de libertad’ni de tildar al pensamiento independiente de ‘laca-yo servil del imperialismo’o denostar al espíritu emprendedorcon el mote de ‘explotación del hombre por el hombre’, paraluego pretender que se les llame, a los derechos humanos, un‘invento de la burguesía’.”
La Habana parece una ciudad bombardeada. Con la excep-ción de algunos pocos barrios, donde viven la aristocracia re-volucionaria y los extranjeros, parece un enorme conventillohabitado por amontonadas familias ampliadas. Los derrum-bes son frecuentes. Es posible que esta ciudad se desplomeantes que se desplome el régimen. La revista del
N at i ona l
Geographic
se refirió a La Habana en junio de 1999 como“esa magnífica y desmoronada ciudad de 2,2 millones de al-mas”. Una de las cosas para las que realmente se necesitavalor allí es para subirse a un ascensor en cualquier edificiode viviendas particulares, e incluso en algunas dependen-cias oficiales. Un serio estudio de infraestructura segura-mente calificaría como inhabitables enormes barrios de laciudad. Por supuesto que esto ocurre también en otras me-galópolis latinoamericanas, pero siempre se ha sostenidoque la isla de Fidel era la excepción.Si la realidad contradice el discurso oficial sobre el pro-greso social, también desmiente el anunciado progreso mo-ral. Cuba es un país inundado de corrupción. La inmensamayoría de los cubanos cumple alguna labor ilícita, como co-merciar algunos bienes que les sobran por otros que lesf al-tan. Los llamados “desvíos” en los lugares de trabajo son ha-bituales. Consiste en robar productos del lugar donde setrabaja para luego comercializarlos en el mercado negro. EnCuba existe igual o mayor actitud materialista que en la máscapitalista y opulenta sociedad de consumo. Sólo que la cali-dad y la disponibilidad de los bienes que fijan
st at us
son in-finitamente más reducidas. Frente al extranjero, el acoso esconstante. El extranjero es visto como un objeto al cual hay
Hoja de ruta
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usted puede sufrir una demora en una cita de trabajo por-que su bicitaxi tuvo que parar a hacer sus necesidades en elcamino.Cuba es un museo viviente. Es el país del tiempo inmó-vil. Desde 1959 el mundo ha gozado de una enorme cantidadde desarrollos técnicos, pero la inmensa mayoría de los cu-banos está al margen. Los electrodomésticos, los autos, lascomidas, los almacenes, las farmacias, los negocios comer-ciales o de reparaciones, los bares, la variedad de productosy servicios para la vida de todos los días, todo ese instru-mental básico de cualquier sociedad medianamente desa-rrollada, en Cuba es un privilegio de pocos. Como ocurríacon Albania en Europa. Y el mínimo progreso que llega a loscubanos es proclamado como un triunfo de la revolución.Muchos lo creen así. Casi cinco décadas de discurso oficialparecen haber convencido a los cubanos de que todo lo quetienen es merced del proceso revolucionario, y que su esfuer-zo y su talento individual nada tienen que ver. Si uno termi-nó la universidad, si viaja a algún país, si recibe un televi-sor o una bicicleta, es un premio o un favor del dueño de laisla, al que hay que agradecer.Y nada de eso se hubiese al-canzado con otra forma de gobierno, y menos con una des-preciable “democracia representativa”. El discurso del régi-men intenta que los retrocesos sean presentados a vecescomo fruto de la gracia revolucionaria: sin dictadura, dicen,el retroceso hubiese sido mayor.El ex presidente checo Vaclav Havel, dramaturgo y disi-dente, retrató el lenguaje totalitario en una conferencia enMiami, en septiembre de 2002:
“Todo un sistema de persecuciones, de prohibiciones, de infor-mantes, de elecciones obligatorias, de espiar al vecino, de censu-ra y, en última instancia, de campos de concentración se escon-de tras un velo de palabras hermosas que no se avergüenzan, nien lo más mínimo, de llamar a la esclavitud una ‘forma superior
Otra grieta en la pared
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