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Bacon Novum organon

Bacon Novum organon

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libro mas completo que anterior que subi, del fiscal inglés francis bacon
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02/01/2013

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Francis Bacon
NOVUM ORGANUM
 Aforismos sobre la interpretaciónde la naturaleza y el reino del hombre
PREFACIO DEL AUTOR
I. Aquellos que se han atrevido a hablar dogmáticamente de la naturaleza como deun sujeto explorado, sea que les haya inspirado esta audacia su espíritu excesivamenteconfiado o su vanidad y el hábito de hablar magistralmente, han ocasionado un perjuiciomuy grande a la filosofía y a las ciencias. Mandando la fe con autoridad, supieron, conno menos poderío, oponerse e impedir toda investigación, y por sus talentos más com-prometieron la causa que prestaron servicio a la verdad, ahogando y corrompiendo anti-cipadamente el genio de los otros. Los que siguieron el camino opuesto y afirmaron queel hombre absolutamente nada puede saber, ya sea que hayan admitido esta opinión enodio a los antiguos sofistas, ya en consecuencia de las incertidumbres de su espíritu, obien en virtud de alguna doctrina, han presentado en apoyo de su opinión, razones queno eran en modo alguno despreciables; pero, sin embargo, no las habían tomado de lasverdaderas fuentes, y arrastrados por su celo y cierta especie de afectación, cayeron enuna exageración completa. Pero los primeros filósofos griegos (cuyos escritos han pere-cido) se mantuvieron prudentemente entre la arrogancia del dogmatismo y la desespera-ción de la
catalepsia,
y extendiéndose frecuentemente en amargas quejas sobre las difi-cultades de las investigaciones y la oscuridad de las cosas, y como tascando su freno, nopor ello dejaron de proseguir su empresa, ni renunciaron tampoco al comercio que conla naturaleza habían establecido. Pensaban sin duda que para saber si el hombre puedellegar o no a conocer la verdad, es más razonable hacer la prueba que discutir acerca deello; y, sin embargo, estos mismos, abandonándose a los movimientos de su pensa-miento, no se impusieron regla alguna y lo basaron todo sobre la profundidad de susmeditaciones, la agitación y las evoluciones de su espíritu.II. En cuanto a nuestro método, es tan fácil de indicar como difícil de practicar.Consiste en establecer distintos grados de certeza; en socorrer los sentidos limitándolos;en proscribir las más de las veces el trabajo del pensamiento que sigue la experienciasensible; en fin, en abrir y garantir al espíritu un camino nuevo y cierto, que tenga supunto de partida en esta experiencia misma. Sin duda alguna estas ideas habían impre-sionado a los que tan importante papel hicieron representar a la dialéctica; probaban porello que buscaban ayuda para la inteligencia y que desconfiaban del movimiento naturaly espontáneo del pensamiento. Pero es ése un remedio tardío a un mal desesperado,cuando el espíritu ha sido corrompido por los usos de la vida común, la conversación delos hombres y las doctrinas falsas y sitiado por los ídolos más quiméricos.He aquí por qué el arte de la dialéctica, aportando —como hemos dicho— un tardíosocorro a la inteligencia, sin mejorar su estado, más sirvió para crear nuevos errores que
 
para descubrir la verdad. El solo camino de salvación que nos queda es volver a comen-zar enteramente todo el trabajo de la inteligencia; impedir desde el principio que el espí-ritu quede abandonado a sí mismo, regularle perpetuamente, y realizar, en fin, como conmáquina, toda la obra del conocimiento. Ciertamente que si los hombres hubiesen apli-cado a los trabajos mecánicos el solo esfuerzo de sus brazos, sin utilizar la ayuda y lafuerza de los instrumentos, así como no temen abordar las obras del espíritu casi con lassolas fuerzas de su inteligencia, el número de cosas que hubieran podido mover o trans-formar, sería infinitamente reducido, aun cuando hubiesen reunido y desplegado losmayores esfuerzos. Detengámonos en esta consideración, y como en un espejo, fijemosla vista en este ejemplo: supongamos que se trate de transportar un obelisco de impo-nente magnitud para el adorno de una apoteosis o de alguna otra ceremonia magnífica, yque los hombres emprenden la operación del transporte sin instrumentos; un espectadorde buen sentido, ¿no lo juzgará como un acto de locura? Que se aumente el número debrazos, esperando así vencer la dificultad, ¿no seguirá considerándolo como locura?Pero si se quiere hacer una elección, utilizando sólo a los fuertes y separando a los débi-les, y se vanaglorian por ello del éxito, ¿no dirá que es un acrecentamiento de delirio?Pero si poco satisfechos de esas primeras tentativas se recurre al arte de los atletas, ysólo se quieren emplear brazos y músculos untados y preparados según los preceptos,¿nuestro hombre de buen sentido, no exclamará que se hacen muchos esfuerzos paraaparecer loco en toda regla?Y sin embargo, con un arrebato tan poco razonable y un concierto tan inútil, es co-mo los hombres se han consagrado a los trabajos del espíritu, ya esperando mucho de lamultitud y del concurso, o de la excelencia y penetración de las inteligencias, ya fortifi-cando los músculos del espíritu por la dialéctica (que se puede considerar como ciertoarte atlético), no cesando, bien considerada, no obstante, tanto celo y esfuerzos, de em-plear las fuerzas de la inteligencia desnudas y solas. Bien claro está que en todas lasgrandes obras manuales del hombre, ejecutadas sin instrumentos y sin máquinas, ni po-drían jugar las fuerzas individuales, ni las de todos concertarse.III. He aquí por qué en consecuencia de lo que acabamos de decir, declaramos quehay dos cosas de las que queremos que los hombres estén bien informados, para que nolas pierdan de vista jamás. Es la primera que, acontece felizmente para nuestros senti-dos, para extinguir y repeler toda contradicción y rivalidad de espíritu, que los antiguospuedan conservar intacta y sin menoscabo toda su gloria y su grandeza, y que no obs-tante, nosotros podamos seguir nuestros propósitos y recoger el fruto de nuestra modes-tia. Porque si declaramos que hemos obtenido mejores resultados que los antiguos, per-severando en sus mismos métodos, nos sería imposible, por más que pusiéramos en jue-go todo el artificio imaginable, impedir la comparación y la rivalidad de su talento y desu mérito con los nuestros —no ya una rivalidad nueva y reprensible, sino una justa ylegítima emulación— (¿pues por qué no podríamos nosotros, en uso de nuestro derecho,que es al propio tiempo el derecho de todo el mundo, poner de manifiesto y criticar enellos lo que ha sido falsamente sentado o establecido?). Esto, no obstante, este combatepudiera ser desigual a causa de la medianía de nuestras fuerzas. Pero como todos nues-tros esfuerzos se encaminan a abrir a la inteligencia nuevo camino que ellos no intenta-ron ni conocieron, estamos en posición muy diferente; no hay aquí ni rivalidad ni lucha;nuestro papel se limita al de un guía, y nada de soberbia hay en ello, y más bien lo de-bemos a la fortuna que al mérito y al genio. Esta primera advertencia atañe a las perso-nas, la segunda a las cosas mismas.
 
