hay
ninguna
posibilidad
de
encontrar
a
ningún padre que
exija a aquellos
de
los
que
espera
que
enseñen a leer o matemáticas a
sus
hijos
que
renuncien
aejercer la
menor
~~enci~
sobre ellos. Es
por esta
razón
por la
que, a través de las intervenciones
de
las familias, ya
sean
lasmás
sumisas
como
las
más
agresivas,
tanto
en
la entrevista
indi-
vidual como
en
la
toma de palabra
oficial
en
la
reuniónde
curso, en las invectivas
de
aquel
que
reclama lo
que se
le
debe
comoen
el
silencio
prudente
de aquel
que
teme
que
su
hijo
diga
una
palabra fuera
de
tono, o
en
la farfulla
dudosa
de
un
«sí,
pero
...
»
que
no
se atreve a
acabar
la frase,
siempre
se
puede
escuchar más o
menos
lo mismo:
«y
sin embargo, algo
hayque
hacer
...
»,
"ciertamente debe
haber un
medio
que aún no se
haya probado ..
»,
En otras
palabras, lo
padres,
los
propios
docentes
cuando
se
trata de
sus hijos,
siempre
piden
que
loseducadores
crea
Il
un
poco más, con algo
más
de convicción,
en
la educabilidad
de
los que les
han
sido confiados y que se es fuer
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