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La Monsanto

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09/16/2013

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La Monsanto
Por: Martín Caparróshttp
 
 
 
 
 
la - monsanto .html La frase era un dechado: “Hace unos instantes estuve con Monsanto(sic) que nos anuncióuna inversión muy importante en materia de maíz y además estaban muy contentos porquela Argentina está a la vanguardia en materia de eventos biotecnológicos, en repatriación decientíficos y fundamentalmente también en respeto a las patentes. Como ahora nosotroshemos logrado patentes propias nos hemos convertido también en defensores de laspatentes”.Dijo, con esa cara de falsa ingenua que le queda tan rara, y enarboló un folleto. CristinaFernández estaba en un sitio peligroso: es una tradición que los presidentes argentinos,cuando comparecen en el Club de las Américas de Nueva York, hablen de más. Se ve quelos anima el público de grandes empresarios americanos –en este caso, entre otros,representantes de JPMorgan, Barrick Gold, Ford, Fox, IBM, Cargill, Walmart, DirecTV,Procter & Gamble, Pfizer, Monsanto, Microsoft– y se sueltan, y después a veces searrepienten.Nadie sabe si la doctora Fernández se arrepintió de definir el oportunismo con esa frasesonriente: “Como ahora nosotros hemos logrado patentes propias nos hemos convertidotambién en defensores de las patentes”. Después de haber estado, se sobreentiende,muchos años “en contra” de esas mismas patentes. O eso parecía en 2006, cuandoMonsanto trababa embargo contra barcos con granos argentinos en Europa porque elEstado argentino no le dejaba cobrar lo que quería por la patente de uno de sus productosestrella: la semilla de soja RoundUp Ready. La otra es el RoundUp, el herbicida hecho deglifosato que mata todo lo que pulula alrededor salvo esas semillas, genéticamentemodificadas para sobrevivir al killer.(La historia es larga y está bien contada en un artículode Le Monde Diplomatique. En síntesis: en los noventas, cuando empezó a venderla, Monsanto no patentó la semilla en laArgentina pero, a cambio, recibió del gobierno de Menem la autorización para su uso –locual, en países como Brasil, tardó años de pruebas y debates. La RoundUp Ready copó, muypronto, la gran mayoría de los campos argentinos. Durante diez años Monsanto se dio porsatisfecho con sus acuerdos con las productoras que les pagaban un cánon por las semillasy, sobre todo, con las ventas crecientes del Round Up, que completaba el combo. Hasta quedecidió que quería cobrar más y empezó su ofensiva política y judicial.)Aquella tarde de junio en Nueva York, Cristina Fernández siguió hablando y explicó lostérminos de su nueva alianza con Monsanto: la empresa americana tendría una plantaproductora de semillas de maíz genéticamente modificadas en Malvinas Argentinas,provincia de Córdoba, y un par de proyectos de investigación conjunta con científicosargentinos. Quizá Monsanto quiera hacer ahora aquí lo que suelen hacer las multinacionalesquímicas: modificar lo suficiente el producto que no patentaron –o cuya patente va avencer– para patentarlo como si fuera otro, y recaudar.Cada época tiene sus ogros: Monsanto es uno de los más presentes estos días. Todoempezó hace casi cincuenta años, cuando la empresa fabricaba el “agente naranja”, undefoliante poderoso con que el ejército americano se cargó los bosques y cultivos deVietnam para tratar de rendir a sus defensores. En esos días, aviones militares derramabantorrentes de veneno sobre el país, medio millón de vietnamitas moría en esos bombardeos,otro medio millón nacía malformado –y Monsanto prosperaba en paz. Pero su verdaderosalto a la fama llegó un cuarto de siglo después. En los noventas empezaron a convertirseen lo que son ahora: una empresa multinacional que estableció la propiedad privada de lareproducción natural. Con sus semillas de plantas que no dan semillas, Monsanto controla el
 
