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Betty Neels - Amor Entre Espinas

Betty Neels - Amor Entre Espinas

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08/02/2013

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 Amor Entre Espinas Amor Entre Esp
 
inas
Betty Neels
Amor Entre Espinas (6.8.1991)Título Original:
Roses have thorns (1990)
Editorial:
Harlequín Ibérica
Sello / Colección:
 
Jazmín 1062Género:
Contemporáneo
Protagonistas:
Radolf Nauta y Sarah
 Argumento:
Por culpa de Radolf Nauta, Sarah perdió su empleo en el hospital y se vioobligada a buscarse otro trabajo. Esperaba no tener que volver a verlo jamás.Sin embargo, no podía dejar de preguntarse qué opinaría de ella y si leresultaría atractiva. Era una estupidez, porque él era el último hombre sobrela tierra a quien ella podría amar.
 
Betty Neels – Amor Entre Espinas
CAPITULO 1
Sarah se sentó detrás de su escritorio y observó entrar al primer paciente deldoctor Nauta. Se trataba del viejo coronel Watkins, quien se recuperaba de su terceraembolia. En la clínica del doctor Nauta la actividad se iniciaba a las ocho y media y, apesar de que no se había dado cuenta de cómo había sucedido, se convirtió enresponsabilidad de Sarah hacerse cargo de atender a los primeros pacientes; las otrasdos recepcionistas eran mujeres casadas que debían atender a sus maridos e hijos, ysiempre estaban atentas a dejar la clínica justo a la hora de salida, ni un minutodespués, al igual que llegaban justo a la hora de entrada, y ni un minuto antes. Esaera la razón por la que, en la clínica del doctor Nauta, la mayor parte de laresponsabilidad recaía en Sarah, quien, como era soltera y vivía sola, era la quellegaba más temprano y salía más tarde.El coronel fue seguido por la señora Peach, paciente del doctor desde hacíamuchos os, y quien entró seguida por un par de adolescentes. Tras ellos,empezaron a llegar los demás, a la mayoría de los cuales Sarah conocía de vista, si noes que de nombre.Le dio los buenos días a cada uno, se aseguró de que los pacientes de primeravez supieran qué debían hacer y se ocupó de la libreta de citas. El doctor llegó cincominutos antes de lo previsto, y al abrir la puerta, entró con él una ráfaga del heladoaire de marzo. Sarah le dedicó una mirada rápida y percibió que no parecía estar másimpaciente ni de peor humor que de costumbre. Era un hombre alto, de hombrosamplios, atractivo; su cabello mostraba algunas canas en las sienes y sus labios erandelgados. Sus ojos eran azul claro y parecían de acero cuando se enfadaba, lo cualsucedía a menudo, aunque quienes trabájaban con él en el hospital de San Ciprián,tenían que admitir que era invariablemente bondadoso con sus pacientes, sinimportar lo fastidiosos que éstos pudieran resultar.Pasó frente al escritorio de Sarah con un apresurado ''Buenos días, señoritaFletcher" y con una mirada tan breve que, si ella llevara puesta una enorme aladorada y un par de llamativos anteojos, no lo habría notado. Sin embargo, Sarah sehabría sorprendido de saber que el médico había captado hasta el último detalle desu apariencia, en el breve lapso transcurrido entre su entrada a la sala de espera y sudesaparición dentro del consultorio. Pequeña, un tanto delgada, de rostro agradablesin ser bonita, ojos hermosos, nariz estrecha y delicada, labios carnosos y cabello tanabundante que le debía de tomar mucho tiempo peinarlo. También se había fijado ensu blusa blanca y moderna y en que no usaba joyas, excepto el discreto reloj depulsera. Una joven sensata, reflexionó él, pulcra y discreta. Debía de estar cerca delos treinta años, pero con toda la frescura de una chica joven. Llegó hasta elconsultorio y saludó a la enfermera que lo esperaba. Tomó asiento detrás de suescritorio y, sacando a la señorita Fletcher de su mente, aunque con gran esfuerzo, se
Escaneado por Marisol y corregido por LososiNº Paginas 2-110
 
Betty Neels – Amor Entre Espinas
concentró en lo que le decía el coronel Watkins con su voz quejumbrosa acerca deltratamiento de fisioterapia al que tenía que someterse. El médico lo escuchó conpaciencia y simpatía, una actitud que contrastaba con los modales fríos quedemostraba ante el personal del hospital.Sarah tuvo que arreglárselas sola hasta que llegaron las señoras Drew y Pearce;desde entonces, no hubo tiempo para nada, excepto recibir a los pacientes externosde cirugía. Salió a comer a la cafetería de empleados del hospital, y al regresaralcanzó a ver la amplia espalda del doctor Nauta, quien, seguido por dos ayudantes,caminaba por el pasillo hacia el edificio principal. Caminaba rápido y ella sintiólástima por los ayudantes, quienes, mientras trataban de caminar al mismo ritmo queel dico, probablemente estaban siendo objeto de la impaciencia y de loscomentarios cáusticos del doctor Nauta.El día, húmedo y airoso, característico del mes de marzo, oscureció temprano.No faltaba ya ningún paciente por llegar. Las compañeras de Sarah empezaron aarreglarse a fin de estar listas para marcharse a las cinco en punto, dejándola a ellapara atender el teléfono y cualquier otro imprevisto. La señora Drew vivía enClapham y la señora Pearce tenía que hacer un largo viaje cada día para llegar aLeyton, y como Sarah vivía a diez minutos del hospital, quedaba entendido que fueraella la última en marcharse. La chica arregló su escritorio, puso todo en orden para lamañana siguiente y revisó la libreta de citas. Todo estaba tranquilo; las enfermeras ylos médicos se habían ido, todos excepto el doctor Nauta, que había regresado a suconsultorio media hora antes y se había encerrado en él, luego de decirle a Sarah que bajo ningún pretexto quería ser molestado. Ella logró reprimir la pregunta de quédebía hacer en caso de incendio o de alguna emergencia. Que se achicharrara, porpesado. Ahora sólo faltaban cinco minutos para marcharse.La puerta de entrada a la sala de espera fue abierta por una mano firme y Sarahse sobresaltó. Observó a la mujer mayor que se le acercaba con aire decidido, y lachica le dijo con cortesía:—Creo que se ha equivocado de área. Este es un consultorio para pacientesexternos. Pero si me dice qué sección busca, con mucho gusto le indicaré el camino.La mujer se detuvo a un lado del escritorio y observó a Sarah. Era una mujerguapa y vestía con una elegancia discreta que hablaba de dinero. Colocó su bolsosobre el escritorio y habló con voz clara, un poco alta y con actitud de estaracostumbrada a que los demás hicieran lo que ella deseaba.—Quiero ver al doctor Nauta; quizá usted fuera tan amable de informárselo.Sarah se la quedó mirando, pensativa.—El doctor me dejó instrucciones de no interrumpirlo por ningún motivo. Losiento; ¿desea que le haga una cita para otro día?
Escaneado por Marisol y corregido por LososiNº Paginas 3-110

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