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Secretos

Secretos

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Published by Nut Chan
Cuando un secreto es lo único importante en tu vida.
Cuando un secreto es lo único importante en tu vida.

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12/15/2013

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Secretos
Pedro J. Castro tiene un secreto.«Tener un secreto es bueno», piensa mientras observa los dos dedos de cerveza que quedanen su jarra.Pedro J. Castro trabaja desde los veinticinco años como vigilante de seguridad. Es uno deesos que luce uniforme gris dos tallas más pequeño y cubre turnos de doce horas; a sus cincuentay seis años, cree que más que poseer un trabajo el trabajo le posee a él.Está casado y tiene tres hijos que, en ocasiones, le hubiera gustado ver crecer.Su mujer le plancha el uniforme, le prepara todos los días una fiambrera con tortilla depatatas para que se la coma en el trabajo, se despide de él cada tarde con un monosilábico«cuídate», sin levantar la cabeza de su interminable labor de crochet. Es padre de dos hijas quehan sobrepasado la veintena, que arrastran su vacua existencia por discotecas y baresimprovisados en el aparcamiento de algún centro comercial y sólo le dirigen la palabra cuandosus monederos suenan a hueco. El tercero es un chico de dieciséis años, que escucha música conunos grandes auriculares mientras aniquila policías en la pantalla de su ordenador. A veces,cuando su padre pasa ante la puerta entreabierta del micromundo en el que ha convertido suhabitación de adolescente, el chico vuelve la cabeza y le contempla con unos ojos velados que nole ven.Pedro J. Castro se casó y tuvo hijos porque alguna vez creyó que crear un hogar es partefundamental del plan maestro que la sociedad reserva para todo hombre de bien, pero hacemucho que siente que su familia es como una fotografía olvidada en un cajón, que los años, laapatía y la falta de entendimiento, han ido decolorando y carcomiendo sus márgenes.Vive en la tercera planta de un bloque de pisos del extrarradio de la ciudad; cincuenta metroscuadrados de salón-comedor, cocina, baño y dos dormitorios, y un pequeño lavadero de cuyapared de azulejos grasientos cuelga una jaulita, con un único inquilino alado y amarillo, quelimpia y abastece de comida cuando, despuntando el día, vuelve del turno de noche en el parquede atracciones. Los días cinco de cada mes las mensualidades de la letra del piso le recuerdanque el inmueble aún pertenece al banco, y el trino escandaloso del pájaro confinado en su jaula,que sin remordimientos irrumpe en su sueño mañanero una y otra vez, que él no quiso nuncaanimales en la casa.«Tener un secreto es bueno, si no posees otra cosa en la vida», se repite al tiempo que peinalos canosos y quebradizos cabellos que pueblan su pequeña cabeza.Pedro J. Castro se ve cómo un caparazón vacío, una envoltura fondona de apenas un metrosesenta, con ojos vacunos y miopes en mitad de un rostro de mejillas fláccidas y frente hendidapor una interminable sucesión de arrugas. Se cree la crisálida abandonada e inútil de una orugaque a diferencia de él, sí ha sabido escapar de sí misma.Pero ahora tiene un secreto, un secreto que siente llena los rincones de su existencia.«Los secretos son buenos».Mira de soslayo a su compañero, un eco de sí mismo, aunque esquelético y calvo, sentado enun desvencijado taburete del bar de carreteras dónde, cada día, antes de iniciar su turno de ochode la tarde a ocho de la mañana, ambos se detienen para emborronar un poco la realidad con unpar de jarras de cerveza. Desde hace varias semanas siente, de cuando en cuando, la tentación decontarle su secreto mas, la idea de escuchar el cacareo de su risa, condimentada con un puñadode burlas insidiosas y una retahíla de previsibles argumentos sobre una precoz senectud, leadormece las ganas.«Los secretos son buenos, te hacen especial», se dice apurando la cerveza con un par detragos y limpiándose los gruesos labios con la manga del uniforme, «Siempre que no secompartan».
 
