y de ver cuanto ha visto y oído. La ficción que no surge de larealidad es un disparate, carece de asidero, de verdad, es decir deesa autenticidad necesaria que da valor a las palabras.Ybrahim posee innegablemente un estilo que abre en nuestraliteratura una puerta nueva. Tal parece que construyera un caos y,sin embargo, tras la serena contemplación de sus narraciones seadvierte que todo está en su lugar. Acomodado al gusto (laintención) del escritor, ajeno a estampas verbales, a decorados depostales turísticas, sentencia con dureza, no exenta de ironía, dehumor (del verdadero humor-ajeno al chiste) aquello que fustiga:“Nunca quiso ser escritor porque no quiso ser estúpido”. “Sabe queel homo sapiens fue el peor error del mono”. “Un país roto,parchado, fracturado y vuelto a parchar”...llegan también las seriesnorteamericanas…Y la muerte se hace un teatro digerible. Y todoscreen ver al asesino en el chico raro de la esquina”.Si en verdad resulta poco común (o quizá poco cuerdo)abundar en citas, excederse en repetir lo que hallará quien lee “Decorresponsal a cómplice”, me obliga a este proceder el afán (la prisadel buen asombro) de hacer ver por anticipado lo “novedoso” de unlibro realmente “novedoso”, sorprendente. Nada común en un mar de producciones donde la anécdota, vale decir la fábula, se apoderadel lector para concluir en el punto final. Este libro no pertenece aesa categoría. Bien puede decirse que empieza en el punto final,además de iniciarse también en los primeros renglones.
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