3también recogedores de bayas, cazadores y artesanos de todo tipo, además de comadronas y curanderos.Todos trabajaban juntos en la maravillosa tarea de traer al
mundo tantos niños como fuera posible y de criarlossanos y fuertes. Desde la Gran Devastación, las comunidades humanas de la zona eran pocas y dispersas; elabad sospechaba que sus antepasados habían sido quizá los únicos supervivientes.
Nadie, ni siquiera el propio abad, que era un erudito, ni su Consejo de Sabios, sabía qué había sucedido enla Gran Devastación. Algunos opinaban que las gentes de aquellos tiempos habían poseído armas terribles yque se habían aniquilado los unos a los otros. Pero esta opinión no tenía muchos partidarios. Era difícilimaginar la existencia de unas armas tan devastadoras. Por otra parte, la tradición afirmaba que aquellasgentes de la Antigüedad habían sido felices y habían disfrutado de gran abundancia y prosperidad. ¿Por quéiban a hacerse la guerra, entonces? No era lógico. Una posibilidad más probable, que se discutió en el Consejode Sabios, era que alguna enfermedad misteriosa hubiera diezmado a la humanidad. Pero esta teoría tampocose mantenía en pie, pues estaba reñida con las tradiciones que se remontaban a las primeras generacionesposteriores a la Gran Devastación.
Los tres padres antiguos y las tres madres antiguas que lograron sobrevivir a la Gran Devastación habíancontado a sus hijos que la catástrofe les había caído encima de manera repentina una tarde tranquila. Laveracidad de estas relaciones era incuestionable. Las habían escrito los hijos de los antiguos en el santo
Libro de los Patriarcas.
Todos los niños del monasterio del Sagrado Berlitz conocían la Canción de la Perdición, quecantaba el abad todos los años en la Noche del Recuerdo. Era el único texto que se conservaba de los tiemposantiguos.
Yo, Gottfried Skaya, nacido el 12 de julio de 1984 en Basilea del Rin, con mi esposa y con mis amigos,Ulrich Dopatka y Johan Fiebag, con las esposas de éstos y con nuestra hija Silvia, salimos a practicar elmontañismo en los montes del Oberland de Berna.
Como ya pasaba de las seis de la tarde, en la bajada del monte Jungfrau tomamos un atajo y pasamos porlos túneles del ferrocarril del Jungfrau. Debido a unas obras en la cumbre, ya no pasaban más trenes al valle aesa hora.
De pronto, la tierra tembló y algunas partes del techo de granito del túnel cayeron a las vías. Estábamosaterrorizados, y Johan, que
era geólogo, nos hizo meternos a todos en un nicho rocoso. Cuando creíamos queel terrible episodio habla terminado empezó a escucharse un tronar inmenso. Parecía que el suelo se disolvíabajo nuestros pies, oíamos un fragor terrible, peor que cualquier tormenta. A treinta metros por delante denosotros se hundió el muro inferior del túnel. Después se hizo el silencio.
Johan opinaba que se trataba de una erupción volcánica, cosa muy improbable en aquella zona, o de unterremoto. Tuvimos que ascender una ladera empinada para alcanzar la salida superior del túnel.
Cuando nos faltaban algunos metros para llegar a la salida empezamos a oír el ruido. No tengo palabraspara describir estas fuerzas desatadas de la naturaleza. Al principio, el viento arrastraba nieve y bloques dehielo ante la boca del túnel; después pasaron árboles, peñascos y tejados enteros de los hoteles del valleinferior. Sonaban estampidos y explosiones como no las han conocido nunca los oídos humanos. El vientorugía y bramaba, ululaba y retumbaba; todo volaba por los aires, todo era arrastrado a mil metros de altura yvolvía a caer. La tierra temblaba, los elementos tronaban. Los acantilados de granito se abrían como cajas decartón. Nosotros estábamos protegidos de la espantosa tormenta gracias a que nos encontrábamos dentro deun túnel cuya abertura inferior estaba llena de escombros. ¡Gracias sean dadas a Dios Todopoderoso!
Los vientos terribles prosiguieron durante 37 horas. No nos quedaban fuerzas; yacíamos en nuestro refugio,acurrucados y apáticos, con los brazos entrelazados. Lo único que deseábamos era que nos cayese encima lamontaña. Nadie se puede imaginar cuánto sufrimos.
Después llegó el agua. Entre el rugido y el estruendo de los vientos
oímos de pronto un trueno impetuoso.Era como un torrente y una catarata de océanos sin fin. Fuentes gigantescas arrojaban agua, borboteaban,silbaban y azotaban los acantilados. Como el mar que azota la costa en una tormenta, sucesivas montañas deolas erguían la enorme cabeza y caían unas sobre otras, tronando en el valle, formando inmensos remolinosque absorbían toda la vida y la sumían en las profundidades. Parecía que todas las aguas de la tierra sehabían sumado a una majestuosa inundación. Queriamos morir, y gritábamos aterrorizados con los pulmones apunto de estallar.
El agua retumbó durante ocho horas; después, los vientos se calmaron, los quejidos de la naturaleza seacallaron y todo quedó en silencio. Destrozados por este tormento, sin habla por el dolor, nos miramos a losojos los unos a los otros. Al fin, Johan subió a gatas hasta la pequeña abertura que quedaba en lo alto de lasalida del túnel. Le oi sollozar terriblemente y subí a su lado a duras penas. El espectáculo que contemplaronmis ojos me dejó atónito. Mis sentimientos más profundos quedaron hechos trizas. Yo también me eché a lloraramargamente: nuestro mundo había dejado de existir.
Las cumbres de las montañas habían quedado allanadas, como alisadas por una lima gigantesca. No habíahielo ni nieve en ninguna parte, ni tampoco nada de verde. Los acantilados mojados relucían bajo una luzdesnuda y parda. No se veía el sol, y abajo, en el valle, donde había estado la ciudad balnearia de Grindelwald,sólo se veían las olas de un enorme lago.
Esto sucedió en el año 2016 del calendario cristiano. No sabemos si alguien más sobrevivió a la GranDevastación. Tampoco sabemos qué sucedió. ¡Que Dios Todopoderoso nos proteja!
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