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El Constitucionalismo Latinoamericano Contemporáneo - Gargarella

El Constitucionalismo Latinoamericano Contemporáneo - Gargarella

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El constitucionalismo latinoamericano contemporáneo, y la sala demáquinas de la Constitución (1980-2010)
Los años fundacionales del constitucionalismo regionalExiste una idea extendida conforme a la cual el constitucionalismo latinoamericano,desde sus inicios (que podemos fijar a partir de la 1810 y las primeras declaraciones deindependencia), ofreció una acumulación desordenada y arbitraria de Constituciones, producto de los caprichos del tirano o caudillo de turno. La existencia de un centenar deConstituciones, dictadas en unos pocos países, durante las primeras décadas de laindependencia, vendría a certificar lo dicho (Loveman XX). Sin embargo, contra la ideade un mundo constitucional caótico, lo primero que destaca, cuando uno presta atencióna los detalles de ese desarrollo constitucional, es la existencia de proyectos jurídicosclaramente definidos en cuanto a dos de las preguntas centrales que merece hacersecualquier Constitución: una Constitución
 para qué;
una Constitución
contra qué.
Más precisamente: muchas de las Constituciones que aparecieron en la región, durante este período fundacional, surgieron a partir de la identificación de ciertos problemas(sociales, políticos, económicos) básicos, y la conviccn de que era posible yconveniente disponer de las energías constitucionales de modo tal de hacer frente a talesdificultades. En lugar de plantearse, de una vez y para siempre, cómo es que la sociedaddebía organizarse para el futuro, lo que el constitucionalismo debía hacer era plantearsecómo resolver los problemas del tiempo, es decir, identificar ciertos “dramas” o“angustias,” capaces de marcar una época, y plantear respuestas posibles, desde elderecho, frente a ellas.En el pionero caso de la Constitución norteamericana –una de las grandesinfluencias recibidas por el constitucionalismo regional- el planteo referido quedaríaclaramente expuesto por James Madison, en los papeles de
 El Federalista.
En particular,en el texto históricamente más influyente de entre todos aquellos papeles,
 El Federalista
n. 10, Madison dejó bien en claro el
 por qué
y
contra qué
de la Constitución. Madisonidentificó entonces, de manera precisa, un grave problema que aparecía socavando las bases de la organización común, y que exigía a los diversos estados federales unreplanteo acerca del acuerdo que definía a la Unión. Según el político virginiano, el gran problema que estaba poniendo en crisis la vida institucional de la Confederación era el problema de las
 facciones
 –definidas como grupos mayoritarios o minoritarios, movidos por la pasión o el interés común, y orientadas a actuar de modos contrarios al interés delconjunto o los derechos de los particulares.
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El accionar de las facciones resultaba, en efecto, una novedad decisiva en la vida política de numerososestados (por caso, y de modo notable, en estados como Rhode Island, Vermont o Pennsylvania), en donde – y según la descripción de los “federalistas”- grupos de “deudores” habían alcanzado posiciones de poder,desde las que ponían en crisis los derechos de propiedad de sus opositores (Brown 1955; Schuckers 1978;Wood 1969, 1992). Madison, entre muchos otros, entendió que la llamada “crisis del papel moneda”desatada entonces, resultaba mucho más grave a partir de sus manifestaciones legales, que a partir de lasconfrontaciones armadas a las que diera lugar. Finalmente, los alzamientos armados (simbolizados por la“rebelión de Shays”) eran generalmente reconocidos como ilegales, y reprimidos por las tropas armadas dela Confederación (Brown 1970, 1983; Feer, 1988; Szatmary 1987; Wood 1966). El problema surgía, encambio, cuando las mismas demandas que en su momento se planteaban con la fuerza de las armas (y que,
 
En América Latina, el líder independentista -y activo constitucionalista- SimónBolívar, consideró que la consolidación de la independencia era el gran objetivo políticodel momento, y que la respuesta constitucional que se ofrecía comúnmente, en talsentido, era equivocada. En 1812, en su conocido “Manifiesto de Cartagena,” y luego dehacer un examen de la crisis de la independencia venezolana, Bolívar sostuvo que “entrelas causas que han producido la caída de Venezuela, debe colocarse en primer lugar lanaturaleza de su constitución; que repito, era tan contraria a sus intereses, comofavorable a la de sus contrarios.”
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 Para él, resultaba claro que la única respuestaconstitucional sensata que podía darse, frente a la crisis militar que azolaba a la región,consistía en la concentración de la autoridad política en un Poder Ejecutivo dotado defacultades militares y políticas extraordinarias, políticamente irresponsable, y concapacidad para elegir a su sucesor. Por su parte, el argentino Juan Bautista Alberdi-quien fuera, probablemente uno de los más lúcidos e influyentes juristas de la región-elogiaba, a los primeros constitucionalistas de la región, justamente, por haber detectado,de modo apropiado, algunos de esos problemas, que podían ser enfrentados a través deldictado de una nueva Constitución
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Se hacía hora, entonces, de modificar las búsquedasiniciales, conforme a las nuevas necesidades, y de modificar las respuestasconstitucionales entonces dadas, conforme a estas nuevas inquietudes. Lo que debíahacerse, entonces –y según su particular opinión- era poblar al país, asegurando sucrecimiento económico, lo cual requería de un ordenamiento constitucional por completodiverso, orientado a atraer a la población extranjera, y capacitado para limitar los excesosde un Estado opresivo, amenazante.
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 por tanto, podían ser señaladas y combatidas en su ilegalidad), comenzaban a ganar peso con el respaldo dela ley.
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Ver, por ejemplo, Bolívar (1950), vol. 3, p. 545. Y agregaba, en la misma dirección: “el más consecuenteerror que cometió Venezuela, al presentarse en el teatro político fue, sin contradicción, la fatal adopciónque hizo del sistema tolerante: sistema improbado como débil e ineficaz, desde entonces, por todo elmundo sensato, y tenazmente sostenido hasta los últimos períodos, con una ceguedad sin ejemplo.” Ibid., p.541. en su “Discurso de Angostura,” pronunciado siete años después, Bolívar vuelve sobre la misma idea para criticar el modelo federalista adoptado en 1811, el cual, en su opinión, el país no estaba preparado paraadoptar “repentinamente, al salir de las cadenas. No estábamos preparados para tanto bien; el bien, como elmal, da la muerte cuando es súbito y excesivo. Nuestra Constitución Moral no tenía todavía la consistencianecesaria para recibir el beneficio de un Gobierno completamente Representativo, y tan sublime cuanto que podía ser adaptado a una República de Santos.” Ibid., p. 681,
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En el capítulo 2 de su obra más influyente,
 Bases y puntos de partida
 
