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03 - 11 ESCANDALOS PARA CONQUISTAR EL CORAZON DE UN DUQUE

03 - 11 ESCANDALOS PARA CONQUISTAR EL CORAZON DE UN DUQUE

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Published by: Melodie Liliane Courquin on Aug 12, 2012
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05/17/2013

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Once Escandalos Para Conquistar el Corazon de un Duke
3º- Love by Numbers – MacLean
Ella vive para la pasión
Audaz, impulsiva y unimán para los problemas, Juliana Fiori no era otrasimplona señorita inglesamás. Se niega a vivirsegún las reglas de lasociedad: dice lo quepiensa, no le preocupaconseguir la aprobación denadie y puede lanzar unpuñetazo con notablepuntería. Su escandalosanaturaleza la convierte enel objeto preferido detodos los chismorreoslondinenses… y justo en el tipo de mujer que el duque de Disdain quieremantener bien lejos de su persona.
Para él la reputación lo es todo
Lo ultimo que Simón Pearson quiere en su ordenada vida es un escándalo. Elduque de Disdain está demasiado centrado en mantener su título libre detoda mácula y sus secretos, a salvo. Pero cuando descubre a Julianaescondida en su carruaje una noche a altas horas de la madrugada,poniendo en peligro todo lo que él aprecia, jura enseñar a la insensatabeldad una lección de decoro. Pero ella tiene otros planes: quiere dossemanas para demostrar que incluso un duque imperturbable no estáexento de la pasión.
Traducido por Gloria Ochoa Julio de 2012Sin ánimo de lucroProhibida su reproducción y ventaLos derechos de autor son exclusivamente de Sarah Maclean
 
Capitulo 1
Los árboles no son más que una cubierta para el escándalo.Las señoras elegantes permanezcan en casa por la noche
 .
 –Un Tratado sobre la más exquisita de las damas
Hemos oído decir que las hojas no son las únicas cosas que caen en los jardines...
 –La Hoja del Escándalo, octubre 1823
En retrospectiva, hubo cuatro acciones de la señorita Juliana Fiori que debería haber reconsiderado esa noche.En primer lugar, que probablemente debería haber ignorado el impulso de salir de la fiesta deotoño de su cuñada en favor de los menos pegajosos, más aromáticos, y mucho menos iluminados jardines de Ralston House.En segundo lugar, muy probablemente debería haber dudado cuando ese mismo impulso laempujó por los caminos más oscuros que marcaban el exterior de la casa de su hermano.En tercer lugar, y casi con toda seguridad debería haber vuelto a la casa en el momento en quetropezó con Lord Grabeham, en el fondo de sus brazos, medio cayendo, y diciendo cosas por completo poco caballerosas.Pero, ella definitivamente no debería haberlo golpeado. No importaba que él la hubiera atraído hacia sí y exhalado su caliente aliento cargado de whiskysobre ella, o que sus labios fríos y húmedos hubiesen encontrado con torpeza su camino hacia elarco pronunciado de su cuello, o que él sugiriera que eso podría gustarle al igual que a su madre.
 Las damas no golpeaban a la gente.
Por lo menos, las damas inglesas no lo hacían.Ella vio como el no–tan–todo un caballero aulló de dolor y tiró de un pañuelo en su bolsillo, paracubrir su nariz y limpiar la mancha que inundaba su inmaculada camisa blanca de escarlata.Se quedó congelada, sacudiendo distraídamente el escozor de su mano, y sintiendo como el terror la consumía.Esto estaba condenado a pasar. Era imposible no convertirse en un – 
 problema
 –. No importaba lo mucho que ese caballero se lo mereciera.Qué debía haber hecho? Permitirle asaltarla mientras esperaba que un salvador apareciera a travésde los árboles? Estaba segura que cualquier hombre en los jardines a esas horas seria menos unsalvador y más de lo mismo.Pero esto sería el más apropiado de los chismes.
 Ella nunca sería uno de ellos
Juliana levantó la vista hacia el oscuro dosel de árboles. El susurro de las hojas a una buena alturahacía sólo unos momentos había prometido un respiro de lo desagradable de la fiesta.Ahora el sonido se burlaba de ella –un eco de los susurros en el interior de los salones de baile deLondres. –Usted me golpeó!– El grito del hombre gordo era demasiado alto, nasal, y ultrajado.Se llevó la mano palpitante y empujó un mechón de pelo hacia atrás de la mejilla. –Acérquese a mí otra vez, y obtendrá más de lo mismo.– le dijo ella
 
