desde una viga segura.Apuntas, lúcido de testosterona,desde tu vidrio grueso para indicar en el mapa facial del herejetoda la imperfección de su tez distinta a la tuya, porque eres un guerrero y el club te ha dichoque tu cuero filtra un poco de tu ánimo pero nada más.Los demás desnudos, calatos se diría, vibrantes, preñados de color en el vapor silvestre,en la blancura que da miedo.Saludables de un hilo, de sombreros de palmay de miles de zancudos,arañaron la fuente amarilla para que vuelva a ser fuentey el cerro para que vuelva a ser cerro, bajo los inquietos dominios del mono aullador que profetizaba el arribode unos demonios pálidos y voraces.Todos llegaron despuésde la derrota del caballo interceptado por el alfil.Y el Diablo delgado, enorme y despanzurrado,con la barba rojiza y los ojos saltones,con cientos de cabezas hispanasemergiendo de sus colgajos como erupciones,sonrió dentro del sueño oblicuo del cráneo vencedor,y lo instigó a proseguir en la cacería eterna,la que solo se gana en los fantasías del ciego.Le amó y le tentó por la eternidadde lo que dura una buena rasuradafrente a la mujer que se ama.La herida del victorioso no se infecta,solo se vuelve más rentableen la subasta pactada de los decapitados .
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