mercado mundial de semillas transgénicas y, a través de eso, se acerca cada vez más a unaposesión en la que puede definir quién come, quién no, a qué precios, bajo qué condiciones.Todo tan claro que Eduardo Galeano solía llamarla “la serial killer multinacional”. Tan claroque, hace menos de un año, Carta Abierta decía en una carta abierta que “el grancapitalismo agropecuario tiene su mirada en la Bolsa de Chicago, en las operacionespolíticas de gran escala, en los secretos de los gabinetes químicos que perfeccionan lasemilla transgénica, nuevo padrenuestro de una teología que sin tener santidad tiene aMonsanto, mientras empresarios voraces, pioneros cautivos de un clima de mercantilizaciónde todas las relaciones humanas, se comportan como forajidos de frontera, escapados deotra época, pero tiñendo de una agria tintura este momento histórico que aunque les esheterogéneo, caen en la incongruencia de querer apropiarlo”.Tan claro que hace tres años, un día en que el señor Verbitsky, falto quizá de nada másexcitante, decidió tirarle un par de prontuarios por la cabeza al tornadizo Felipe Solá,escribióuno de sus artículosacusándolo de haber “trabajado para Monsanto”. Hasta queCristina Fernández mostró su alborozo y su cariño por su nuevo socio, y ninguno de ellosdijo esta boca es suya –señora presidenta.Pero, más allá de los vaivenes clásicos, más acá de sus nuevos amores, Monsanto va aseguir planteando sus dos problemas principales.Uno son sus efectos sanitarios y ecológicos. El maíz transgénico, por ejemplo, que van afabricar en Córdoba está prohibido en Francia por contaminante; el gobierno francés –delliberal Nicolas Sarkozy– pidió en febrero último a la Unión Europea que lo prohiba en todosu territorio. Y, aquí, la mayoría de los productores dicen que no saben qué puede quedarde sus tierras después de unos años de semillas transgénicas –pero que la ganancia es tangrande que las siguen usando. Aunque varios me dijeron, últimamente, que trataban dehacerlo en tierras arrendadas: ajenas.Que rebosan de RoundUp. Monsanto solía presentarlo como biodegradable hasta quetribunales franceses y americanos los condenaron por publicidad engañosa. En realidad esbiodegradante: degrada toda la vida que hay alrededor, y por eso solo se pueden plantar lassemillas de Monsanto, que lo sobreviven. Pero no las personas: el mes pasado,precisamente en Córdoba, empezó el primer juicio oral y público por un caso deenvenenamiento por fumigación con glifosato.Los acusados –faltaba más– no son los inventores del tóxico sino los aviadores que lofumigaron, pero la historia es siniestra –en un suburbio cordobés muy expuesto a lasfumigaciones, casi 200 cancerosos sobre 5000 habitantes, un bebé nacido sin riñones– yfue bien contadapor Página/12 cuando todavía hablaba del asunto, antes de que Monsanto seconvirtiera en" un nuevo inversor ".Monsanto seguirá envenenando –como decía Galeano– los campos y los campesinosargentinos; ahora, con el apoyo del Estado. Pero esto es pura coherencia: después de todo,este gobierno nunca simuló preocuparse por la salud pública. En cambio, sí hizo de la “luchacontra los monopolios” una de sus banderas más flameadas.Decíamos: Monsanto es, ahora mismo, el nombre global del monopolio despiadado. Locuentan muchos y, entre ellos, Marie-Monique Robin –la periodista francesa que consiguióque generales argentinos hablaran en cámara de sus torturas y asesinatos–en una película
 
que vale la pena mirar. Porque el 87 por ciento de las plantaciones de semillas transgénicas–algodón, maíz, soja– del mundo usan sus semillas; esto es: la enorme mayoría de lasplantaciones del mundo engordan a Monsanto. La noticia de que el gobierno nacional ypopular está encantado de hacer negocios con semejante emblema ya tiene un mes; podríahaber provocado incomodidades, molestias, escozores; no se vieron.Olvidemos que Monsanto es uno de los principales responsables del hambre de millones depersonas a las que dejaron sin tierras o sin semillas, porque a nosotros no nos importa elhambre de los indios o los somalíes y, de últimas, nuestra prosperidad viene de suspenurias: ellos se hunden con los aumentos de precio de los granos que a nosotros nossalvan.

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