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Como canoas
Qué blanco está el cielo, Vieja. Qué blanco y qué tierno. Yo apenas y veo mi mano como una rama seca en el alba. Perono es el alba, es un día nublado y caluroso, muy caluroso. Y contodo esto, remar para llegar a tu puerta como en serenataadolescente, Vieja. Espérame que te llevo un ramo de flores bienseco en medio de tanto lodo, y también una corona hecha dealelíes y claveles rojos que andaba flotando por aquí.Si supieras cómo se oye la lluvia cuando uno está bajo tierra enuna cama de madera. Pues, primero se siente un rumor, unapresn extra en el ambiente, como un millón de insectocorriendo y saltando sobre sus patitas, y luego ese olor a tierramojada que las cuencas oculares perciben como sueños.Porque cuando uno está muerto, el olor entra por los ojos, poresos huecos perfectos y lisos que miran la negrura. Y el olor atierra mojada tambn es diferente, porque abajo todo eshúmedo y lleno de las babas de los gusanos que a uno se lecuelan por las maderas. El olor de la lluvia que baja hastanosotros es diferente: es agua de cielo. A veces, hasta se puede beber un poco cuando tu madera está rota, y el líquido es guiadopor esas raíces pálidas que te hacen probar el néctar de la vidamisma. Son raíces blancas, largas y retorcidas como pezonesque te recuerdan la sensación de la lactancia. Todo eso que yaperdimos hace años, porque los muertos ya se han tomado todasu propia agua, se la han chupado sin prever la sed futura.Pobre de nosotros, secos como charqui.Tengo vecinos amables y otros bien jodidos. Hay señoras y  bebés, profesores y borrachos. Hay uno que se ha vuelto micompadre, don César. Lástima que solo esté calavera, pero igualsigue siendo bien conversador. De vez en cuando le gusta silbarsus huaynos de Los Errantes de Chuquibamba o hablar de sushijos que lo abandonaron ni bien se repartieron los terrenos. Unpar de veces lo he visto bien ebrio, y no sabes lo que hay quehacer para conseguir trago aquí abajo. Tenemos que esperarhasta noviembre para que en el Día de todos los Santos alguiennos rocíe con cerveza o cañazo; o en todo caso, que un borracho
 
muy borracho nos orine sin temor. Pero si nos orinan por jodernos, sin respeto, se fregaron. Tenemos permiso para salir y darles una paliza o el susto de sus vidas hasta que boten espumapor la boca.Don César decía que no te volvería a ver, que esas eran miszonceras de muerto enamorado. Yo lo contradecía. Nadie metomaba en serio. Ni siquiera Justa, la otra vecina, la que aúncree que está en el mercado y confunde las piedras con papas y su ataúd con su puesto de venta. Pobre chola, no la queremosdespertar a la verdad; pero qué linda gente es. No te pongascelosa, Vieja, que es solo una amiga. Ella nos cura con sus yerbas cuando nos ponemos malos, cuando alguien nos roba lascruces o defeca en los nichos.Por cierto, la gente de los nichos de cemento es la más pituca, y,claro, la menos comunicativa. Ellos creen que tienen scomodidad. Pero en realidad, a veces solo sus ecos les hacencaso. Aquí abajo, la situación es más pueblerina, más cálida.Obvio que a veces hay sus discusiones políticas y sus bajezashumanas, no las nuestras, sino las de los de arriba. Por ejemplo,a Daniel, el joven que llegó recn, lo secuestraron unosestudiantes de medicina, o los que dean serlo, porque deestudiantes no tenían ni la pinta. Llegaron de noche. Entraroncon ayuda del vigilante, y en un ratito se lo llevaron, dejando un vacío en el vecindario. Pobre. Dónde irán a parar sus huesos, enqué universidad se expondn. O el caso de las hermanasRamírez, cuyas cabezas fueron robadas para que sirvan demochitas en una hacienda.Bueno, olvidemos eso.Debo decirte muchas cosas. Y es que, como intuirás, pronto tehablarán de diez o de quince mil damnificados, de gentedesaparecida en el desborde, de que Chimbote y otros pueblosestán incomunicados. Nosotros ya lo sabíamos.Días antes nos los contó la señora Magdalena, la que conversacon los “idos” de verdad, esas luces que a veces nos visitan. Ellanos dijo que tendríamos un día libre, una salida de feria, quehabría un desembalse de todas las aguas acumulada en el
 
reservorio de Mampuesto, y mira que ocurry de quémanera. Yo estaba en mi siesta como de costumbre y de pronto unremezón. Recordamos las palabras de Magdalena y pensamos:“aquí salimos”. El agua empezó a labrar la tierra. Todo se hizolodo en un instante, había un rumor de lucha sobre nosotros. Te juro, Vieja, que por un segundo sentí miedo de verdad, aunqueno lo creas. Los muertos también sentimos miedo, sobre todo deque nos traigan a nuestros familiares muy pronto. Preferimosque nos los traigan viejitos y bien vividos. Pero ya no dependede nosotros. Como te decía, sentíamos como si dos fieras lucharan sobrenuestros pechos. Don César dijo que se llegó la hora del juiciofinal y que tendríamos que dar cuenta de nuestros actos al Altísimo; mientras que doña Justa se desmayaba sin hacermucho esndalo y Magdalena nos serenaba: “tranquilosmuchachos, que se viene la salida al campo”. Yo sentí que unaslágrimas corrían por mis cuencas huesudas, pero no estabatriste, creo que era algo parecido a la felicidad. Era como si mequitaran una por una todas esas frazadas que he llevado poraños. Se oían gritos y piedras chocando, luego latigazos de agua y sonidos poderoso que ensordecían todo.Fue de mañana. No sé la hora exacta en que salimos. Habránsido las once y media del día, algo por ahí. Yo me agarré fuerte ami cajón porque empea temblar. Por un momento meinvadel terror de que las maderas no aguantaran y serompiesen, y que mi cuerpo terminara en pedazos. Pero no, elataúd resistió bien. Sentí el primer golpe, un sacudón que hizosaltar la cadenita de oro que llevaba en el pecho, esa que mediste hace algunos años, regalo de tu madre.Todo era muy confuso.Cuando caí en cuenta, mi ataúd se movía, y lo hacía a gran velocidad. Parea una bala. Afortunadamente ese ritmodisminuyó debido a choques con postes y tachos de basura.
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