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El poeta de la tiza
editorial
Realmente era poesía el ruido de lalluvia al caer sobre su cuerpo. Arro-dillado sobre el asfalto, un espejoinconcreto con movimiento inde-pendiente, sentía su piel bostezar al contacto con el agua, derritién-dose entre la bruma. Las palabrasse fundían unas con otras en char-cos de estaño, deslizándose por lasfachadas hacia abajo.Quién lo diría cuando el muchachosembraba con poesías las calles dela ciudad, quién fuera a pensar quela lluvia iba disolver el trazo de sustizas cuando plasmaba su vidasobre los muros de aquel lugar. De-dicó su existencia a moldear suspensamientos dándoles la formaperfecta sobre paredes con una tizaentre los dedos, y así, redactómiles y millones de versos que ha-cían a la gente llorar.Escribía en casas ajenas, en luga-res públicos… daba igual. Con suspoemas derribaba las fronteras queseparaban a unas personas deotras, y desvestía el cuerpo de suslectores para liberar sus almas. Así,los dioses, envidiosos por la acti-tud del muchacho, descalzaron suespíritu del cuerpo humano que loenvolvía para confinarlo en untosco peñasco de tiza blanca.Pasó el tiempo, y el viento fue es-culpiendo su retrato de pena en elbloque, de donde poco a poco, a laintemperie, salió nuevamente elmuchacho. Su cuerpo era blanco ydejaba huellas de talco al caminar,pero no cesó en sus esfuerzos por hacer libre al ser humano, y siguiógrabando poesías por donde deam-bulaba. Escribía con sus dedos,que uno a uno se le fueron consu-miendo, pero sus versos eran cadavez más sublimes y en quienes losleían se desataban excitacionescada vez más gloriosas. Y los dio-ses, resentidos por la virtud y elempeño del muchacho, decidieronmatarle al llegar la primavera.La primera gota, como una lágrimaque en su caída baila sin miedo enel aire, se posó en la cabeza delmuchacho y se deslizó surcando sufrente y su mejilla hasta caer alsuelo, pintándolo de blanco. Lagota había dejado un reguero lacara del muchacho. Entonces serompió el silencio con un brutalaguacero que estalló sin más.Las poesías empezaron a confun-dirse unas con otras, rajándose por cien partes y resbalando confusaspor las paredes. El muchacho cayóde rodillas, pero con una sonrisa;embelesado por la belleza de la llu-via. Y así, clavado en el suelo y sin-tiendo cómo su cuerpo se
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