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1. Hoja de ruta
“Tú no me vas a creer, pero nunca me he subido a un carroasí”, dijo emocionado Omar, periodista independiente de laciudad de Santa Clara, al subirse a un Toyota Yari. CuandoAlinda, directora de una biblioteca independiente, se subióal mismo auto me enteré que nunca había visto un cinturónde seguridad. Empecé a pensar que aun para gente de un al-to nivel cultural eso podía ser posible. La Autopista Nacio-nal que recorre la isla desde La Habana hasta casi Ciego deÁvila no tiene iluminación y apenas está señalizada. No esque la iluminación no funcione, sino que ni siquiera hay pos-tes. Y los frecuentes carteles que aparecen avisan sobre lobien que va la revolución, pero muy poco dicen sobre en quélugar de Cuba usted se encuentra. Por eso me perdí una ce-na en la casa del periodista independiente Hugo Araña, enla ciudad de Matanzas. La carretera parece una gigantescalonja de playa de estacionamiento de cientos de kilómetrosapenas dividida por un pastizal.Al costado del camino, durante los días que estuve reco-rriendo las rutas cubanas, vi miles de cubanos esperandodurante horas alguna clase de transporte para movilizarse.El transporte urbano es igual de malo. Una joven periodis-ta cubana me hizo un comentario extraño para una socie-dad moderna: “Mi principal lugar de lectura es la parada delas guaguas (ómnibus de transporte público). Claudia sepasa varias horas por día esperando el transporte urbano.Ciudades importantes como Camagüey tienen a los carre-tones –carretas tiradas por un caballo que llevan hastaocho personas– como el principal medio de transporte. EnLa Habana misma, los bicitaxis se han multiplicado. Portoda la ciudad circulan estos ciclistas que llevan a tracciónhumana a dos y hasta tres personas. Como me ocurra mí,
 
de libertad’ni de tildar al pensamiento independiente de ‘laca-yo servil del imperialismo’o denostar al espíritu emprendedorcon el mote de ‘explotación del hombre por el hombre’, paraluego pretender que se les llame, a los derechos humanos, uninvento de la burguesía’.
La Habana parece una ciudad bombardeada. Con la excep-ción de algunos pocos barrios, donde viven la aristocracia re-volucionaria y los extranjeros, parece un enorme conventillohabitado por amontonadas familias ampliadas. Los derrum-bes son frecuentes. Es posible que esta ciudad se desplomeantes que se desplome el régimen. La revista del
 N ai ona l Geographic
se refirió a La Habana en junio de 1999 comoesa magnífica y desmoronada ciudad de 2,2 millones de al-mas”. Una de las cosas para las que realmente se necesitavalor allí es para subirse a un ascensor en cualquier edificiode viviendas particulares, e incluso en algunas dependen-cias oficiales. Un serio estudio de infraestructura segura-mente calificaría como inhabitables enormes barrios de laciudad. Por supuesto que esto ocurre también en otras me-galópolis latinoamericanas, pero siempre se ha sostenidoque la isla de Fidel era la excepción.Si la realidad contradice el discurso oficial sobre el pro-greso social, también desmiente el anunciado progreso mo-ral. Cuba es un país inundado de corrupción. La inmensamayoría de los cubanos cumple alguna labor ilícita, como co-merciar algunos bienes que les sobran por otros que lesal-tan. Los llamados “desvíos” en los lugares de trabajo son ha-bituales. Consiste en robar productos del lugar donde setrabaja para luego comercializarlos en el mercado negro. EnCuba existe igual o mayor actitud materialista que en la máscapitalista y opulenta sociedad de consumo. Sólo que la cali-dad y la disponibilidad de los bienes que fijan
saus
son in-finitamente más reducidas. Frente al extranjero, el acoso esconstante. El extranjero es visto como un objeto al cual hay
