NIEVE
Cómo te gustaría suspender esta peregrinación
solitariay
retomarla luego que pase, compañera de viaje, la
fatigadel extranjero para el cual todo se mezcla a ella,aun en medio del mayor encantamiento.Como ayer mientras el viejo Brueghel montaba para
ti su tabladillo,nada menos que en el Museo Real de Bellas Artes;ángeles y demonios, y sin embargo habías perdido
tantas vecesesa misma batalla minuciosaque ahora el pincel mágico del viejo la librabadel otro lado de un espejo oscuro. Retuviste el aliento,en honor a lo real, para dejarlo hacersu trabajo de siempre sin un nuevo testigo.
La nieve era en Bruselas otro falso recuerdode tu infancia, cayendo sobre esos raros sueñostuyos sobre ciudades a las que daba accesola casa ubicua de los abuelos paternos:peluquerías en las largas calles; espejos, en lugar depuertas, rebosantesde pintadas columnas giratorias;tiendas, invernaderos, palacios de cristal, la oveja que
balaba,mitad juguete mitad inmolacióndel cordero pascual, y reconocesel Boulevard du Jardin Botanique, por alguna razón
tan misteriosacomo la nieve.
¿Dónde está lo real? No hiere preguntarlo ni
importa que uno sepa de memoria
las exactas respuestas del maestro y los suyosentre los cuales vive tu voluntad. No importa.Entiendes bien que el solipsismo es una coartadadel poder contra el espíritu. Pero aquí, en el más
absoluto aislamiento, se es víctima de
impresiones curiosas,a la vuelta de una esquina que nunca parece
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