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Katarichehttp://www.scribd.com/people/view/3502992-jorge
EL CUENTO MIL Y DOS DE SHEREZADA
Edgar Alan Poe
La verdad es más extraña que la ficción.(Adagio antiguo) 
En el curso de unas investigaciones orientales, tuve ocasión hace poco de consultar el
Dezizmeahorah Eshasionno 
¹
,
una obra que, como el
Zohar 
de Simeon Jochaides, apenas esconocida incluso en Europa, y que nunca ha sido citada, que yo sepa, por un americano -siexceptuamos quizá al autor de las
Curiosities of American Literature-; 
habiendo tenido ocasión,cómo digo, de hojear algunas páginas de la notabilísima obra mencionada, quedé no pocoasombrado al descubrir que el mundo literario había estado hasta entonces completamenteequivocado con respecto al destino de la hija del visir, Scherezada, tal como se describe en
Las Mil y Una Noches 
 y que el
dénouement 
ahí dado, si bien no del todo inexacto hasta donde llega,debe al menos censurarse por no haber ido mucho más lejos.Para la plena información de ese interesante tópico remito al lector inquisitivo al propio
Eshasionnó,
pero, mientras tanto, se me permitirá que dé un resumen de lo que descubrí en él.Se recordará que, en la versión habitual de esos cuentos, cierto monarca, teniendo razonespara estar celoso de su esposa la reina, no sólo la condena a muerte, sino que hace unapromesa -por su barba y por el profeta-de casarse cada noche con la más bella doncella de susdominios y de entregarla a la mañana siguiente al verdugo. Habiendo cumplido a la letra esevoto durante varios años, con una puntualidad y un métodos religioso que le honraban grande-mente como hombre de devotos sentimientos y excelente juicio, fue interrumpido una tarde (sinduda, a la hora de sus oraciones) por la visita de su gran visir, a cuya hija, según parece, se lehabía ocurrido una idea.El nombre de ella es Scherezada y la idea consistía en que redimiría al país del despobladorimpuesto a sus beldades o bien perecería en el intento como corresponde a toda heroína que seprecie.En consecuencia, y aunque no vemos que se trate de un año bisiesto (lo que haría elsacrificio aun más meritorio) comisiona a su padre, el gran visir, para que ofrezca su mano alrey. Este la acepta ávidamente (pues había intentado tomarla de todos modos y sólo aplazaba elasunto un día tras otro por temor al gran visir), pero, al aceptarla ahora, da a entender muyclaramente a las partes interesadas que, gran visir o no, no tiene la más ligera intención deceder un ápice de su promesa o de sus privilegios. Por eso cuando la hermosa Scherezadainsistió en casarse con el rey y así lo hizo a pesar del excelente consejo de su padre de nocometer barbaridades, es evidente que tenía sus bellos ojos bien abiertos y que conocía muybien las circunstancias del caso.Parece, sin embargo, que estaladina damisela (que debió leer a Maquiavelo sin género dedudas) tenía un plan muy ingenioso
in mente.
En la noche de bodas se las compuso, heolvidado con qué especioso pretexto, para que su hermana ocupara un lecho lo bastantecercano del de la parejareal como para permitir una fácil conversación de cama a cama. Pocoantes del canto del gallo tuvo buen cuidado de despertar al bondadoso monarca, su esposo (queno le guardaba menos afecto por el hecho de que tuviese la intención de retorcerle el cuelloaldía siguiente), que, gracias a una tranquila conciencia y una fácil digestión, dormíaprofundamente, para que escuchara el interesantísimo relato (acerca de una rata y un gatonegro, creo) que estaba narrando en voz baja a su hermana. Cuando apuntó el día, sucedió queesta historia no había terminado todavía y que Scherezada, dadas las circunstancias, no podíaacabarla en esos instantes, pues era ya hora de que se levantara y fuera a que la estrangularan-cosa poquísimo más agradable que ser ahorcado, aunque una pizca más distinguida.
