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04 Strauss

04 Strauss

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09/04/2012

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Las tres fuentes de la reflexiónetnológica
1
Claude Lévi-Strauss 
P
arece obvio que la etnología disponga de plaza re-servada en una compilación consagrada a las cien-ciashumanas.Laetnoloa,enefecto,tieneporobjetodeestudio al hombre y en principio sólo se distingue de lasdemás ciencias humanas por lo acusadamente alejado, enespacio y tiempo, de las formas de vida, pensamiento y actividad humana que trata de describir y analizar. ¿Nohacía otro tanto, con una simple diferencia de grado, elhumanismo clásico al intentar reflexionar acerca delhombre desde aquellas civilizaciones diferentes a las delobservador, y de las que la literatura y los monumentosgrecorromanos le mostraban el reflejo? Pues éstas consti-tuían, por aquel entonces, las civilizaciones más distantesde entre aquellas a las que se podía tener acceso. Las hu-manidades no clásicas han intentado extender el campode acción, y la etnología, desde este punto de vista, no ha hecho sino prolongar hasta sus límites últimos el tipo decuriosidad y actitud mental cuya orientación no se ha modificado desde el Renacimiento, y que sólo en la ob-servación y en la reflexión etnológicas encuentra definiti-vo cumplimiento. De esta manera, la etnología aparececomo la forma reciente del humanismo, adaptando éste a las condiciones del mundo finito en que se ha convertidoel globo terrestre en el siglo XX: siglo a partir del cual dehecho, y no sólo de derecho, como antes, nada humanopuede ser ajeno al hombre.Sin embargo, la diferencia de grado no es tan simple,pues va unida a una transformación obligatoria de los mé-todos a emplear. Las sociedades de las que se ocupa el et-nólogo, si bien tan humanas como cualesquiera otras, di-fieren,sinembargo,delasestudiadasporlashumanidadesclásicas u orientales, en que en su mayorparte no conocenla escritura; y en que, varias de entre ellas poseen bienpocos, por no decir ninguno, monumentos representa -tivos de figuras animadas o que éstas últimas, hechas conmateriales perecederos, sólo nos son conocidas a través delas obras más recientes. La etnología puede, pues, por loque hace a su objeto, permanecer fiel a la tradición huma-nista; no así por lo que se refiere a sus métodos, dado quela mayoría de las veces echa en falta los medios –textos y monumentos–utilizadosporaquélla.Deestaforma,laet-nología se ve constreñida a buscar nuevas perspectivas. Ante la imposibilidad de seguir los procedimientos clá-sicos de investigación, le es necesario valerse de todos losmedios a su alcance: ya sea situándose, paraello, bien lejosdel hombre en su condición de ser pensante, como hacenla antropología física, la tecnología y la prehistoria, quepretenden descubrir verdades sobre el hombre a partir delos huesos y las secreciones o partir de los utensilios cons-truidos; ya sea, por el contrario, situándose mucho máscerca de lo que están el historiador o el filólogo, lo queacontece cuando el etnógrafo (es decir, el observador decampo) trata de identificarse con el grupo cuya manera devivir comparte. Siempre forzado a permanecer en el
aquende 
o en el
allende 
del humanismo tradicional, el et-nólogo, haciendo de la necesidad virtud, llegasin quererloadotaraéstede instrumentosque no dependen necesaria-mente de las ciencias humanas, y que han sido a menudotomadosapréstamodelasciencias naturalesyexactas,porunladoy,delascienciassociales,porotro.Laoriginalidadde la etnología reside precisamente en el hecho de quesiendo, como es, por hipótesis una ciencia humana, nopuede, sin embargo, permitir que se la aísle de las cienciasnaturales y sociales con las que varios de sus propios mé-todosmantienentantascosasencomún.Desdeestepuntode vista, la etnología no sólo transforma el humanismocuantitativamente hablando (incorporándole un númerocadavezmayordecivilizaciones)sinotambiéncualitativa-
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Introducción
1
Llobera, J. (ed.),
La antropología como ciencia 
, Anagrama, Barcelona, 1988. Reproducido en: http://www.geocities.com/latrinchera2000/articu-los/claude.html
 
