Creí que para lograr esta asimilación había que emplear la mitad de mi vida, por ladificultad que ello entrañaba, y sólo cuando mi guía me dictó el manuscrito: El gritolejano (agregado a La Luz en el Sendero), comencé a entender las sentencias quepor primera vez me mostrara en las joyolinas paredes del Palacio de laEnseñanza.Durante largo tiempo, durante años enteros, fui incapaz de volver al Palacio.Parecía que, ya satisfecho mi deseo y atendida mí súplica, no era razonable eltransportarme nuevamente a la etérea morada en el estado de inconsciencia enque me dejaba la deficiente asimilación de los conocimientos adquiridos. Yconscientemente no podía yo encontrar el camino. Pero lo encontré al fin, por unpujante esfuerzo de voluntad que venció la pesadumbre de mí ánimo perplejo. Mehallé en el arranque de una escala de anchos peldaños de piedra en cuyo últimorellano había una pesada puerta de dos hojas que daba acceso a un vasto edificio.Estaba yo en pleno ambiente, aunque a mi espalda se extendía la campiña, nomiraba ni hacia atrás ni hacia arriba, porque me sentía impelido a trepar por lospeldaños y a entrar por aquella puerta que intuitivamente diputaba por la delPalacio de la Enseñanza. Pero eran muy escarpados los peldaños y penosamentealcanzaban mis fuerzas a escalarlos. Sin embargo, logre subir, empuje la pesadapuerta y entre en el Palacio. Podría citar otros psíquicos que treparon por la escalay empujaron la puerta, logrando entrar algunas veces, si bien otras cayeron antesdesfallecidos. En algunos casos, aquellos a quienes en vida amaron y que hantranspuesto el dintel de la muerte, les ayudaron a vencer los obstáculos; porquelos espíritus desencarnados que son incapaces de golpear los trípodes en lassesiones espiritistas, pueden llegar a este paraje del mundo etéreo, donde losguías les ayudan a encontrar a sus amigos y refrigerarlos en el camino. Algunasveces, todo el recinto del Palacio está lleno de espectros, muchos de ellos veladosde modo que no es posible identificarlos, y que por otra parte, mientras están envelo no pueden ver ni oír. Según aprendí, éstos son los adoradores de la verdad,las fervientes almas entre los espíritus de los hombres que hallaron allí su caminoo allí fueron por los amigos conducidos en estado de inconsciencia. Su presenciaen aquel lugar es resultado de intensos anhelos. Llegan allí procedentes de todaslas iglesias y religiones del mundo; y aunque en muchos casos tengan totalmenteapagados los sentidos espirituales, de suerte que ni quitándoles el velo podríanver ni oír, su relación con las activas fuerzas del bien les da vigor y descanso. Y encualquier instante, ya por un acceso de fervor, ya por el acrecentamiento intensivode la concentración en sí mismos, puede caer el velo permitiéndole ver y escucharla maravillosa realidad de la vida ultra—física, que de repente inunde su alma. Así,el hombre de veras religioso y pío, por inconsciente que esté de esa vida, llevainmensa ventaja sobre el agnóstico o ateo en la peregrinación terrena.Los antes descritos pormenores del interior del Palacio de la enseñanza hansido comprobados varias veces por muchos psíquicos, de tal manera que nopueden atribuirse a la imaginación o fantasía de una sola persona. En el extremosuperior hay un gran altar y en él una estatua de Buddha tallada en mármol negro.Muy a menudo, el pavimento parece de mármol y está cubierto de formasespectrales, algunas de ellas veladas e inconscientes, otras enteramenteconscientes y persuadidas de su situación en aquel lugar. Algunas veces hay en elpavimento una ancha abertura de desciende rectilíneamente desde el centro al
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