para descubrir la verdad. El solo camino de salvación que nos queda es volver a comen-
zar enteramente todo el trabajo de la inteligencia; impedir desde el principio que el espí-
ritu quede abandonado a sí mismo, regularle perpetuamente, y realizar, en fin, como conmáquina, toda la obra del conocimiento. Ciertamente que si los hombres hubiesen apli-
cado a los trabajos mecánicos el solo esfuerzo de sus brazos, sin utilizar la ayuda y lafuerza de los instrumentos, así como no temen abordar las obras del espíritu casi con las
solas fuerzas de su inteligencia, el número de cosas que hubieran podido mover o trans-
formar, sería infinitamente reducido, aun cuando hubiesen reunido y desplegado losmayores esfuerzos. Detengámonos en esta consideración, y como en un espejo, fijemos
la vista en este ejemplo: supongamos que se trate de transportar un obelisco de impo-
nente magnitud para el adorno de una apoteosis o de alguna otra ceremonia magnífica, yque los hombres emprenden la operación del transporte sin instrumentos; un espectadorde buen sentido, ¿no lo juzgará como un acto de locura? Que se aumente el número debrazos, esperando así vencer la dificultad, ¿no seguirá considerándolo como locura?
Pero si se quiere hacer una elección, utilizando sólo a los fuertes y separando a los débi-
les, y se vanaglorian por ello del éxito, ¿no dirá que es un acrecentamiento de delirio?
Pero si poco satisfechos de esas primeras tentativas se recurre al arte de los atletas, y
sólo se quieren emplear brazos y músculos untados y preparados según los preceptos,¿nuestro hombre de buen sentido, no exclamará que se hacen muchos esfuerzos para
aparecer loco en toda regla?Y sin embargo, con un arrebato tan poco razonable y un concierto tan inútil, es co-
mo los hombres se han consagrado a los trabajos del espíritu, ya esperando mucho de la
multitud y del concurso, o de la excelencia y penetración de las inteligencias, ya fortifi-
cando los músculos del espíritu por la dialéctica (que se puede considerar como cierto
arte atlético), no cesando, bien considerada, no obstante, tanto celo y esfuerzos, de em-
plear las fuerzas de la inteligencia desnudas y solas. Bien claro está que en todas las
grandes obras manuales del hombre, ejecutadas sin instrumentos y sin máquinas, ni po-drían jugar las fuerzas individuales, ni las de todos concertarse.III. He aquí por qué en consecuencia de lo que acabamos de decir, declaramos que
hay dos cosas de las que queremos que los hombres estén bien informados, para que no
las pierdan de vista jamás. Es la primera que, acontece felizmente para nuestros senti-
dos, para extinguir y repeler toda contradicción y rivalidad de espíritu, que los antiguos
puedan conservar intacta y sin menoscabo toda su gloria y su grandeza, y que no obs-tante, nosotros podamos seguir nuestros propósitos y recoger el fruto de nuestra modes-tia. Porque si declaramos que hemos obtenido mejores resultados que los antiguos, per-severando en sus mismos métodos, nos sería imposible, por más que pusiéramos en jue-
go todo el artificio imaginable, impedir la comparación y la rivalidad de su talento y desu mérito con los nuestros —no ya una rivalidad nueva y reprensible, sino una justa ylegítima emulación— (¿pues por qué no podríamos nosotros, en uso de nuestro derecho,que es al propio tiempo el derecho de todo el mundo, poner de manifiesto y criticar enellos lo que ha sido falsamente sentado o establecido?). Esto, no obstante, este combate
pudiera ser desigual a causa de la medianía de nuestras fuerzas. Pero como todos nues-tros esfuerzos se encaminan a abrir a la inteligencia nuevo camino que ellos no intenta-
ron ni conocieron, estamos en posición muy diferente; no hay aquí ni rivalidad ni lucha;
nuestro papel se limita al de un guía, y nada de soberbia hay en ello, y más bien lo de-bemos a la fortuna que al mérito y al genio. Esta primera advertencia atañe a las perso-nas, la segunda a las cosas mismas.
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