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 LA SOMBRA SOBRE INNSMOUTH  H. P. LOVECRAFT 
La sombra sobre Innsmouth
H. P. Lovecraft
I
Durante el invierno de 1927-28, los agentes delGobierno Federal realizaron una extra y secretainvestigación sobre ciertas instalaciones del antiguo puertomarítimo de Innsmouth, en Massachusetts. El blico seentede ello en febrero, porque fue entonces cuando sellevaron a cabo redadas y numerosos arrestos, seguidos delincendio y la voladura sistemáticos -efectuados con las precauciones convenientes- de una gran cantidad de casasruinosas, carcomidas, supuestamente deshabitadas, que sealzaban a lo largo del abandonado barrio del muelle. Las personas poco curiosas no prestarían atención a este suceso, ylo consideraron sin duda como un episodio más de la largalucha contra el licor.En cambio, a los más perspicaces les sorprendió elextraordinario número de detenciones, el desacostumbradodespliegue de fuerza pública que se empleó para llevarlas acabo, y el silencio que impusieron las autoridades en torno alos detenidos. No hubo juicio, ni se llegó a saber tampoco dequé se les acusaba; ni siquiera fue visto posteriormenteninguno de los detenidos en las cárceles ordinarias del país.Se hicieron declaraciones imprecisas acerca de enfermedadesy campos de concentración, y s tarde se habló deevasiones en varias prisiones navales y militares, pero nada positivo se reveló. La misma ciudad de Innsmouth se habíaquedado casi despoblada. Sólo ahora empiezan amanifestarse en ella algunas señales de lento renacer.Las quejas formuladas por numerosasorganizaciones liberales fueron acalladas tras largasdeliberaciones secretas; los representantes de dichassociedades efectuaron algunos viajes a ciertos campos y prisiones, y como consecuencia, tales organizaciones perdieron repentinamente todo interés por la cuestión. Másdifíciles de disuadir fueron los periodistas; pero finalmente,
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acabaron por colaborar con el Gobierno. Sélo un periódico-un diario sensacionalista y de escaso prestigio por estarazón- hizo referencia a cierto submarino capaz de grandesinmersiones que torpedeó los abismos de la mar, justo detrásdel Arrecife del Diablo. Esta información, recogidacasualmente en una taberna marinera, parecía un tantofantástica ya que el arrecife, negro y plano, queda por lomenos a milla y media del puerto de Innsmouth.Los campesinos de los alrededores y las gentes delos pueblos vecinos lo comentaron mucho, pero se mostraronextremadamente reservados con la gente de fuera. Llevabancasi un siglo hablando entre ellos de la moribunda y mediodesierta ciudad de Innsmouth y lo que acababa de suceder nohaa sido s tremendo ni espantoso que lo que secomentaba en voz baja desde mucho años antes. Haansucedido cosas que les enseñaron a ser reservados, de modoque era inútil intentar sonsacarles. Además, sabían poca cosaen realidad, porqué la presencia de unos saladares extensos ydespoblados dificultaba mucho la llegada a Innsmouth por tierra firme, y los habitantes de los pueblos vecinos semantenían alejados.Pero yo voy a transgredir la ley de silencio impuestaen torno a esta cuestn. Estoy convencido de que losresultados obtenidos son tan concluyentes que, aparte unsobresalto de repugnancia, mis revelaciones sobre lo quehallaron los horrorizados agentes que irrumpieron enInnsmouth no pueden causar ningún daño. Por otra parte, elasunto podría tener más de una explicación. Tampoco exactamente hasta qué punto me han contado toda la verdad, pero tengo muchas razones para no desear indagar más afondo, ya que el caso, y el recuerdo de lo que pasó, me obligaa tomar severas medidas.Fui yo quien, a primera hora de la mañana del 16 de julio de 1927, huyó frenéticamente de Innsmouth, y quiensuplicó horrorizado al Gobierno que abriese unainvestigación y actuase en consecuencia, petición que dioorigen a todo el episodio relatado. Yo estaba firmementeresuelto a permanecer callado mientras el asunto estuvierareciente en la memoria de todos, pero ahora que ya ha pasadoel tiempo y el público ha perdido interés y curiosidad, tengoun extraordinario deseo de contar, en voz muy baja, las horas
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escasas y terribles que pasé en aquel puerto de tan siniestrareputación, sobre el que se cierne una sombra blasfema ymortal. El mero hecho de contarlo me ayudará a recobrar laconfianza en mis facultades, a convencerme de que no fuisimplemente la primera víctima de una pesadilla colectiva.Me servirá además para decidirme a mirar de frente cierto paso terrible que aún tengo que dar. Nunca haa do hablar de Innsmouth hasta lavíspera del día en que lo vi por primera y -hasta ahora-última vez. Celebraba mi mayoría de edad dando la vuelta a Nueva Inglaterra -turismo, antigüedades, interésgeneagico- y había planeado ir directamente desde elantiguo pueblo de Newburyport a Arkham, de donde provenía la familia de mi padre. No tenía coche y viajaba entren, en trolebús o en coches de línea, buscando siempre elitinerario más barato. En Newburyport me dijeron que para ir a Arkham debía tomar el tren. Y fue en el despacho de billetes de la estación donde, al vacilar ante el elevado preciodel billete, hablar por vez primera de Innsmouth. Elempleado, hombre corpulento de rostro sagaz y un acentoque no era de la región, consideró con simpatía mis esfuerzos por ahorrar y me sugirió una solución que hasta entoncesnadie me había propuesto.-Creo que podría coger el autos viejo -dijodespués de cierta vacilación- aunque por aquí nadie suelecogerlo. Pasa por Innsmouth... Puede que haya oído ustedhablar del pueblo ese... A la gente no le gusta. El conductor es de allí, un tal Joe Sargent, y nunca coge viajeros de aquí nide Arkham. No me explico de qué vive esa empresa. El precio del billete debe ser bastante barato, pero nunca llevamás de dos o tres personas... y todas de Innsmouth. Sale de laPlaza, delante de la Droguería Hammond, a las diez de lamañana y a las siete de la tarde, a no ser que hayan cambiadode horario últimamente. Parece una cafetera rusa... Jamás mehe metido dentro de ese trasto.Esta fue la primera noticia del siniestro pueblo deInnsmouth. Cualquier referencia a un pueblo que no vinieraen los mapas ordinarios o no estuviera registrado en las guíasactuales de viajes me habría interesado, pero además, laextraña manera que tuvo e! empleado de mencionarlo acabóde suscitar en mi ánimo una verdadera curiosidad. Pensé que
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