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usted puede sufrir una demora en una cita de trabajo por-que su bicitaxi tuvo que parar a hacer sus necesidades en elcamino.Cuba es un museo viviente. Es el país del tiempo inmó-vil. Desde 1959 el mundo ha gozado de una enorme cantidadde desarrollos técnicos, pero la inmensa mayoría de los cu-banos está al margen. Los electrodomésticos, los autos, lascomidas, los almacenes, las farmacias, los negocios comer-ciales o de reparaciones, los bares, la variedad de productosy servicios para la vida de todos los días, todo ese instru-mental básico de cualquier sociedad medianamente desa-rrollada, en Cuba es un privilegio de pocos. Como ocurríacon Albania en Europa. Y el mínimo progreso que llega a loscubanos es proclamado como un triunfo de la revolución.Muchos lo creen así. Casi cinco décadas de discurso oficialparecen haber convencido a los cubanos de que todo lo quetienen es merced del proceso revolucionario, y que su esfuer-zo y su talento individual nada tienen que ver. Si uno termi-nó la universidad, si viaja a algún país, si recibe un televi-sor o una bicicleta, es un premio o un favor del dueño de laisla, al que hay que agradecer.Y nada de eso se hubiese al-canzado con otra forma de gobierno, y menos con una des-preciable “democracia representativa”. El discurso del régi-men intenta que los retrocesos sean presentados a vecescomo fruto de la gracia revolucionaria: sin dictadura, dicen,el retroceso hubiese sido mayor.El ex presidente checo Vaclav Havel, dramaturgo y disi-dente, retrató el lenguaje totalitario en una conferencia enMiami, en septiembre de 2002:
Todo un sistema de persecuciones, de prohibiciones, de infor-mantes, de elecciones obligatorias, de espiar al vecino, de censu-ra y, en última instancia, de campos de concentración se escon-de tras un velo de palabras hermosas que no se avergüenzan, nien lo más mínimo, de llamar a la esclavitud una forma superior
Otra grieta en la pared
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medicamentos disponibles es costosa, y a veces imposible, para los cubanos. De hecho, una de las principales contribu-ciones que hacen los exiliados a sus familias consiste en elenvío de medicamentos.Cuba es un país pobre y atrasado, pero no es sobre estoque trata este libro. Porque si Cuba fuera un éxito en pro-ductividad y eficiencia, y los cubanos tuvieran una gran dis-ponibilidad de bienes, igual el país sería radicalmente injus-to. El problema es la libertad, porque Cuba es una cárcel.Los cubanos están presos en la isla igual que el protagonistade
 Los miserables
en la Isla de Guernesey, Papillón en la Is-la del Diablo, Napoleón en la Isla de Elba o varios presiden-tes argentinos del siglo XXen la isla Martín García. Las is-las parecen predispuestas al estereotipo del paraíso o de lacárcel, y en la preciosa Cuba se cumple el peor designio.
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que aspirarle algún dólar de alguna forma. Y la policía revo-lucionaria no parece diferente de otras policías latinoameri-canas. Una noche, al pasar por un puente a exceso de velo-cidad, un policía me indicó mi falta y luego me pidió quehiciera un aporte porque, ¡oh casualidad!, dijo, “es mi día decumpleaños”. En la cárcel del Ministerio del Interior en laque estuve durante dos días, los guardiacárceles me pidie-ron una “colaboración” justo antes de que saliera en liber-tad. Son dos experiencias personales de pedido de coima–habituales en el resto de los países latinoamericanos– ocu-rridas en menos de una semana. Interesa remarcar lo si-guiente: también son habituales en Cuba. La prostituciónen La Habana llega a niveles no frecuentes en la región.Claro que en todos los países existe la prostitución, pero miimpresión fue que aquí no sólo abunda sino que la prostitu-ción persigue al extranjero. Aveces uno tiene la degradan-te sensación de que es tan precaria la vida cotidiana que to-da mujer cubana podría ser presa fácil, con el mínimoincentivo material, de la explotación sexual. Probablemen-te, esta es una sensación parecida a la que pueden tener losguardias de un campo de concentración con respecto a lasmujeres detenidas.Durante varias décadas, desde Cuba se promovió unchantaje intelectual hacia América Latina. Se dijo y toda-vía se repite que el desarrollo social de Cuba no era compa-rable con el de ningún otro país de la región. Que en Cubano hay ni pobreza ni corrupción. Que la existencia de unapobreza generalizada en Brasil, Chile o Argentina invalida-ba esos regímenes políticos y los hacía inferiores al cubano.Ese chantaje es inaceptable para la mentalidad modernade la sociedad democrática mundial. No se acepta inter-cambiar la libertad para recibir el progreso. Se piden lasdos cosas. Pero además ese chantaje es falso: Cuba no ofre-ce progreso social. Existe un sistema educativo sin libertady un sistema de salud donde la compra de los muy escasos
Otra grieta en la pared
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