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El Origen de La Sangre Maldita8

El Origen de La Sangre Maldita8

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Capítulo 8 de "El Origen de la sangre maldita", un relato basado en "La Marca del Guerrero"
Capítulo 8 de "El Origen de la sangre maldita", un relato basado en "La Marca del Guerrero"

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El origen de la sangre maldita
Un relato basado en La Marca del Guerrero 
 
El origen de la sangre maldita La Marca del Guerrero
2
VIII.
Beldere no miró atrás cuando salió del castillo. No se paró a observar los rostros que lecontemplaban. No escuchó lo que se decía en las calles antes de verle pasar. Simplemente se marchó,con ropas de noble a las que habían arrancado las insignias de su familia, con el caballo que había criadodesde que era un potrillo y con una cierta sensación de paz. No es que quisiera abandonar su hogar, nose sentía precisamente honrado de que su padre le hubiese condenado al destierro, ni tampoco estabaaturdido por la situación. Simplemente se sentía aliviado porque su crimen había recibido un castigo.Aunque la desgracia se cerniera sobre él como un cuervo sobre un cadáver, cebándose en sudesdicha, estaba pagando por lo que había hecho. La calma que le recorría al pensar que se había hechojusticia, aunque esa justicia fuese en detrimento de su persona, sólo era equiparable a la incertidumbrepor saber qué ocurriría con él.Por supuesto, no se le había dado al pueblo la oportunidad de saber de su destierro. Su padrenunca dejaría que manchase aún más el nombre de su buena familia de tal forma. Se les diría a losplebeyos que había ido de caza a las marismas y que allí se había perdido. Nada más se comentaría alrespecto, no se armaría un gran alboroto y, cuando hubiese otro heredero a la corona, su existencia severía olvidada, recordada tal vez exclusivamente por su pobre madre.El príncipe estaba de acuerdo con esta medida, puesto que no quería dar explicaciones yconvertirse en un mártir, ni tampoco desestabilizar políticamente el Reino con su presencia. No queríaque alguna familia belicosa le utilizara como excusa para organizar una guerra. Sólo quería desaparecery marchitarse, lejos de allí, sabiendo todo lo que había perdido y porqué. Quizá entonces los diosestuvieran a bien perdonar su terrible crimen.Se dirigió, pues, hacia el Oeste, atravesando las tierras de los Cublión, y su sentimiento de culpaaumentó cuando pasó junto a los castillos y fortalezas que se erigían a través del territorio, todos elloscon las banderas tintadas de blanco en sus puntas, señal de respeto ante una trágica muerte.Una única cosa levantaba su ánimo y le hacía estar orgulloso de si mismo, aunque fuese de unaforma bochornosa en el rincón de su espíritu, y era el saber que había confesado y que su madre estabaa salvo de la ira del rey.No obstante, aunque su hijo no lo supiera, el rey no había exculpado a su esposa por lo acontecido.Al contrario, en lugar de cargar con su parte de responsabilidad por haber, con sus malas acciones,empujado a su hijo a cometer tan vil acto, se aferró a la idea de que su esposa había convertido a su hijoen un asesino, mostrándose débil ante él y malcriándole. Era mucho menos doloroso que acarrear élmismo el peso de la muerte de aquella mujer con la que había compartido placeres, momentos ysecretos.Además se sentía agotado, hastiado, de tener que lidiar con la terca reina. Jamás debió casarse conella. Los Aivanek eran arrogantes, despiadados y ambiciosos. Los vástagos de una unión como la suya,que mezclaban esos defectos con el poder, no podían sino ser un aciago reflejo exponencial de tandeplorables características. Así había resultado, como debió preverlo. La misma naturaleza parecíacomulgar con aquella idea, puesto que ardua había sido la concepción de su único hijo.
 
El origen de la sangre maldita La Marca del Guerrero
3
Y por si fuera poco, los Cublión exigían comprensiblemente una justicia en nombre de laasesinada. Pero el rey no podía entregarles al verdadero culpable, no podía matar a su propio hijo pormucho que le despreciase, porque era su hijo. No era capaz de derramar su sangre. En cambio, la de suesposa era algo diferente.Llamó a los señores del reino a puerta cerrada. Representantes de todas las casas menores,excepto las de los Salvino, Ustípede y Someti
que se hallaban inmersos en una trifulca -, acudieron a lallamada. En una sala con la puerta custodiada por guardias sordos, alejada de los oídos de sirvientes, elrey preparó un tocón de piedra impoluta.Cuando la reina entró en la estancia, los señores la miraron entre la lástima y la congoja,exceptuando a los Cublión. Ella no suplicó, no pidió clemencia ni se opuso a lo que estaba por llegar. Enprimer lugar porque no tenía posibilidades de sobrevivir y en segundo lugar porque, tal como le habíaexpuesto su marido, su sentencia alejaría las sospechas de su hijo, aplacaría la sed de venganza de losCublión para que no le persiguieran si llegaban a enterarse, pues no seguirían investigando si se lesofrecía una muerte.Así que la mujer avanzó con aplomo y dignidad, cual si no llevase las muñecas atadas a la espaldacomo una vulgar condenada. Su testa seguía enhiesta cuando se arrodilló frente a la piedra, yúnicamente la apoyó en ella después de recorrer con una larga mirada a todos los presentes. Sólodespegó sus labios para admitir una culpa que en realidad no era suya.Dado que el objetivo de tanto secretismo era que nadie de más se enterase de aquelajusticiamiento, no había un verdugo presente. Para honra de los agraviados, fue el propio rey quientomó el hacha y, sin un momento de duda, la hizo bajar limpiamente.Cuando el cuello quedó cercenado, la cabeza no rodó por el suelo, pero el cuerpo inclinado cayódel todo, y los presentes pudieron oír cómo los hombros de la reina chocaban contra la piedra. El reyapoyó el hacha en tierra. La sangre que manaba del cuerpo de la mujer se extendió encharcando el suelo,reflejándose en la fría hoja. Al dar el rey un paso adelante, sus botas chapotearon contra el líquido,burdeos a la luz de las antorchas, que abandonaba el cadáver de su esposa.- Queda dicho que lo que ha ocurrido aquí no será jamás repetido a terceros. La justicia de vuestrorey no conoce de afectos ni lazos de sangre, no se rige más que por la verdad. Mi esposa traicionó miconfianza al acabar con la vida de Carleta Cublión por unos celos enfermizo. Tal atrocidad no puede serpermitida bajo mi gobierno. El crimen ha tenido su merecido castigo. Se ha hecho justicia.Los presentes callaban.- Os hago saber, así mismo, que no encuentro en el hijo que me dio esta mujer a un heredero, y quele he hecho desterrar. Fue un error lamentable el que me hubiera ligado en matrimonio con los Aivanek,un error que ha tenido sus nefastas consecuencias, y por ello, escuchadme bien, voy a hacer unjuramento.>> Juro que ni yo ni mis descendientes, herederos o no, varones o hembras, por desesperada quesea nuestra situación, jamás volveremos a unirnos en matrimonio con la familia mayor Aivanek. Así losinfiernos invadan la tierra o nuestra estirpe se hunda, así regresemos a la Época del Castigo o caigamosen desgracia con los dioses, nunca volverá la casa real a ligarse en matrimonio con los Aivanek, porquela mezcolanza de nuestras esencias sólo puede dar lugar a una sangre maldita y unos vástagosprotervos.

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