Sus ojos no la dejaron cuando se secó la sangre de la nariz. La ira en su mirada era inconfundible.Conocía esa ira. Sabía lo que significaba.Se preparó a sí misma para lo que se avecinaba. No obstante, picó. –Usted se arrepentirá de esto.– Dio un paso amenazante hacia ella. –Voy a tener a todos creyendoque me lo suplicó. Aquí en los jardines de su hermano, como la zorra que es. – Un dolor comenzó en su sien. Dio un paso atrás, sacudiendo la cabeza. –No,– dijo ella,retrocediendo en el espesor de su acento italiano en el que ella había estado trabajando tandifícilmente de domar. –Ellos no le creerán.– Las palabras sonaban huecas, incluso para ella.
 Por supuesto que le creerían.
Él le leyó el pensamiento y dio una risotada enojado. –No te puedes imaginar que creerían ellosde ti. Escasamente legítima. Tolerada sólo porque tu hermano es un marqués. No creerías quehabrían ellos de creer de tí. Eres, después de todo, la hija de tu madre. – 
 La hija de tu madre.
Las palabras fueron un duro golpe del que nunca podría escapar. No importaba lo mucho que lointentara.Ella levantó la barbilla, cuadrando los hombros. –No le creo–, repitió ella, deseando que su voz semantuviera estable –porque no van a creer que yo podría haberlo deseado a usted,
 porco
*– *(puerco)A él le llevó un momento traducir del italiano al Inglés, para entender el insulto. Pero cuando lohizo, la palabra cerdo colgaba entre ellos en los dos idiomas, Grabeham llegó por ella,agarrándola con su mano carnosa, y dedos como salchichas.Era más bajo que ella, pero la sobrepasaba en fuerza bruta. Agarró su muñeca, los dedosclavándosele profundamente, con la promesa implícita de que habría magulladuras, y Julianaintentó zafarse de su agarre, su piel retorcida y quemándola. Ella siseó de dolor y actuó por instinto, agradeciendo a su creador que había aprendido a luchar entre los muchachos de la ribieraVeronese.Acercó su rodilla peligrosamente, y estableció contacto precisa, viciosamente contra suentrepierna.Grabeham aulló, aflojando su control sólo lo suficiente para que ella pudiera escapar.Y Juliana hizo lo único en que podía pensar.
 Ella echó a correr.
Al levantar las faldas de su vestido verde brillante, atravesó los jardines, alejándose de la luz quesalía de la enorme sala de baile sabiendo que ser vista corriendo en la oscuridad habría sido tan perjudicial como quedar atrapada por el odioso Grabeham... que se había recuperado a unavelocidad alarmante. Lo oyó ir torpemente detrás de ella a través de un seto particularmenteespinoso, jadeando con grandes respiraciones agitadas.El sonido la aguijoneaba, y se echó por la puerta lateral del jardín a los carros que lindabanRalston House, donde una colección de carruajes esperaban en una larga lista de sus señores yseñoras que reclamaban el transporte a casa. Ella dio un paso sobre algo afilado y se tropezó,cayendo sobre el empedrado, y marcándose las palmas de sus manos mientras intentabaenderezarse. Maldijo su decisión de quitarse los guantes que había usado en el interior del salónde baile, empalagosa o no la cabritilla habría evitado unas cuantas gotas de sangre esa noche. La puerta de hierro se cerró detrás de ella, y vaciló una fracción de segundo para asegurarse de que elruido no hubiera llamado la atención. Con un vistazo rápido vio una colección de cocherosabsortos en un juego de dados en el otro extremo del callejón, sin darse cuenta de ella. Mirandohacia atrás, vio el cuerpo voluminoso de Grabeham yendo hacia la puerta.Era un toro en plena embestida a una capa roja, tenía apenas unos segundos antes de que ella

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