CAPITULO IEL SECRETOYa hace mucho que se me había ocurrido la idea de escribir este libro. En una hermosatarde de verano expuse mi proyecto a un erudito tibetano que llevaba una vidacontemplativa en una casita fijada al flanco rocoso de una montaña. Apenas si mealentó."Trabajo perdido, decía, la masa de los lectores y oyentes es idéntica en el mundoentero. No me cabe la menor duda que las gentes de su país se parecen a las queencontré en China y en la India, y aquéllas no difieren en nada de los tibetanos."Hábleles de verdades profundas, bostezan, y si se atreven, la dejan sola, pero bastareferirles absurdas fábulas, son puro ojos y oídos."Quieren que las doctrinas religiosas, filosóficas o sociales que se les predican seanagradables, que concuerden con sus conceptos, que satisfagan sus inclinaciones, ensuma, desean reencontrarse en ellas y sentirse aprobadas por ellas".El Maestro no me enseñaba nada nuevo sobre ese particular. Centenares de veces habíaoído, en Occidente, a hombres y mujeres que expresaban el deseo de hallar una religiónque los satisfaciera, o los había visto rechazar una doctrina con estas palabras: "no mesatisface ".¿Y qué era pues aquello que deseaba ser agradablemente acariciado, satisfecho? Era elconjunto de nociones falsas, de inclinaciones irrazonables, de sentimientos derudimentaria sensualidad que se disfrazan tras la apariencia de un fantochedenominado "Yo". Pensaba entonces en las devotas que se embriagan con el incienso ylas conmovedoras sonoridades del órgano en las semitinieblas de nuestras catedrales,creyéndose en camino hacia cimas espirituales. Pensaba en todos aquellos, sea cualfuere la fe religiosa o laica a la que pertenecen, que vibran al oír ciertas palabras, ciertaspalabras que no son sino vano ruido vacío de realidad."De modo general, prosiguió el Maestro, distinguimos tres categorías de individuos:aquellos cuyo intelecto es completamente obtuso; aquellos cuyo intelecto es de calidadmedia, abierto a la comprensión de algunas verdades particularmente evidentes, yaquellos dotados de un intelecto equipado en forma superior para las percepcionesagudas, aptos para penetrar bajo la superficie del mundo de los fenómenos físicoscomo bajo la de los fenómenos mentales y capaces de aprehender las causas que obranen ellos 1.
1 Denominadas respectivamente thama, ding y ra —escritas thama, hbring y rab.
"Basta encaminar la atención de estos últimos, basta decirles: 'mire por ese lado,considere esto', y disciernen lo que hay que discernir en donde fijaron la mirada;comprenden qué es verdaderamente la cosa que les fue señalada."Las enseñanzas consideradas secretas se pueden proclamar por los caminos reales,seguirán siendo 'secretas' para los individuos de intelecto obtuso que no entenderánlos discursos que se les dirigen y no captarán sino el sonido."El secreto no depende del Maestro, sino de quien lo escucha. Un maestro no puedeser sino quien abre una puerta: pertenece al discípulo la capacidad de ver lo que estámás allá de ella. Existen instructores capaces de discernir el grado de agudezaintelectual de aquellos que solicitan su enseñanza y reservan la exposición detallada deciertas doctrinas únicamente a aquellos a quienes juzgan capaces de comprenderlas.Así son comunicadas y se perpetúan las enseñanzas profundas transmitidas oralmentedel maestro al estudiante desde hace muchas generaciones. Las ha oído usted.Empléelas según su criterio. Son muy sencillas pero embisten a la manera de unpoderoso ariete la muralla de las nociones falsas arraigadas en el espíritu de los
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