 
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Lamento decir que la curiosidad del rey prevaleció sobre sus sanos principios religiosos,induciéndole por esta vez a posponer el cumplimiento de su promesa hasta la mañanasiguiente, con el propósito y la esperanza de oírpor la noche lo que había ocurrido al final conel gato negro (creo que era negro) y la rata.Llegada la noche, sin embargo, Scherezada no sólo dio el retoque final al gato negro y a larata (que era azul), sino que, antes de darse cuenta exacta de lo quehacía, se vio envuelta en elintrincado desarrollo de una narración que se refería, si no me equivoco, a un caballo rosado(con alas verdes) que cabalgaba impetuoso por obra de un mecanismo de relojería y al que sedaba cuerda con una llave color índigo.Por esta historia se interesó el rey aun más que por laotra y como el día apuntara antes de su conclusión (no obstante los esfuerzos de la sultana porfinalizarla a tiempo para el estrangulamiento) no hubo más remedio que posponer otra vez laceremonia veinticuatro horas. A la noche siguiente sucedió un accidente similar con similarresultado, y lo mismo a la siguiente y a la otra...; hasta que, al fin, el buen monarca, habiendosido privado inevitablemente de toda oportunidad de cumplir su promesa durante un periodono inferior al de mil y una noches, lo olvidó por completo al expirar ese término, se absolvió a símismo de él o bien -lo que es más probable-rompió sin reserva dicho voto, así como la cabezade su padre confesor. En cualquier caso, Schrezada, que, por ser descendiente directa de Eva,había heredado quizá los siete cestos de conversación que esta última señora, según sabemostodos, recogió al pie de los árboles del jardín del Edén, Schrezada, repito, triunfó finalmente y elimpuesto sobre las beldades fue derogado.Ahora bien, esta conclusión (que es la del relato tal como aparece escrito) es, sin duda, muyadecuada y agradable, pero ¡ay!, como tantas otras cosas, es más agradable que cierta y yo mehallo muy en deuda con el Eshasionnö por los medios empleados para corregir el error.
Le mieux 
-dice un proverbio francés-
est l'ennui du bien, y 
al mencionar que Scherezada habíaheredado los siete cestos de charla, debiera haber añadido que los colocó a interés compuestohasta que subieron a setenta y siete.-Mi querida hermana -dijo en la noche mil y dos (cito al pie de la letra el lenguaje delEshasionnó en este punto)-, mi querida hermana -dijo-, ahora que ese pequeño inconvenienteacerca del estrangulamiento se ha desvanecido y que ese odiosotributo está felizmente abolido,me siento culpable de una gran indiscreción al no contaros a ti y al rey (quien, lamento decirlo,ronca, cosa que no haría ningún caballero) la verdadera conclusión de la historia de Simbad elmarino. Este personaje pasó por muchas otras y más interesantes aventuras que las que relaté,pero la verdad es que precisamente en la noche de su narración tenía yo sueño y en con-secuencia quise abreviar la historia, acto injurioso, el cual confío que Alá me perdone. Pero aunasí noes demasiado tarde para remediar mi gran negligencia y, en cuanto haya dado al rey unpellizco o dos para que se despierte y deje de hacer ese horrible ruido, te contaréinmediatamente (y a él, si tal le place) la continuación de esa notabilísima historia.Por lo que he leído en el Eshasionnó, la hermana de Scherezada no se mostró demasiadoentusiasmada ante aquella perspectiva; pero el califa, después de recibir suficientes pellizcos,dejó de roncar y dijo finalmente ¡hum!» y luego «¡ah!», con lo que la sultana entendió (porque sinduda estas son palabras árabes) que él era todo oídos; y habiendo arreglado estas cosas a susatisfacción, reanudó sin pérdida de tiempo la historia de Simbad el marino.-Al fin, ya en la senectud -éstas son las palabras del propio Simbad-y tras disfrutar en mipatria de muchos años de tranquilidad, me sentí una vez más dominado por el deseo de visitarpaíses extranjeros y un día, sin confiar a nadie de la familia mi propósito, hice unos cuantosenvoltorios con mercaderías queuniesen su alto precio a su escaso volumen y, contratando aun mozo de cuerda para que las acarrease, bajé con él a la costa a esperar la arribada dealguna nave que me llevase lejos del reino rumbo a alguna región que no hubiera yo exploradoaún.«Después de depositar los bultos en la arena, nos sentamos bajo unos árboles y dirigimosla mirada al océano con la esperanza de divisar un navío, pero durante varias horas no vimosninguno. Por último me pareció oír un singular zumbido o ronroneo y el porteador, trasescuchar un rato, declaró que él también lo percibía. Luego ese sonido fue creciendo enintensidad de modo que no tuvimos duda de que el objeto que lo causaba se acercaba anosotros. Por último, en la línea del horizonte, descubrimos un punto negro,que fueaumentando rápidamente de tamaño hasta que distinguimos un gigantesco monstruo quenadaba con gran parte de su cuerpo por encima de la superficie del mar. Venía hacia nosotroscon inconcebible velocidad, levantando enormes olas de espuma en tornoa su pecho e
 
