CHINA
a
BURMA
a
LAOS
a
Mar
delSur de ChinaVIETNAM
a
Golfode TailandiaMALASIA
a
SINGAPUR
a
!s
difícil
no
emocionarse con una
ale-
Egría
tan
contagiosa.Tiene toda
la
con-
fianzadel
mundo,
habla conmigo como
si
me
conociera
de
siempre,
tratade
tomar-meunafotocon
un
celular,juega
con
sus
compañeros
con
entusiasmo,
y
salta,
empuja
y
se
carcajea
con
Elena,
la
joven
médica
española.
Neng
se
hacequerer
por
todos. Y
se
acerca
a
ella como
se
lo
permi-
ten
susmuñones,
a
acariciarle
el
cabellocon
su
mano
de
palo y
a
hacerse apapachar
como
a élle
gusta.
Lo
admirable
de
su
espontaneidadybuen
humor
es
que
sean
tan
vivos
apesar
de
que
la
tragedlaquedestruyó
sus
miembros ocurrió
hace sólo nueve
meses.Tenía
catorce
años cuando
pasó.
Hijo
de
padres
sepa-
rados,
un
tío
de
unaprovincia
cercana
lo
invitó
a
trabajarcon
él
en el corte
de
leña.Chico
esforzado,
podíaenviaralgún dinero
a
casa
y
su
hermano
mayor
se
le sumó. Undía en
queel
tío
estaba
fuera,los dos
muchachosfueron
a
laborara
una zonaque
sabían
que
estaba
minada. Neng
estaba
nervioso
y
di¡o
que
yahabían
reunido
suficiente
madera.
El
otroquisoseguir
un
pocomás.
Cuando
empe-zatona
limpiar
el árbol
que
habían ürado,
se
escuchó la
explosión.
El
hermano
quedó
herido,pero
completo.Nengperdió
las
dospiernas
y
un
brazo.
Un
arma criminal
Las
guerras
recientes
de
Camboya,
que
se
extienden
en
términos
generales
desde
1939
hasta
2002,
se
encuen-
üan
entre
las
más
trágicas
del
siglo
xx.
Parece
quetodo
el
mundo
meüó la mano
aquí
en
un
momento
u
otro:franceses,
japoneses,estadunidenses,tailandeses, viet-
namitas, chinos,
rusos...
también hicieron suparte
1os
movimientospolíticos
locales,
en
parücular
el
partidoextremista
del
Khmer
Rouge,
que
por
cuenta
propia50
DíA
SIETE 322
{Abajo)Neng
secJivierte
tornando fotos
al
autor
deeste
reportaje.
En
lapáginasiguientei, con dosde sus companeros
improvisando
un
juegotie
g:olo.Los
niñosaprenden
materias
básicas, inglés
y
algunos
oficios
para
volverse
auto-suficientes.
causóIa
muerte
de entre
uno
y
tres millones
de
sus
compatriotas,de
197ó
a
1979.
Todos metieron
las manos...
y
los
cambo-
yanos
las
perdieron. Con
las
piernas.
Y
la
vida.
Las
minas
antiper-sonales
son
armas
que
no
respetan edad,
sexo
ni
condición:matan
Io
mismo a amigos
que
a
enemigos,
a
inocentes
y
a
los
propios
asesinos.
En
el
fragor
de la
gue-
rra,Ios
ejércitos
rivales
están
tan
concentrados
en
eliminarse
mutua-
mente
que
siembran
minas
sin
control.
Nose
tienen
cifras
exactassobre
la
cantidad de
aparatos
ni
datos
precisossobre
dóndelos
enterraron.
No
se los ve.
Uno
se
entera
cuandoexplotan bajo
sus
pies.Lo
peor
de
todo
es
queel
conflicto
bélico
se acaba,
ios combatientes
se
van
a casa...
ylas
minas
siguen ahí.
Cuandoya
nadie
se
acuerda
dequiéneseranlos
que
peleaban
ni
por
qué,estas
armas siguen explotando.
En
Libia
y
Egiptotodavía
se
registran muertes
causadas
por minas
que
fueron
colocadas
en
la
Segunda Guerra
Mundial,
hace
seis décadas.
Pobreza
y
minas
Con diezaños, Rafita
es
otra
niña
encantadora, alegre
y
entusiasta.
No
así
su
historia.Su nombre real
es
Tang.Ratita
es
el
apodoque
lepusoelobispo
católico
de
Ia
ciudad deBattambang, Kike
Figaredo.
Ella
es
la
menor
de su
familia,
extremadamente
pobre
y
aban-
donadaporel
padre
cuandotodos
eranpequeños.
Su
hermano
mayor,
Ree,
solía
úabajar
para
gente
de
Tailandiaen
la
fronteracon
ese
país.Entre
sus
veci-
nos,
y
a
pesar
de
ser
herederos
de una culturamuyrica,
los
camboyanos
sonvistos
con
desprecio.
Son
débiles
y
no tienendinero.
Ree
fue
asesinado
por
el
Leave a Comment