IV. No abrigamos en modo alguno el designio de derribar la filosofía hoy florecien-te, ni cualquiera otra doctrina presente o futura, que fuere más rica y exacta que ésta. Nonos oponemos de ninguna suerte a que la filosofía reinante, y cualquiera otra del mismogénero, sostengan las discusiones, sirvan de ornamento a los discursos, sean enseñadasen las cátedras, y presten a la vida civil la brevedad y comodidad de su turno. Más aún,declaramos categóricamente que la filosofía que queremos introducir, no se prestarámucho a esos diversos usos. No está nuestra filosofía al alcance de la mano, no se lapuede coger al paso; no se apoya en las prenociones que halagan el espíritu; finalmente,no se la podrá poner al alcance del vulgo, a no ser por sus efectos y sus prácticas conse-cuencias.V. Que haya, pues, dos fuentes y como dos corrientes de ciencia (lo que, así lo espe-ramos, será de favorable augurio para los dos partidos); que haya también dos tribus ydos familias de sabios y de filósofos, y que esas familias, muy lejos de hostilizarse, es-tén aliadas y se presten mutuo socorro; en una palabra, que haya un método para culti-var las ciencias, y otro para crearlas. En cuanto a los que prefieren el cultivo a la inven-ción, sea por ganar tiempo, sea atentos a la aplicación práctica, o ya porque la debilidadde su inteligencia no les permite pensar en la invención y consagrarse a ella (lo que ne-cesariamente debe ocurrir a muy gran número), deseárnosles que el éxito corone susdeseos, y que alcancen el objeto de sus esfuerzos. Pero si hay en el mundo hombres quetomen a pecho no atenerse a los descubrimientos antiguos y servirse de ellos, sino irmás allá; no triunfar de un adversario por la dialéctica, sino de la Naturaleza por la in-dustria; no, en fin, tener opiniones hermosas y verosímiles, sino conocimientos ciertos yfecundos, que tales hombres, como verdaderos hijos de la ciencia se unan a nosotros, siquieren, y abandonen el vestíbulo de la naturaleza en el que sólo se ven senderos milveces practicados, para penetrar finalmente en el interior y el santuario. A fin de sercomprendidos mejor y para que nuestras ideas se presenten más familiarmente al espíri-tu por medio de nombres que las recuerdan, llamamos de ordinario al primero de estosmétodos,
 Anticipación de la inteligencia,
y al segundo,
 Interpretación de la naturaleza.
 VI. Tenemos también que hacer una advertencia. Hemos tenido en verdad la idea, ypuesto en realizarla sumo cuidado, de nada proponer que no tan sólo no fuese verdade-ro, sí que también nada tuviese de desagradable y de repugnante para el espíritu de loshombres, aun estando, como está, tan cohibido y asediado. Sin embargo, es justo queobtengamos de los hombres, cuando se trata de una tan gran reforma de las doctrinas yde las ciencias, que aquellos que quieran juzgar nuestra empresa, ya sea por su propiocriterio, ya sea en nombre de las autoridades admitidas, ya por las formas de las demos-traciones (que han adquirido a la fecha todo el imperio de leyes civiles y criminales), noesperen poderlo hacer de pasada a la ligera, sino que se entreguen a un examen serio,que ensayen el método que describimos, y esta nueva vía que consolidamos con tantocuidado; que se inicien en la sutilidad de la naturaleza que tan manifiestamente apareceen la experiencia; que corrijan en fin, con la conveniente madurez los malos hábitos dela inteligencia, que tienen tan hondas raíces, y entonces, cuando sean dueños de su espí-ritu, que usen, si lo desean, de su juicio purificado.

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