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iluminando toda la parte del mar por la que pasaba con una larga línea de fuego que seextendía muy lejos en la distancia».«Cuando aquello se nos acercó, lo vimos con toda claridad. Era tan largo como tres de losárboles más altos y tan ancho como la gran sala de audiencias de vuestro palacio ¡oh, el mássublime y munificente de los califas! Su cuerpo, distinto del de los peces corrientes, era sólidocomo una roca y de un negro azabache por toda la parte que sobresalía del agua, con laexcepción de una estrecha raya color de sangre que la circundaba completamente. El vientre,que quedaba bajo la superficie y que sólo podíamos entrever de vez en cuando, en losmomentos en que el monstruo se elevaba y descendía al compás de las olas, estaba cubiertoenteramente de escamas metálicas, de un color como el de la luna en tiempo neblinoso. Eldorso era liso y casi blanco y de él arrancaban hacia arriba seis espinas de una altura casiigual a la mitad de la largura de su cuerpo.»Aquella horrible criatura no tenía boca visible, pero como para compensar esta deficienciaiba provista de cuatro veintenas de ojos por lo menos, que sobresalían de sus cuencas como losde la verde libélula y estaban dispuestos alrededor del cuerpo en dos hileras, una encima deotra, y paralelos ala raya de color sangre, la cual parecía hacer el oficio de una ceja. Dos o tres de aquellosespantosos ojos eran mucho mayores que los otros y tenían aspecto de ser de oro macizo.»Aunque, como he dicho, la bestia se aproximaba a nosotros con la mayor rapidez, debía demoverse por arte de nigromancia, pues no tenía ni aletas como un pez, ni pies palmeados, comoun pato, ni alas como la concha marina que marcha impulsada por el viento como si fuera unanave, ni tampoco se retorcía para avanzar como hacen las anguilas. Su cabeza y su cola separecían mucho, sólo que no lejos de la segunda había dos pequeños agujeros que servían defosas nasales por los cuales el monstruo expulsaba su denso aliento con prodigiosa violencia ycon un sonido agudo y desagradable.»Grandísimo fue nuestro terror al contemplar aquella cosa tan horrible, pero quedósuperado por el asombro que nos produjo ver sobre el lomo de aquella bestia un gran númerode animales, aproximadamente del tamaño y la forma de los hombres y que se parecían muchoa éstos salvo en que no llevaban ropas (como los hombres), pues estaban provistos (por lanaturaleza sin duda) de una fea e incómoda envoltura muy parecida a la tela, pero tan ajustadaa la piel que hacía moverse a los pobres diablos torpemente y les ocasionaba al parecer grandesmolestias. En lo alto de la cabeza llevaban una especie de cajas cuadradas que, a primera vista,pensé que harían el oficio de turbantes, pero pronto descubrí que eran sumamente pesadas ysólidas y por tanto deduje que eran artefactos destinados por su gran peso a mantener lascabezas de los animales firmes y sujetas sobre los hombros. Alrededor del cuello las criaturasllevaban collares negros (sin duda, distintivos de servidumbre), como los que ponemos nosotrosa los perros, sólo que mucho más anchos y más rígidos, de modo que aquellas pobres víctimasno podían mover la cabeza en ninguna dirección sin mover al mismo tiempo el cuerpo y de esaforma se veían sentenciados a la perpetua contemplación de sus narices, visión respingona yachatada en grado portentoso, por no decir espantosa.»Cuando el monstruo hubo llegado casi al lugar donde estábamos, proyectó hacia delanteuno de sus ojos y despidió por él una terrible llamarada de fuego acompañada por una densanube de humo y un ruido que no puedo comparar con nada sino con el trueno. Al disiparse elhumo vimos a uno de los raros animales-hombre de pie cerca de la cabeza de la gran bestia conuna trompeta en la mano, a través de la cual (poniéndosela en la boca) se dirigió luego anosotros con sonidos fuertes, ásperos y desagradables, que hubiéramos tomado por palabrasde un lenguaje de no haber sido emitidos a través de la nariz.»Era evidente que se dirigía a nosotros, pero no sabía yo cómo replicar, pues no podíacomprender en absoluto lo que se nos decía. Y en este trance me volví al porteador, que estabaa punto de desmayarse de miedo y le pregunté qué especie de monstruo le parecía que podíaser aquel, si tenía idea de sus intenciones y qué clase de criaturas eran las que así pululabanpor su lomo. A esto replicó el porteador del mejor modo que le permitía su temblor, diciendoque ya había oído hablar una vez de aquella bestia marina, que era un demonio cruel, conentrañas de azufre y sangre de fuego, creado por los genios malos para hacer sufrir a lahumanidad; que las cosas aquellas sobre su lomo eran bichos, como los que a veces infestan alos perros y a los gatos, sólo que un poco mayores y más salvajes, y que desempeñaban sufunción, aunque mala, ya que mediante la tortura que causaban a la bestia con susmordeduras y picotazos la llevaban hasta el grado de furor requerido para hacerla rugir y
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