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Heridas
Rasga la camisa con fuerza solemne bajo el sola la altura de la curtida axila,sobre los charcos dejados por la victoria del herido. No importa la constelaciónni su abdomen ligeramente cobrizo,y se pone a amarrar la soga de Dios para detener el chorro de vinoque ha de devolver algún día al cáliz, porque todo es prestado, nomás.La carta le dio por iluminado, claro,tiene la penicilina de su lado, las agujasy un bello lavatorio de mármol negro para el bautismo diarioantes de partir con la familiaa la emboscada final de los “tocados”.Peinas tu cráneo esférico y decisivo, lleno de rojoemanando de un faro.En nombre de Dios y por su graciaemigraron los mamíferos de espada y reciboshacia un poniente menos románticoque el de la soledad de una bala,lo hicieron con dos amables apéndicesque no eran miembros, sino bastones.Se derritieron sus alumnos en la primera clase porque los confundió la esperanza repentinade fotografiar su propio nombre en el aire,disparado por la saliva de sus enemigostras ser repasados por la bayoneta vencedora.Tal gracia les ganó el regaño de la dirección, pero internamente estaban satisfechos por la filuda voracidad de sus nuevos nietos.Tienes los cañones envenenados y la convicciónde pisar graderías invisibles que te hacen verlo todo
 
desde una viga segura.Apuntas, lúcido de testosterona,desde tu vidrio grueso para indicar en el mapa facial del herejetoda la imperfección de su tez distinta a la tuya, porque eres un guerrero y el club te ha dichoque tu cuero filtra un poco de tu ánimo pero nada más.Los demás desnudos, calatos se diría, vibrantes, preñados de color en el vapor silvestre,en la blancura que da miedo.Saludables de un hilo, de sombreros de palmay de miles de zancudos,arañaron la fuente amarilla para que vuelva a ser fuentey el cerro para que vuelva a ser cerro, bajo los inquietos dominios del mono aullador que profetizaba el arribode unos demonios pálidos y voraces.Todos llegaron despuésde la derrota del caballo interceptado por el alfil.Y el Diablo delgado, enorme y despanzurrado,con la barba rojiza y los ojos saltones,con cientos de cabezas hispanasemergiendo de sus colgajos como erupciones,sonrió dentro del sueño oblicuo del cráneo vencedor,y lo instigó a proseguir en la cacería eterna,la que solo se gana en los fantasías del ciego.Le amó y le tentó por la eternidadde lo que dura una buena rasuradafrente a la mujer que se ama.La herida del victorioso no se infecta,solo se vuelve más rentableen la subasta pactada de los decapitados .
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