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2001-Aguilar Camín. Amor Imperativo 01a

2001-Aguilar Camín. Amor Imperativo 01a

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Cuento corto; 2001
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06/26/2013

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El Amor Imperativo de Alejandro Villalobos
Héctor Aguilar Camín (cuento)
1
Ambrosía; 2001
 
El Amor Imperativo de Alejandro Villalobos
Héctor Aguilar Camín (cuento)
2
Ambrosía; 2001
E
L AMOR IMPERATIVO DE
 A
LEJANDRO
V
ILLALOBOS
 
 Héctor Aguilar Camín
"Tuve nostalgia y dolor por él. Hubiera podido ser un profeta y era sólo un periodista desaparecido.Los dones del mundo le habían sido repartidos enuna mezcla huraña. Los desarreglos de su corazónhabían hecho invisibles los rigores de su cabeza".
1.-En mi paso por el circo de pequeñas intrigas y odios inmortales que es laredacción de un diario, aprendí que un jefe de información debe ser implacable en elmando tanto como en la defensa de sus reporteros. Aprendí eso en el primero de losdiarios donde fui no sólo colaborador, sino parte del cuerpo directivo, allá por el finde los años setentas. Un aire de reforma política abría entonces las puertas del periodismo profesional a las izquierdas. El diario de que hablo era un hervidero de periodistas incendiarios y militantes clandestinos que ocultaban su filiación pero no podían ocultar sus pleitos. Nos habíamos dado la misión de transformar el mundo. El primer paso en ese camino era regañarlo en nuestras páginas. La máquina de escribide cada reportero se volvía un surtidor de denuncias y la cabeza de cada colaborador,una olla de soluciones imposibles. Había en el diario un ethos de cruzada yfraternidad. al tiempo que una guerra civil de méritos y posiciones. Era un mediosulfúrico y sulfurado, una colección de egos robustos que actuaban y escribían su propia novela de lucha contra sobre la adversidad injusta y reaccionaria de las cosas.La profesionalidad apacible de Alejandro Villalobos era una excepción en aquelcampo de batalla. No tenía enconos políticos ni misiones ideológicas. Tampoco parecía incómodo en la diaria constatación de las miserias de su entorno. Noabanderaba causas ni cargaba las tintas, no tenía esa pasión loca, peculiar de los periodistas, de dejar grabado su nombre en el acontecer de cada día. ¡Ah, el fulgodel nombre propio impreso en la primera plana, el rastro de las propias huellasdigitales, únicas e intransferibles, en la molienda anónima de los hechos!Villalobos apenas había cumplido veintiséis años, pero tenía una parsimonia de viejo,y una mirada limpia que lo hacía preciso en sus datos y claro en su escritura, aunquecasi siempre para documentar asuntos de poca monta noticiosa. Por su falta deespíritu mordiente y ácido, sin el cual la profesión periodística es como comer sin
 
El Amor Imperativo de Alejandro Villalobos
Héctor Aguilar Camín (cuento)
3
Ambrosía; 2001
ganas, tenía un altercado permanente con su jefe, el responsable de la sección de provincia, que andaba siempre a la búsqueda de conflictos locales, escándalos de parroquia, catástrofes o peligros que hicieran atractivas las páginas de los estados para el resto del diario, cuya obsesión era, desde luego, lo que sucedía en la capital.La Ciudad de México era grande en noticias y despropósitos, el mayor de los cualesera creer que lo que pasaba en ella resumía el acontecer de la nación.Villalobos era corresponsal del diario en un pequeño estado del occidente de México,un estado rico, ya que no próspero, por su muy poca población, concentrada en unascuantas ciudades pequeñas y equilibradas. La vida política transcurría entre lasomnolencia de la rutina y la conciliación universal del gobierno. Como en otras partes del ps, en la patria chica de Villalobos la política era asunto de unas cuantasfamilias. Había en ella fortunas y clanes diversos, pero tarde o temprano, por unalínea o por otra, todas las vertientes del poder y el dinero salían de o llegaban a unoscuantos linajes extensos. Los de aquel lugar eran linajes de poder extrañamente bienavenidos. Su secreto acaso fuera que ninguna familia sobresalía de más sobre lasotras y que los hombres de edad y poder de la región solían retirarse a tiempo. Elúnico señor de preponderancia que hubiera podido extender opresivamente sudominio sobre el resto de sus coterruños se llamaba Adrián Sansores, había tenidoseis hijos varones y se había retirado a plantar limones a la edad de sesenta y cincoaños, repartiendo sus poderes y sus bienes entre los hijos, que iban entonces enescalera de los cuarenta a los veinticinco años. Sansores tenía también una hija pequeña de dieciséis, llamada Camila, palanca inesperada y radiante de esta historia.A fuerza de que nada grave sucediera en el estado, los despachos de Villaloboshabían acabado por ocupar, rutinariamente, el último peldaño de la columna deBreves de la Provincia. Como he dicho, aquella falta de fuego noticioso había predispuesto al jefe de corresponsales contra Villalobos. Lo sé, porque yo era a mivez el jefe de información del diario y tenía bajo mi mando al jefe de corresponsalesde provincia, quien cada tres o cuatro semanas me proponía despedir a Villalobos yemplear el dinero que se le pagaba en otro corresponsal del mismo estado o en elrefuerzo noticioso de regiones donde sí pasaban cosas. Pero la cantidad que ganabaVillalobos era insignificante en los costos de nuestra plantilla y yo había adquiridouna debilidad por él desde que, al entrar al diario, leí un despacho suyo que nisiquiera apareció en la columna de Breves..., pero que yo rescaté para el suplementocultural y usé después como modelo en unos cursos de redacción del diario. Era unreportaje de tres folios sobre un programa del gobierno local para evitar ladesaparición del árbol canónico de la región, un árbol noble y grande llamado parota,inconfundible en su majestuosidad y portador de una de las maderas más duras ymilenarias del mundo. El reportaje de Villalobos empezaba así:

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