Lo decide, no le revelará nada. Al fin y al cabo su compañero no es más que un tipo queconoció hace cuatro años, cuando la empresa de seguridad lo envió para sustituir al vigilante jubilado que se ocupaba del sector doce del parque de atracciones. Alguien de quién sólo sabe sunombre, que su vicio es el tabaco negro, que únicamente lee la sección de deportes del periódicoy que opina que todas las mujeres son unas rameras, incluidas su madre y su hermana.No le contará, ni a él ni a nadie, que hace tres semanas, una vez que el parque hubo cerradosus puertas, mientras hacía la ronda por el sector once vio, a pocos metros de él, sentada en unbanco de madera con sus desnudos pies balanceándose en el aire, a una niña que apenas debía dehaber cumplidos los tres años. A la difusa luz amarilla de una farola, pudo apreciar su ovaladorostro enmarcado por una melena azabache que se derramaba por su espalda, los almendradosojos azules como zafiros, de tupidas pestañas negras, la nariz pequeña, las mejillas delgadas ypálidas, la boca igual que un diminuto botón forrado de terciopelo rojo. Lucía un vestidito detirantes, de un blanco impoluto que dejaba a la vista sus redondeados hombros nacarados, ceñidoa la cintura por un estrecho fajín negro.—¿Quién eres, niña? —le había preguntado casi en un susurro, sobrecogido por su aspectofrágil e irreal.La chiquilla, en vez de contestarle, se apoyó en los labios el dedo índice de su mano derechay entornando los parpados, sonrió mostrándole una doble fila de dientecitos pequeños y afiladostras sus entreabiertos y oscuros labios carmesí.Pedro J. Castro no recuerda por qué no la siguió cuando, sin que sus pies desnudos hicieranruido sobre las frías losetas del suelo, se marchó para perderse entre el entresijo de atraccionesdel sector once. Pero no es algo que le preocupe, como tampoco el no saber quién o qué era, losmejores secretos son los que poseen una buena dosis de misterio, le basta con haber visto lo quecree que nadie más ha podido ver.—Oye, Pedro —la voz de su compañero le hace salir bruscamente de su ensoñación—. Si tecuento una cosa, ¿mantendrás la boca cerrada?Pedro J. Castro le mira de reojo y se encoge de hombros sin ganas.—Si es lo que quieres…Su compañero se anima a hablar dando un par de sorbos largos a la cerveza.—El otro día, cuando hacía la ronda por el lado sur de mi zona, cerca de la noria, vi algo raroen tu sector.—¿Raro? —repite. Fija la vista al otro lado de la barra, donde se alinean, como soldadosapunto de desfilar, las botellas de alcohol—. ¿Qué es para ti raro?—¡Joder! —resopla de mal humor—. ¿Una cría de un par de años que parece salida de unacripta te parece algo suficientemente raro?Pedro J. Castro no responde. Su compañero se frota inquieto la nuca.—Y si la hubiera visto sólo una vez… Pero rara es la noche que no me la encuentrodeambulando por ahí como una aparición.—¿La has visto más veces? —pregunta con un ronco murmullo.—Demasiadas. Ya empieza a darme mal rollo. Bueno, tu me entiendes, no soy ningún
cagao,
pero el temita es para acojonar, ¿no? Y sé que suena a locura, pero, tú me crees, ¿verdad? —Ante su mutismo, le propone—: Si quieres, puedo llevarte a verla.«Los secretos son buenos», piensa Pedro J. Castro mientras el ejercito de coloridas botellasse va difuminando ante sus ojos, perdiendo definición, desdibujandose hasta casi desaparecer enuna blanda oscuridad, «Eres especial si tienes un secreto».Su compañero se inclina hacia él.—¿Quieres? —insiste, con un leve tinte de esperanza en su impaciencia.«Eres especial si nadie más conoce tu secreto», cavila Pedro J. Castro mientras su manoderecha acaricia con cierta avaricia la áspera porra que pende de su cinturón.

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