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Barbara McCauley - Serie Blackhawk-Sinclair 6 - Enemigos apasionados (Harequín by Mariquiña)

Barbara McCauley - Serie Blackhawk-Sinclair 6 - Enemigos apasionados (Harequín by Mariquiña)

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08/09/2013

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Enemigos apasionados
Gracias a una increíble apuesta en una partida de póquer, Reese Sinclairgano.... ¡una mujer!!! Aquellas dos semanas en el restaurante de Sinclair erandemasiado para una princesita como Sidney. Ni siquiera alguien tandeliciosamente exasperante como ella podía conseguir que Reese se replantearasu preciosa soltería. Aun así, el deseo que sentían el uno por el otro era cadavez mayor.Una sola noche de pasión hizo que Reese perdiera por completo el controlde la situación y lo dejo con un irreprimible deseo de ella.... ¿Qué iba a hacerel atractivo soltero cuando la apuesta llegara a su fin? Podría simplementerecoger sus cartas y olvidarse de todo o.... cambiar de vida y pedirle que secasara con él......
 
Capítulo UnoEl ambiente estaba lleno del humo de los cigarros puros en la pequeña trastiendade la Taberna y Posada Squire's. Cuatro hombres, todos hermanos, estaban sentadosa la mesa con cartas en las manos y muy concentrados en la siguiente mano. GabeSinclair, el mayor de los cuatro, fruncía el ceño mientras que Callan, el segundo,estudiaba la posibilidad de que le saliera otro rey y así, por lo menos, tener una pa-reja. A su lado Lucían, el tercero, sonreía para sí mismo con sus dobles parejas,mientras que Reese, el más pequeño y propietario de la taberna, hacía cabalas sobrelas tres reinas que tenía en la mano.Los cuatro eran muy atractivos. Todos eran de rasgos duros y cabello oscuro yhabían roto bastantes corazones femeninos en Bloomfield Country.Algunos decían que, el que llevaba el récord era Reese. Tenía unos ojos quehacían que las mujeres se olvidaran de respirar. De un color verde oscuro, como unbosque, enmarcados por unas espesas pestañas negras. Y su sonrisa, esa sonrisapodría conseguir lo que se propusiera.Y también medía casi dos metros, todo músculo, y se había ganado el honorablepremio que solían dar las chicas del pueblo como El mejor trasero con vaqueros,durante tres años. Reese exhibía orgullosamente los certificados, bien enmarcados,en la pared de la taberna, junto a la placa que la Cámara de Comercio de Bloomfield lehabía dado por ser el mejor restaurante del año.Reese pensó que la vida era bella. Tres reinas, diez dólares sobre la mesa y dosdedos de tequila del bueno en su vaso. Tomó unas fichas y las tiró sobre la mesa. Teníauna cita con la señorita Suerte y estaba a punto de ganar.-Cinco dólares dicen que ese bote es mío -dijo sonriendo-. De nuevo.Lucian apartó la mirada de sus cartas y le dijo:-Tú cierra la boca. Veo tus cinco y los doblo.-Demasiado para mí -dijo Gabe y arrojó sus cartas sobre la mesa-. Tengo queirme, chicos. Kevin y yo nos vamos a pescar al amanecer.-Yo también me voy. Abby me está esperando -dijo Callan y se levantó-. No es miestilo hacer esperar a una dama.Reese miró a sus hermanos y agitó la cabeza. Sus partidas del sábado por lanoche se estaban haciendo cada vez más cortas desde que Callan se había casado conAbby hacía seis meses. Luego, Gabe se había comprometido con Melanie hacía unassemanas. Cuando todos estaban libres, esas partidas duraban hasta altas horas de lamadrugada. Abby y Melanie eran magníficas y Reese sabía que no podía pedir mejorescuñadas. Estaba contento por sus hermanos, pero ahora la reputación de solterosempedernidos de los Sinclair descansaba solo en sus manos y en las de Lucian.Y esa era una reputación que él estaba orgulloso de mantener.-Parece que nos quedamos solos, hermano -dijo, y luego se dirigió a los dos quese marchaban-. Ya nos veremos. Yo...Entonces se abrió la puerta del despacho.
 
-Reese Sinclair, ¡esto tiene que parar inmediatamente!Reese miró a la mujer que acababa de entrar.Sydney Taylor.El cabello rubio claro de Sydney le enmarcaba el rostro acalorado y le caía sobrelos hombros y el albornoz que llevaba. Llevaba en brazos a Boomer, el perro de Reese,cubierto de barro. Lo mismo que ella. Por completo.¿Barro sobre Sydney Taylor? Definitivamente, esa escena era para fotografiar.Deseó reír, pero la mirada de furia helada de ella lo hizo contenerse. Lo mataría si sereía. Todo el mundo sabía que esa mujer podía cortar por la mitad a un hombre consolo una mirada. Podía ser bonita, pero era tan mandona que todo el mundo la llamabaSydney la Huno. No a la cara, por supuesto. Después de todo, ella era la nieta delHonorable juez Randolph Howland, y eso la hacía merecedora de un cierto respeto.Reese miró a sus hermanos. Por la cara que tenían, debían estar tansorprendidos como él mismo de ver a la siempre impecable Sydney Taylor, en albornoz y cubierta de barro, con un perro en brazos. De alguna manera, aún con ese aspecto,tenía un cierto aire de realeza.-Bueno, si tanto te molesta, Syd, el juego está a punto de terminar.Ella lo miró con los párpados entornados y dijo:-Sabes muy bien de lo que estoy hablando. Tu perro estaba de nuevo en mi jardín.Recientemente, Sydney se había mudado al apartamento de arriba del edificiohistórico del otro lado de la calle. También había alquilado el local de abajo y lo estabarenovando para abrir un restaurante. Delante había instalado un pequeño jardín amodo de entrada. Y eran las flores de ese jardín lo que tanto atraía a Boomer.-¿Estás segura de que ha sido mi perro? -le preguntó inocentemente-. Podría jurar que vi fuera al de Madge Evans hace un rato.-Madge es una dueña responsable. Cosa que tú no eres. Esta es la cuarta vez entres semanas que he pillado a Boomer entre mis flores. Las ha arruinado por completo.Boomer ladró y entonces se vio que era culpable por los pétalos que tenía en laboca. Sydney se acercó y dejó al perro sobre la mesa. Boomer se puso a moverseagitadamente y las fichas y cartas volaron por los aires.Luego se sacudió y lo puso todo perdido de barro. Lucian soltó una palabrota ytrató de limpiarse la mancha de la pechera de su camisa blanca.Reese miró por última vez las tres reinas que tenía en la mano, suspiró, dejó lascartas y se limpió el barro de la cara. Boomer se bajó de la mesa y se sentó a sus piesmirándolo expectantemente. Tenía el hocico lleno de barro húmedo.Reese sabía que debía ser duro con el animal. Pero había algo en Sydney, en sucarácter mandón que hacía que quisiera bajarle un poco los humos. Miró a sushermanos en busca de un poco de apoyo moral, pero por la cara de risa de los tres, eraevidente que estaba solo en eso.Se puso en pie y miró a Sydney. Pensó decirle que tenía barro en la sien, pero nolo hizo.

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