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Francis Bacon

Francis Bacon

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El Novum Organum (o Indicaciones relativas a la interpretación de la naturaleza, publicada en 1620) es la obra principal de filósofo británico Francis Bacon, quien concebía la ciencia como técnica, capaz de dar al ser humano el dominio sobre la naturaleza. El Novum Organum trata sobre la lógica del procedimiento técnico-científico, una lógica contrapuesta a la aristotélica (cuyo tratado se titulaba, precisamente, organon), y que según Bacon resultaba buena sólo para la disputa verbal. from wikipedia. www.iestudiospenales.com.ar
El Novum Organum (o Indicaciones relativas a la interpretación de la naturaleza, publicada en 1620) es la obra principal de filósofo británico Francis Bacon, quien concebía la ciencia como técnica, capaz de dar al ser humano el dominio sobre la naturaleza. El Novum Organum trata sobre la lógica del procedimiento técnico-científico, una lógica contrapuesta a la aristotélica (cuyo tratado se titulaba, precisamente, organon), y que según Bacon resultaba buena sólo para la disputa verbal. from wikipedia. www.iestudiospenales.com.ar

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06/24/2013

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Autor:
Francis Bacon
 Aforismos sobre la interpretación  Aforismos sobre la interpretación  Aforismos sobre la interpretación  Aforismos sobre la interpretación de la naturaleza y el reino del de la naturaleza y el reino del de la naturaleza y el reino del de la naturaleza y el reino del hombre hombre hombre hombre 
NOVUM ORGANUMNOVUM ORGANUMNOVUM ORGANUMNOVUM ORGANUM
 WWW.IESTUDIOSPENALES.COM.AR 
 
 PREFACIO DEL AUTOR
I. Aquellos que se han atrevido a hablar dogmáticamente de la naturaleza como deun sujeto explorado, sea que les haya inspirado esta audacia su espíritu excesivamente
confiado o su vanidad y el hábito de hablar magistralmente, han ocasionado un perjuiciomuy grande a la filosofía y a las ciencias. Mandando la fe con autoridad, supieron, con
no menos poderío, oponerse e impedir toda investigación, y por sus talentos más com-prometieron la causa que prestaron servicio a la verdad, ahogando y corrompiendo anti-
cipadamente el genio de los otros. Los que siguieron el camino opuesto y afirmaron queel hombre absolutamente nada puede saber, ya sea que hayan admitido esta opinión enodio a los antiguos sofistas, ya en consecuencia de las incertidumbres de su espíritu, obien en virtud de alguna doctrina, han presentado en apoyo de su opinión, razones queno eran en modo alguno despreciables; pero, sin embargo, no las habían tomado de lasverdaderas fuentes, y arrastrados por su celo y cierta especie de afectación, cayeron enuna exageración completa. Pero los primeros filósofos griegos (cuyos escritos han pere-
cido) se mantuvieron prudentemente entre la arrogancia del dogmatismo y la desespera-ción de la
catalepsia,
y extendiéndose frecuentemente en amargas quejas sobre las difi-
cultades de las investigaciones y la oscuridad de las cosas, y como tascando su freno, nopor ello dejaron de proseguir su empresa, ni renunciaron tampoco al comercio que conla naturaleza habían establecido. Pensaban sin duda que para saber si el hombre puedellegar o no a conocer la verdad, es más razonable hacer la prueba que discutir acerca de
ello; y, sin embargo, estos mismos, abandonándose a los movimientos de su pensa-
miento, no se impusieron regla alguna y lo basaron todo sobre la profundidad de sus
meditaciones, la agitación y las evoluciones de su espíritu.II. En cuanto a nuestro método, es tan fácil de indicar como difícil de practicar.
Consiste en establecer distintos grados de certeza; en socorrer los sentidos limitándolos;
en proscribir las más de las veces el trabajo del pensamiento que sigue la experienciasensible; en fin, en abrir y garantir al espíritu un camino nuevo y cierto, que tenga su
punto de partida en esta experiencia misma. Sin duda alguna estas ideas habían impre-
sionado a los que tan importante papel hicieron representar a la dialéctica; probaban porello que buscaban ayuda para la inteligencia y que desconfiaban del movimiento naturaly espontáneo del pensamiento. Pero es ése un remedio tardío a un mal desesperado,cuando el espíritu ha sido corrompido por los usos de la vida común, la conversación delos hombres y las doctrinas falsas y sitiado por los ídolos más quiméricos.
He aquí por qué el arte de la dialéctica, aportando —como hemos dicho— un tardío
socorro a la inteligencia, sin mejorar su estado, más sirvió para crear nuevos errores que
 
