Pediré que se atienda a un síntoma peor, más nefasto, que no es el "martirio", ni la inclemenciaasumida, algo en definitiva consustancial al destino del hombre de alta cultura al menos ennuestra tradición idealista, sino el decadente síntoma de la simulación y el vasallaje, la carrerapor ser un intelectual en tono "correcto".La televisión en estos días, a propósito del cumpleaños de Fidel, nos ha traído a determinadospersonajes tan o más preocupantes que Pavón. Parecen nuevos, desconocidos, pero tienennombres y rostros de escritores —muchos jóvenes, algunos muy jóvenes— que creíamosconocer desde hacía tiempo, veníamos compartiendo ideas con ellos, creyéndoles lo queescribían, y de pronto están ahí, trajeados, interpretando discursos y papeles tan distintos, de unoficialismo ramplón. La AHS los aúpa como la nueva "vanguardia".¿Por qué los necesitan a ellos en esa postura? ¿Por qué ellos necesitan montarse esospersonajes? ¿No será síntoma de una fragilidad gravísima? ¿Será que, según la idea que tienende sus vidas, y de acuerdo con las aperturas que la sociedad se permite, no les queda otra salidapara que los acepten e "imponerse"?Ya están en la televisión, ganarán más premios, recibirán condecoraciones, ocuparán puestosacadémicos, integrarán delegaciones oficiales al extranjero: son confiables. Es como funciona unsistema discriminatorio que a veces ni se pule y agota en el cerco a la oveja negra, sinoprecisamente en la promoción y calidad de vida del intelectual que actúa en falso uoportunamente conforme.La oficialidad refrenda a ese tipo de intelectual, que evita un comportamiento problemático, capazde convertirse en vocero coyuntural, o de prestarse para confundirse entre la masa coral, dandola imagen de que las consignas y los discursos gastados, impersonales, también provienen de loscauces por donde se van armando las calidades artísticas de estos creadores. Intentamos,aprendemos a sobrevivir en las grietas del pedazo de espacio al aire libre que nos tocó. Esteefecto camaleón es, también, aceptémoslo, herencia de nuestros periodos grises, legado denuestro afán de supervivencia y nuestro endémico instinto de adaptación. Lo peor es que vidapública y oficialidad en Cuba llenan el mismo espacio, y las grietas que la política deja en larealidad pueden hacerse tan pequeñas que finalmente ni Dios habite en ellas. Entre ese miedoque nos sube la adrenalina, miedo a otros, como a un decrépito Pavón, debíamos dejarle lugar aun poquito de vergüenza por nosotros mismos.Francis SánchezCiego de Ávila
Mensaje de Francis Sánchez a Orlando Hernández
Por casualidad he podido leer este mensaje tuyo a Arango, lo digo así porque está a mitad de unatira de mensajes que recibí a partir de un envío de Desiderio para ti. Y me ha gustado mucho,pero mucho, todo lo que dices, ese mensaje no lo conocía. No te conozco, tú no me conoces.Afirmas: "Me gusta insistir en esta idea de hacer de este asunto un problema social y nosimplemente gremial. En verdad sería muy triste que todo esto cayera dentro del ridículo buzónde quejas y sugerencias del Ministerio de Cultura..." Apoyo eso, es de lo mejor que he leído.Yo escribí en un arranque algo a lo que titulé "Las crisis de la baja cultura", lo envié a la lista dedirecciones que tenían aquellos mensajes originales que habían caído en mi bandeja de entrada,parece que tú no lo has recibido, verías que —creo— coincidimos en algo esencial. Tampoco hetenido casi eco, a no ser un mensaje de Ena Lucía, y el apoyo de otros escritores desde distantesriberas, como Amir, Sánchez Mejías, Arzola y Soto. Me imagino que la situación de estos en ladiáspora es siempre así de acuciante, están humanamente más necesitados de juntar el alma
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