mente, dado que las barreras tradicionalmente levantadasentre los diversos órdenes de conocimiento, no consti-tuyen para ella sino obstáculos que forzosamente debevencer para progresar. Por lo demás, esta necesidad la em-piezanasentircadaunadelasrestantesmodalidadesdein-vestigación humanista, si bien por lo que a éstas respecta,de forma mucho más tardía y provisionalmente en menorgrado.Los problemas que se plantean a la etnología moderna sólo pueden aprehenderse claramente a la luz del desa-rrollohistóricoqueleshadadoorigen.Laetnologíaesunciencia joven. Ciertamente, varios autores de la antigüe-dad recogieron el relato de costumbres extrañas, practi-cadas por pueblos próximos o lejanos. Así lo hicieron He-rodoto, Diodoro y Pausanias. Pero en todos estos casos la narración permanece bien alejada de toda narración au-téntica, con el objeto principal de desacreditar a los pro-pios adversarios, como acontece a menudo en las rela-ciones que se dan acerca de las pretendidas costumbres delos persas; o bien, se reducen a una escueta anotación decostumbres heteróclitas cuya diversidad y singularidad noparece haya llegado a suscitar en sus observaciones curio-sidad intelectual verdadera ni inquietud moral alguna. Essorprendente,porejemplo,queensus
 Moralia 
Plutarcosecontente con yuxtaponer interpretaciones corrientes acer-ca de ciertas costumbres griegas o romanas, sin plantearsela cuestión de su valor relativo y sin interrogarse sobre losproblemas(delosqueapenassedacuentayabandonaunvez formulados).Las preocupaciones etnológicas se remontan a una fecha mucho más reciente, y en su expresión moderna sesian,porasídecirlo,enunaencrucijada:nacen,nolool-videmos, del encuentro de varias corrientes de pensa-miento heterogéneas, lo que en cierta medida, explica lasdificultadesdelasquelaetnología,nhoy,noessinohe-redera atormentada.La más importante de dichas influencias está directa-mente relacionada con el descubrimiento del NuevoMundo. En laactividad,nos sentimosinclinados avalorareste hecho en función de consideraciones geográficas, po-líticas o económicas, pero para los hombres del siglo XVIfue antes que nada una revelación cuyas consecuencias in-telectuales y morales permanecen aún vivas en el pensa-miento moderno, sin que constituya obstáculo el que ya casinonosacordemosdeunverdaderoorigen.Demanera imprevista y dramática, el descubrimiento del NuevoMundo forzó el enfrentamiento de dos humanidades, sinduda hermanas, pero no por ello menos extrañas desde elpunto de vista de sus normas de vida material y espiritual.Pues el hombre americano –en un contraste realmenteturbador– podía ser contemplado como habiendo sidodesprovisto de la gracia y la revelación de Cristo y a la vezcomo ofreciendo una imagen que evocaba inmediata-mente reminiscencias antiguas y bíblicas: la de una edaddorada y de una vida primitiva que simultáneamente sepresentaban en y fuera del pecado. Por primera vez, elhombre cristiano no estuvo solo o cuanto menos en la ex-clusiva presencia de paganos cuya condenación se remon-tabaalasescrituras,yapropósitodeloscualesnocaaex-perimentar ninguna suerte de turbación interior. Con elhombre americano lo que sucedió fue algo totalmente di-ferente: la existencia de tal hombre no había sido prevista pornadieo,loqueesnsimportante,subitaapari-ción verificaba y desmentía al unísono el divino mensaje(cuanto menos así se creía entonces) puesto que la pureza de corazón, la conformidad con la naturaleza, la genero-sidad tropical y el desprecio por las complicaciones mo-dernas, si en su conjunto hacían recordar irremisible-mente al paraíso terrenal, también producían el aterrori-zador efecto contrario al dar constancia de que la caída original no suponía obligatoriamente que el hombre de-biera quedar ineluctablemente desterrado de aquel lugar.Simultáneamente, el acceso a los recursos tropicales,que suponen una gama de variedades mucho más densa y rica que la que pueden suministrar con sus propios re-cursos las regiones templadas, provocaba en Europa el na-cimiento de una sensualidad más sutil, y añadía con elloun elemento de experiencia directa a las reflexiones prece-dentes. Ante el ardor extraordinario con que se acoge ellujo exótico: maderas de tintes varios, especias y curiosi-dades que ejemplifican los monos y aquellos loros que–comoseleeenelinventariodeunfletenavieroderegresoaEuropaenlosprimerososdelsigloXVI–“hablabanya algunas palabras en francés”, se tiene la impresión de quela Europa culta descubre dentro de sí inéditas posibili-dades de delectación y emerge de esta forma de un pasadomedieval elaborado, al menos en parte, a base de insípidosalimentos y monotonía sensorial, todo lo cual obnubilaba la conciencia que el hombre podía tener de sí mismo y desu condición terrestre.En efecto, es verdaderamenteen suelo americano don-de el hombre empieza a plantearse, de forma concreta, elproblema de sí mismo y de alguna manera a experimen-tarlo en su propia carne. Las imágenes, fuera de toda duda exacta,que nos hacemosde la conquista están pobladas dematanzas atroces, rapiñas y explotaciones desenfrenadas.Sin embargo, no debemos olvidar que con ocasión de ellola corona de Castilla, asistida por comisiones de expertos,pudo formular la única política colonial reflexiva y siste-máticahastaahoraconocida,loquehizocontalamplitud,
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Constructores de Otredad
 