 
para descubrir la verdad. El solo camino de salvación que nos queda es volver a comen-
zar enteramente todo el trabajo de la inteligencia; impedir desde el principio que el espí-
ritu quede abandonado a sí mismo, regularle perpetuamente, y realizar, en fin, como conmáquina, toda la obra del conocimiento. Ciertamente que si los hombres hubiesen apli-
cado a los trabajos mecánicos el solo esfuerzo de sus brazos, sin utilizar la ayuda y lafuerza de los instrumentos, así como no temen abordar las obras del espíritu casi con las
solas fuerzas de su inteligencia, el número de cosas que hubieran podido mover o trans-
formar, sería infinitamente reducido, aun cuando hubiesen reunido y desplegado losmayores esfuerzos. Detengámonos en esta consideración, y como en un espejo, fijemos
la vista en este ejemplo: supongamos que se trate de transportar un obelisco de impo-
nente magnitud para el adorno de una apoteosis o de alguna otra ceremonia magnífica, yque los hombres emprenden la operación del transporte sin instrumentos; un espectadorde buen sentido, ¿no lo juzgará como un acto de locura? Que se aumente el número debrazos, esperando así vencer la dificultad, ¿no seguirá considerándolo como locura?
Pero si se quiere hacer una elección, utilizando sólo a los fuertes y separando a los débi-
les, y se vanaglorian por ello del éxito, ¿no dirá que es un acrecentamiento de delirio?
Pero si poco satisfechos de esas primeras tentativas se recurre al arte de los atletas, y
sólo se quieren emplear brazos y músculos untados y preparados según los preceptos,¿nuestro hombre de buen sentido, no exclamará que se hacen muchos esfuerzos para
aparecer loco en toda regla?Y sin embargo, con un arrebato tan poco razonable y un concierto tan inútil, es co-
mo los hombres se han consagrado a los trabajos del espíritu, ya esperando mucho de la
multitud y del concurso, o de la excelencia y penetración de las inteligencias, ya fortifi-
cando los músculos del espíritu por la dialéctica (que se puede considerar como cierto
arte atlético), no cesando, bien considerada, no obstante, tanto celo y esfuerzos, de em-
plear las fuerzas de la inteligencia desnudas y solas. Bien claro está que en todas las
grandes obras manuales del hombre, ejecutadas sin instrumentos y sin máquinas, ni po-drían jugar las fuerzas individuales, ni las de todos concertarse.III. He aquí por qué en consecuencia de lo que acabamos de decir, declaramos que
hay dos cosas de las que queremos que los hombres estén bien informados, para que no
las pierdan de vista jamás. Es la primera que, acontece felizmente para nuestros senti-
dos, para extinguir y repeler toda contradicción y rivalidad de espíritu, que los antiguos
puedan conservar intacta y sin menoscabo toda su gloria y su grandeza, y que no obs-tante, nosotros podamos seguir nuestros propósitos y recoger el fruto de nuestra modes-tia. Porque si declaramos que hemos obtenido mejores resultados que los antiguos, per-severando en sus mismos métodos, nos sería imposible, por más que pusiéramos en jue-
go todo el artificio imaginable, impedir la comparación y la rivalidad de su talento y desu mérito con los nuestros —no ya una rivalidad nueva y reprensible, sino una justa ylegítima emulación— (¿pues por qué no podríamos nosotros, en uso de nuestro derecho,que es al propio tiempo el derecho de todo el mundo, poner de manifiesto y criticar enellos lo que ha sido falsamente sentado o establecido?). Esto, no obstante, este combate
pudiera ser desigual a causa de la medianía de nuestras fuerzas. Pero como todos nues-tros esfuerzos se encaminan a abrir a la inteligencia nuevo camino que ellos no intenta-
ron ni conocieron, estamos en posición muy diferente; no hay aquí ni rivalidad ni lucha;
nuestro papel se limita al de un guía, y nada de soberbia hay en ello, y más bien lo de-bemos a la fortuna que al mérito y al genio. Esta primera advertencia atañe a las perso-nas, la segunda a las cosas mismas.

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