 para la organización política de la República Argentina,
Alberdi reconocía los méritos del “primer derecho constitucional” de la región, enlos siguientes términos: “Cuáles son, en qué consisten los obstáculos contenidos en el primer derechoconstitucional? Todas las constituciones dadas en Sudamérica durante la guerra de la independencia,fueron expresión completa de la necesidad dominante de ese tiempo. Esa necesidad consistía en acabar conel poder político que la Europa había ejercido en este continente, empezando por la conquista y siguiendo por el coloniaje: y como medio de garantir su completa extinción, se iba hasta arrebatarle cualquier clasede ascendiente en estos países. La independencia y la libertad exterior eran los vitales intereses que preocupaban a los legisladores de ese tiempo. Tenían razón: comprendían su época y sabían servirla”(Alberdi 1981, 26)
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En aquella época se trataba de afianzar la independencia por las armas; hoy debemos tratar deasegurarla por el engrandecimiento material y moral de nuestros pueblos. Los fines políticos eran losgrandes fines de aquel tiempo: hoy deben preocuparnos especialmente los fines económicos”
 
(ibid.,123).
 
Esta saludable tendencia a identificar algún problema social crucial como razón ymotor de una reforma en la Constitución, no se convirtió, sin embargo, en regla regional.Más bien al contrario, una mayoría de las Constituciones que se dictaron en AméricaLatina, desde entonces y hasta nuestro tiempo, parecieron más bien el producto de las pretensiones cortoplacistas de algún gobierno -pretensiones vinculadas, habitualmente,con la vocación de expandir las posibilidades de acción del gobierno de turno; o la dehacer posible la reelección de su(s) principal(es) figura(s).Sin embargo, en las últimas décadas, hubo excepciones interesantes a la tendenciahabitual a pensar el constitucionalismo a partir de necesidades estrechas, individualesmás que colectivas, y de corto plazo. Una de las más importantes apareció luego de laúltima oleada de crueles dictaduras que azolaron la región desde los años 1970s. No fueuna sorpresa, entonces, que hacia el final de las dictaduras entonces instaladas,reemergiera el discurso constitucional en la región, acompañado de un extraordinariorenacer del ideario de los derechos humanos. En dicho contexto, fueron muchos los queconsideraron que la región venía enfrentando un gran drama político, en definitivaresponsable de la masiva violación de derechos humanos que se había registrado en losúltimos tiempos. El drama era el de la
inestabilidad política,
que había terminado por favorecer la llegada, una y otra vez, de regímenes militares que se convirtieron en gravesvioladores de derechos humanos. Prontamente, se consideró que el constitucionalismotenía algo que ver con esa inestabilidad, y que por lo tanto podía hacer algo pararemediarla. El presidencialismo –o, más precisamente, el híper-presidencialismo (Nino1987), fue considerado entonces como el factor clave que ayudaba a explicar, desde elconstitucionalismo, los niveles de inestabilidad política que se había registrado durantetodo el siglo, en la región. Se abrió entonces una polémica, que sigue hasta hoy, acerca delas correlaciones existentes entre el híper-presidencialismo y la inestabilidad democrática(Cheibub & Limongi 2002; Eaton 2000; Linz & Valenzuela 1994; Nino 1987, 1992;O’Donnell 1994; Przeworski, Alvarez et al 2000; Riggs 1987; Samuel & Eaton 2002;Shugart & Carey 1992; Unger 1987).En efecto, el sistema híper-presidencialista fue considerado corresponsable –engrado relevante- de la grave dificultad de las democracias regionales para mantenerse enel tiempo. El per-presidencialismo implicaba concentrar poder, y tambnresponsabilidades y expectativas, en una sola persona, con mandato fijo durante años.Cualquier súbito desencanto con el presidente –cualquier crisis política o económica,cualquier quiebre en su salud, cualquier caída en su popularidad- tendía a traducirseentonces en una crisis del sistema político, que carecía de válvulas de escape con las queremediar los desajustes, impidiendo la puesta en crisis de toda la estructuraconstitucional. Hubo un extendido acuerdo, entonces, según el cual la fuerte moderacióno directa eliminación del sistema híper-presidencialista iba a permitir amortiguar lascrisis, evitar su conversión en crisis sistémicas, y atajar de ese modo la inestabilidadrecurrente (Linz & Valenzuela 1994).El diagnóstico dominante entonces pudo ser acertado o no, pero lo cierto es que setrató de una respuesta interesante para una pregunta constitucional más que relevante. Sinembargo, por diversas razones, que incluyeron una disminuida fe teórica en los hallazgos

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