profundidad y cuidado por las responsabilidades últimasqueelhombredebealhombreque,sibienesciertoquenose pusieron en práctica, no lo es menos el que a nivel teó-rico al que la han reducido la brutalidad, la indisciplina y la avidez de sus ejecutores, sigue siendo un gran monu-mento de sociología aplicada. Podemos sonreír ante lasquehoyllamaríamoscomisiones“científicas”,compuestaspor sacerdotes enviados al Nuevo Mundo con el solo ob- jeto de zanjar la cuestión relativa a saber si los indígenaseran meros animales o también seres humanos dotados dealmainmortal.Habíamásnoblezaenelplanteamientoin-genuo de estos problemas que en el mero aplicarse, comose hará más adelante, a matanzas y explotaciones despro-vistas de toda preocupación teórica. Si a esto añadimosque los desgraciados indígenas adoptaban la misma ac-titud –acampando durante varios días junto a los cadá-veres de los españoles que habían ahogado, a fin de ob-servar si se corrompían o si por el contrario poseían una naturaleza inmortal– se debe reconocer en tales episodios,alavezgrotescosysublimes, eltestimoniofehacientedela gravedad con que se encara el problema del hombre y donde ya se revelan los modestos indicios de una actitudverdaderamente antropológica, pese a la rudeza propia dela época en que por primera vez aparecieron. América ha ocupadodurantetantotiempounlugarprivilegiadoenlosestudios antropológicos por haber colocado a la huma-nidad ante su primer gran caso de conciencia. Durantetres siglos, el indígena americano dejaría el pensamientoeuropeo gravado de la nostalgia y el reproche, que una re-novada experiencia similar llegará en el siglo XVIII con la apertura de los mares del Sur a las ansias exploradoras.Que“elbuensalvaje”conozcaenelestadodenaturalezaelbienestarqueseniegaalhombrecivilizadoes,enmisma,una proposición absurda y doblemente inexacta, puestoque el estado de naturaleza no ha existido jamás, ni el sal-vaje es o ha sido más o menos necesariamente bueno o di-choso que el hombre civilizado. Pero tal mito encubría elhallazgo positivo y más peligroso: en adelante Europa supo que existenotrasformasdevidaeconómica,otrosre-gímenespolíticos,otrosusosmoralesyotrascreenciasreli-giosas que las que hasta aquel entonces se creían radicadasen un derecho y revelación de origen igualmente divino y respecto a lo cual sólo cabía poseerlos para su pleno dis-fruteocarecerabsolutamentedeellos.Apartirdeahítodopudo ser puesto en entredicho. No resulta casual que enMontaigne, la primera expresión de las reivindicacionesquelostardevenlaluzdelaenlaDeclaracndeDerechos Humanos sea puesta en boca de indios brasi-leños. La antropología había llegado a ser práctica inclusoantes de haber alcanzado el nivel de los estudios teóricos.En tales condiciones no deja de resultar curioso que elsegundo impulso que debían experimentar las preocupa-ciones etnológicasprocedadelareacciónpolíticaeideoló-gica que sigue inmediatamentea la Revolución Francesa y a las ruinas dejadas por las conquistas napoleónicas. Y sinembargo, esta paradoja incontrovertible puede explicarsefácilmente. En lo que va del siglo XVI al siglo XVIII, elejemplo suministrado por los pueblos indígenas había ali-mentado la crítica social de dos modos diversos: la coexis-tencia, en el presente, de formas sociales profundamenteheterogéneas, planteaba la cuestión de su recíproca relati-vidad y permitía poner en duda a cada una de ellas. Porotro lado, la mayor simplicidad de las llamadas sociedadessalvajes o primitivas suministraba un punto de partida concreto para una teoría acerca del progreso indefinido dela humanidad: pues si se había partido de un lugar tanbajo, no había razón alguna para suponer que el movi-miento hacia delante debiera detenerse y que las actualesformas sociales representaran un ideal definitivo, impo-sible de mejorar. Ahora bien, el inicio del sigilo XIX sorprende a la so-ciedad europea tradicional en un estado de profunda de-sintegración: el orden social del antiguo régimen ha sidodefinitivamente sacudido y la naciente revolución indus-trial trastorna los marcos de la vida económica sin quepuedan aún discernirse las nuevas estructuras que ella misma alumbrará. No se ve sino desorden en todas partesy, ante ello, se pretende definir el destino del hombre másbien en función de un pasado transfigurado por la nos-talgiadelordenantiguo,queporunporvenirimposibledeprecisar. Para las antiguas clases privilegiadas, que sólo enuna mínima fracción vuelven a encontrar su posición an-terior, la historia no puede ser aprendida como el aparecerde algo que se hace sino, por el contrario, como el de una cosa que se deshace. No tratan de comprender un hipoté-tico “progreso”, en lo que les concierne vacío de sentido,sino la catástrofe que les ha maltratado y que filosófica-mente no puede ser aceptada sino como la incidencia par-ticular de un movimiento de descomposición que deja sentir su verdadero estilo en la historia humana. Y estepunto de vista, que no es otro que el de los principios delromanticismo, modifica y enriquece la indagación etno-gráfica. La modifica por cuanto hace del primitivismo (entodas sus formas), no tanto la búsqueda de un humildepunto de partida del progreso humano, como la de un pe-ríodo privilegiado en que el hombre había disfrutado devirtudes hoy día desaparecidas. Y la enriquece introdu-ciendo, por primera vez, preocupaciones folklóricas conque adornar en el seno mismo de la sociedad contempo-ránea las condiciones antiguas supervivientes y las más
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Introducción

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