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La Peregrinacion de Alpha

La Peregrinacion de Alpha

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02/01/2014

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Manuel Ancízar
La peregrinaciónde Alpha
Publicada por entregasen El Neo-granadino,Bogotá, 1850
Nota: El indice marginal es de la presente edición
 
 
Provincia de Bogotá
Salida de Bogotá 
Capítulo 1
Era la mañana, y los primeros rayos del sol derramaban copiosa luz sobre Bogotá y la extensa planicie que demora al frente de la ciu-dad andina. Leves vapores se alzaban desde el pie de la cordillera inmediata, escalando lentamente las majestuosas cimas de Monserratey Guadalupe, cuya sombra se proyectaba bien adelante de sus basescontrastando la suave oscuridad de éstas con la brillante iluminaciónde las crestas y picachos salientes de la parte superior. El ambientepuro y perfumado con los innumerables olores de los arbustos de la ladera y de los rosales y campánulas que crecen silvestres a orillas delos vallados y alamedas, producía en todo mi ser una sensación inde-finible de bienestar, sintiéndome vivir desde el fácil movimiento delpulmón, vigorizado al aspirar aquel aire diáfano y fresco, hasta la palpitación de las más pequeñas arterias de mi cuerpo. Una brisa tenue mecía los flexibles sauces de la «Alameda vieja», por entre lascuales se veía a intervalos al vecina pradera, verde esmeralda, matiza-da de innumerables flores de achicoria, y poblada de reses que pas-taban la menuda yerba cubierta de luciente rocío de la noche. Todoslos sonidos misteriosos de la naturaleza, al despertar, el balido de lasovejas, el mugir del ganado vacuno, la voz de los campesinos y elsordo murmullo de la ciudad, llegaban a mí claros y distintos con la vibración peculiar que adquieren en medio de la atmósfera enrarecida de las altas regiones de los Andes. La magnificencia de una mañana como esta, llenaba mi alma de recogimiento, y un género de tristeza agradable sellaba mis labios. Detrás de mi dejaba a Bogotá, y todo loque forma la vida del corazón de la inteligencia: delante de mi se ex-tendían las no medidas comarcas que debía visitar en mi larga pere-grinación. Mi ausencia de la ciudad nativa era voluntaria; y, sin em-bargo, a cada vuelta del camino mis ojos buscaban la distante molede edificios más y más oscurecida, hasta que se me ocultó del todo, y en un suspiro impremeditado exhalé mi adiós al hogar querido.
El Boquerón de Torca y la Venta del Contento
El resoplido de un caballo que se acercaba a medio galope, y elruido de las grandes espuelas orejonas, chocando contra los sonorosestribos de cobre en forma de botín, característicos de la montera enestas regiones, interrumpieron mi recogimiento. Era mi compañerode viaje que se me unía en el acto de cerrar su cartera en que, sin de-tener la marcha, apuntaba sus observaciones y fijaba las bases denuestras futuras tareas. Por entonces costeábamos el repecho llamado«Boquerón de Torca», y admirábamos la vigorosa vegetación de estelado de la cordillera, en contraste con la inmediata planicie de la «Venta del Contento», árida y cubierta de frailejón cual si fuese unpáramo, no obstante que la altura de aquel llano sobre el nivel delmar es sólo de 2.660 metros y la región del frailejón comienza, se-gún Caldas, a los 2.923 metros de altura. Todo era efecto de la con-figuración del terreno, causa frecuente y notabilísima de los fenóme-
 
nos de vegetación rica o pobre que en incesante variedad y a trechoscortos presenta el suelo de las regiones andinas. En efecto, una sim-ple abra de la cordillera del E. fronteriza a la «Venta del Contento», leenvía los vientos del páramo y esteriliza el terreno: al paso que elabrigo de los cerros de Fusca y la acción prolongada de los rayos so-lares sobre la ladera de Torca, determinan allí, a más de 2.700 me-tros de altura sobre el mar, el crecimiento de un bosque robusto y elevado. De esta manera no sólo la altura de las planicies y valles denuestro país y la constitución geológica del terreno, sino aun las me-ras sinuosidades y accidentes del suelo, producen la inagotable va-riedad de frutos con que la Providencia ha enriquecido las bellas y deliciosas comarcas de los Andes. A poco andar llegamos a un arroyuelo claro y purísimo que baja de las peñas de Fusca y atraviesa el camino en demanda del río deFunza para precipitarse con él hacia el abismo de Tequendama. La agreste belleza del sitio y el murmullo de las límpidas aguas que ba- jan al camino por entre rocas sombreadas de frondosos arbustos, nosobligaron a detener el paso y beber en aquella fuente solitaria, noenturbiada hasta allí por la mano del hombre, sometida a cauce arti-ficial más adelante, turbia y revuelta con tras aguas después, hasta caer tributaria en el vecino río y lanzarse con él en las profundidadesdel "Salto": imagen fiel de la vida, inocente y pura al principio,oprimida después por las reglas sociales, perturbada y tumultuaria alfin, perdiéndose en las insondables tinieblas de lo futuro. Tal es la «Fuente de Torca» admirablemente descrita por nuestro joven literato José Caicedo Rojas en una linsima composición que lleva aqueltítulo, y cuyas bien sentidas estrofas reprodujo allí mi memoria enfuerza de la fidelidad de la descripción y la naturalidad de las imáge-nes que contienen.
El Puente del Común
De la “Fuente de Torca” a la venta “Cuatro esquinas” hay uncorto trecho de camino; o como si dijéramos, de lo más poético a lomás prosaico imaginable, no hay sino un paso. Cuatro ranchos depaja que no forman cuatro, ni dos, ni esquina alguna, constituyen la famosa e histórica Venta, tan antigua como el Virreinato y tan esta-cionaria como los cerros adyacentes. Una pequeña sala en cuya testera hay una larga y tosca mesa arrimada a un banco fijo, y anexo a la sala un dormitorio, rara vez barrido, con dos camas de cuero, mondas y desamparadas conforme salieron de la rústica fábrica, he aquí el as-pecto interior de la posada. En compensación las paredes presenta-ban la más copiosa colección de letreros que pudiera desearse, inclu-sos muchos modelos de retórica de taberna que se hallan siempre enlas cercanías de las ciudades populosas como advirtiendo al viajeroque al lado de la cultura crecen siempre el cinismo y la indelicadeza,bien así como en los campos labrados asoma por entre los tallos deltrigo la silvestre cizaña que le roba el alimento y le marchita la belle-za.

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