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Amor Sin Recuerdos

Amor Sin Recuerdos

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Published by Nélida Cerón

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Published by: Nélida Cerón on Jul 21, 2012
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08/19/2012

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Amor sin recuerdos
Annie no daba crédito a la afirmación de Dominic Carlyle. ¿Cómo era posibleque fuera su marido? ¿Cómo podía haberle abandonado y haber olvidado todoacerca de él y de su matrimonio?.Para refrescarle la memoria, Dominic insistió en que se fuera a vivir con él.Annie se sentía misteriosamente impulsada a aceptar, obsesionada con un sueñoen el que un hombre le hacía el amor de forma apasionada... un hombreexactamente igual a Dominic.
 
Capítulo 1ANNIE se detuvo en las escaleras de su preciosa casa victoriana. Una seductorasonrisa se dibujó en su rostro a la vez que una soñadora mirada enturbiaba la habitualclaridad de sus inteligentes ojos grises. Había vuelto a soñar con él la noche anterior,pero esa vez había sido incluso más real y encantador que nunca. Tan real que...Se sonrojó y tuvo que pestañear para esconder el brillo de sus ojos al sentircómo el mero recuerdo del placer le estremecía todo el cuerpo; la noche anteriorcuando él la había tenido en sus brazos y la había acariciado... Un fuerte escalofrío ladevolvió a la realidad y con algo de culpabilidad se apresuró escaleras arriba.Solo disponía de una hora para arreglarse antes de ir a recoger a Helena y a sumarido. Tenía una cita con ellos para celebrar algo muy especial, y era en eso en lo quetendría que estar pensando, no en un hombre tan maravilloso como irreal que habíasalido de su imaginación, de sus sueños... de su necesidad...Frunció un poco el ceño. Era una mujer de veintitrés años y en su vida no habíaningún hombre, ningún amante. Solo a través de la intensidad de sus sueños, que cadavez eran más reales, Annie había identificado a su amante ideal, su alma gemela. Nosabía si esos sueños eran una señal de cuánto necesitaba amar y ser amada o unamuestra del poder de su imaginación. Lo que sí sabía era que desde que habíaempezado a soñar con él, los hombres reales que conocía no se le podían comparar,ninguno llegaba a atraerla lo más mínimo.Estaba deseando pasar la velada con sus amigos. Después de todo, Helena nosolo era su mejor amiga y lo más parecido a una madre que ella había tenido; eratambién la. cirujana que le había salvado la vida. No, se corrigió rápidamente Annie, loque Helena había hecho en muchos sentidos era darle la vida, devolvérsela después deque otras personas menos compasivas hubieran pensado que era imposible.Annie tuvo que tragar saliva. Incluso cinco años después del accidente que casile había costado la vida, solo recordar lo cerca que había estado de morir hacía que unescalofrío de terror le recorriera el cuerpo.Quizás no tuviera demasiada lógica, pero ese terror se hacía aún más intensopor el hecho de no recordar nada de lo que había sucedido justo antes del accidente,ni de las semanas que había estado en coma.Al abrir la puerta de su dormitorio notó la ligera torpeza en el brazo derecho,esa era la única molestia física que le había dejado el accidente.Su brazo sufrió lesiones tan graves en el accidente que, cuando la llevaron alhospital, el jefe de admisiones de urgencias la iba a preparar para que se loamputaran; en ese momento Helena, que había ido al hospital a visitar a otro paciente,pasó por allí por casualidad y fue requerida para dar una segunda opinión.Como jefa del servicio de microcirugía, Helena se puso al mando inmediatamente y llegó a la conclusión de que era posible evitar la amputación.Fue su cara lo primero que Annie vio al volver en sí, pero fue después de
 
bastantes semanas cuando se enteró, gracias a una enfermera, de la suerte que habíatenido de que Helena estuviera allí. Fue Helena la que se pasó una hora tras otra al piede su cama, hablándole mientras estaba en coma, tirando de ella con su fuerza y suamor para que volviera al mundo de los vivos, por todo eso Annie sabía que nunca,nunca, dejaría de admirarla y quererla.–Tú no eres la única que ha salido ganando –a menudo le decía Helenabromeando–. No tienes idea de lo que ha subido mi reputación profesional desde quese supo que tu brazo se había salvado gracias a mis métodos quirúrgicos. Para mí tubrazo vale su peso en oro –entonces su expresión se suavizaba al decir mucho máscariñosa–: Y tú, querida, eres tan especial para mí que no puedo expresarlo conpalabras. Eres la hija que nunca pensé que tendría.Las dos se habían emocionado la primera vez que Helena pronunció esascariñosas palabras, que además tenían un significado especial para las dos: Helena, unaeminente cirujana que siendo muy joven había sabido que no podría tener hijos yAnnie, que había sido abandonada por sus padres cuando era solo un bebé y habíacrecido en un orfanato. Siempre la habían tratado bien, pero nunca había recibidotodo el amor que necesitaba y anhelaba.Cuando dos años antes Helena aceptó casarse con Bob Lever, su compañerodesde hacía mucho tiempo, Annie se alegró más de lo que podía explicar.Hasta entonces Helena siempre se había negado a casarse con Bob porque creíaque algún día encontraría una mujer que le diera los hijos que ella no podía darle y,cuando llegara ese día, quería que él se sintiera libre para irse con esa mujer. Annie yBob tuvieron que luchar mucho hasta que consiguieron quitarle tal idea de la cabeza.Annie encontró el argumento definitivo cuando le dijo que puesto que se habíaconvertido en su «madre» ya no tenía ninguna excusa para seguir rechazando laspropuestas de matrimonio de Bob.–De acuerdo, me rindo –se había reído Helena mientras brindaban porque por finhubiera aceptado y antes de decirle burlona a Annie–: Por supuesto, sabes lo que estosignifica. Como madre tuya, y dado el momento de la vida en el que me encuentro,pronto empezaré a pedirte con insistencia que encuentres a alguien y me des algúnnieto.Había sido después de esa conversación, quizás debido a la relajación que habíaprovocado en ellas el vino y la estupenda cena de Navidad que habían preparado lasdos juntas, cuando Annie se había atrevido a hablarle a Helena de los intensos sueñosque estaba teniendo.–¿Cuándo empezaron esos sueños? –le preguntó Helena inmediatamente con untono totalmente profesional.–No estoy segura... creo que tardé algún tiempo en darme cuenta de que losestaba teniendo de forma regular– contestó Annie moviendo la cabeza y riéndose desu propia confusión–. Verás, cuando por fin noté que los estaba teniendo meresultaban tan familiares, como si ese hombre hubiera sido siempre parte de mi vida;era como si... de alguna manera yo... lo conociera –Annie tuvo que dejar de hablar para

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