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Saga Fallen - Rapture en Español

Saga Fallen - Rapture en Español

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08/22/2012

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Prólogo: Ocaso
Primero fue el silencio…
En el espacio entre el Cielo y el Ocaso, en lo profundo de la distancia desconocida, hubo unmomento cuando el glorioso zumbido del Cielo desapareció y fue reemplazado por unsilencio tan intenso que hizo que el alma de Daniel se esforzara por hacer cualquier ruido.Luego vino la sensación de caer, una caída que sus alas no pudieron evitar, como si el Tronoles hubiera atado lunas. Apenas se batían, pero cuando lo hicieron, no pudieron hacer nadapara evitar la caída.¿Dónde se dirigía? No había nada por delante ni por detrás. Nada arriba y nada abajo. Sólouna espesa oscuridad y el contorno borroso de lo que quedaba del alma de Daniel.En la ausencia del silencio, su imaginación tomó las riendas. Llenó su cabeza de algo másque sonido, algo inevitable: las inquietantes palabras de la maldición de Lucinda.
 Ella morirá… nunca pasará de la adolescencia, morirá una y otra y otra vez en el momento
en el que recuerde tu elección. Nunca vais a estar juntos de verdad.
Esa había sido la maldición de Lucifer, la cláusula que había añadido a la sentencia de Trono,aprobada en el Prado celestial. Ahora la muerte iba en busca de su amada. ¿Podría impedirloDaniel? ¿Sabría siquiera reconocerla?¿Qué sabía un ángel de la muerte? Daniel había presenciado cómo le llegaba con calma a unade las nuevas razas mortales, los humanos, pero la muerte no era algo por lo que los ángelestuvieran que preocuparse.Muerte y adolescencia: los dos absolutos de la maldición de Lucifer. Ninguno de los dossignificaba nada para Daniel. Todo lo que sabía era que separarle de Lucida no era un castigoque pudiera soportar. Tenían que estar juntos.
 — 
¡Lucinda!
 — 
gritó.Su alma se debía haberse calentado al pensar en ella, pero sólo sentía una dolorosa ausencia.Debería haber sentido a sus hermanos a su alrededor, todos los que habían elegido mal odemasiado tarde, los que no habían tomado ninguna decisión después de todo y habían sidoexpulsados por su indecisión. Sabía que no estaba solo de verdad; muchos de ellos se habíandesplomado cuando el suelo que pisaban se había abierto al vacío.Pero tampoco podía ver o sentir a nadie más.Antes de aquel momento, nunca había estado solo. Ahora se sentía como si fuera el últimoángel de todos los mundos.
 No pienses así. Te vas a perder.
 
Intentó resistir… Lucinda, pasar lista, Lucinda, tomar una decisión… pero a medida que iba
cayendo, le resultaba más difícil recordarlo. ¿Cuáles habían sido, por ejemplo, las últimaspalabras que había oído decir al Trono?
“Las puertas del cielo…”
 
“Las puertas del cielo son…”
 Daniel no era capaz de recordar lo que venía después, sólo recordaba cómo la gran luzparpadeó y un frío horrible se había extendido por el Prado, luego los árboles del huerto sederrumbaron uno tras otro, provocando ondas de perturbaciones que se sintieron en todo elcosmos, maremotos de nubes que cegaron a los ángeles y terminaron con su gloria. Había
algo más, algo justo antes de la destrucción del Prado, algo como un…
Hermanamiento.Un ángel resplandeciente había subido arriba mientras pasaban lista, diciendo que eraDaniel y que venía del futuro.
Percibía una tristeza en sus ojos que parecía tan… antigua. ¿Había sufrido realmente aquel
ángel, aquella versión del alma de Daniel?¿Y Lucinda?Una rabia inmensa inundó a Daniel. Encontraría a Lucifer, el ángel que vivía en desacuerdocon todo. No temía al traidor que había sido el Lucero del Alba.Donde fuera y cuando fuera llegara al final de ese olvido, se vengaría. Pero primeroencontraría a Lucinda, sin ella nada importaba. Sin su amor, nada era posible.Su amor hacía inconcebible elegir a Lucifer o al Trono. El único lado que podía elegir era elde ella. Así que ahora Daniel pagaría por esa elección, pero todavía no sabía qué formaadoptaría su castigo. Sólo que ya no estaba donde debía: a su lado.El dolor de la separación de su alma gemela lo inundó de pronto, agudo y brutal. Danielgimió sin decir palabra, su mente se nubló y de repente, de forma aterradora, no pudorecordar por qué.Se precipitó al vacío, a una oscuridad más densa.Ya no podía ver, sentir o recordar cómo había terminado allí, en ninguna parte, cayendo en lanada. ¿En dirección adónde? ¿Por cuánto tiempo?Su memoria chisporroteó y se desvaneció. Cada vez le resultaba más duro recordar aquellas
 palabras que había dicho el ángel en el blanco prado que se parecía tanto a…
 ¿A quién se le parecía el ángel? ¿Y qué había dicho que era tan importante?Daniel no lo sabía, ya no sabía nada más.Sólo que se precipitaba al vacío.
 
 Sintió la indispensable necesidad de encontrar algo, alguien.
La urgencia de sentirse entero de nuevo…
Pero sólo había oscuridad dentro de oscuridad.Un silencio que ahogaba sus pensamientos.Una nada que lo era todo.Daniel cayó.
Capitulo 1El Libro de los Observadores.
 — 
Buenos Días.Una mano cálida acarició la mejilla de Luce y le enganchó un mechón de pelo por detrás dela oreja.Volviéndose de lado, bostezó y abrió los ojos. Había dormido profundamente, soñando conDaniel.
 — 
Ah
 — 
exclamó, tocándose la mejilla. Allí estaba.Sentado a su lado. Vestía un suéter negro y la misma bufanda roja que llevaba anudada alcuello la primera vez que lo había visto en Espada y Cruz. Mucho mejor que en cualquiera desus sueños.El peso de Daniel hacía que se hundiera un poco el borde de la cama y Luce elevó las piernaspara acurrucarse más a su lado.
 — 
No eres un sueño
 — 
le dijo.Daniel tenía los ojos más cansados de lo que Luce estaba acostumbrada a verle, pero seguíanbrillando con aquel violeta tan intenso mientras observaban su rostro y estudiaban sus rasgoscomo si la vieran por primera vez. Se inclinó hacia Luce y apretó sus labios a los de ella.Luce se acurrucó en su regazo y colgó sus brazos de su cuello, feliz de volver a besarlo. No lepreocupaba no haberse lavado los dientes, ni tener el pelo alborotado de dormir. No leimportaba nada más que sus besos. Estaban juntos y ninguno de los dos podía borrar lasonrisa de sus caras.Entonces lo recordó todo:Garras afiladas y ojos rojos sin brillo. Un asfixiante hedor a muerte y podrido. Oscuridad portodas partes, tan absoluta en su funesto destino que la luz y el amor y todo lo bueno del

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