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Veinticinco años después

Veinticinco años después

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Categories:Types, Research, History
Published by: Eduardo B. M. Allegri on Oct 06, 2012
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10/06/2012

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Veinticinco años después
Por Miguel Domingo Aragón (*)El 12 de noviembre de 1838 ocurrió en Tucumán el asesinato de Alejandro Heredia. Erael gobernador, pero, además, una figura ilustre: doctor en Teología y Derecho, guerrerode la Independencia, diputado al Congreso, hombre ponderado y generoso, que gustabaestimular la curiosidad intelectual de los jóvenes (Juan Bautista Alberdi, por ejemplo, aquien ayudó con su autoridad, su dinero y hasta su enseñanza personal, o aquellos aquienes permitió acceder a altas funciones públicas, como Salustiano Zavalía, MarcoAvellaneda, Marcos Paz, Brígido Silva), todo en un clima que hoy se diría de"pluralismo" por la tolerancia con el partido opositor.Partido opositor, el unitario, dejó de estar reducido a esa dimensión intestina desde quese produjo el conflicto con Francia y pasó a integrar una alianza internacional de la quetambién participaban Bolivia y la Banda Oriental. En virtud de ella, empezaron aproducirse los alzamientos contra Rosas en el interior, iniciados por Berón de Astradaen Corrientes. El de Tucumán era precedido por este asesinato, cuyo autor material fueGabino Robles.Robles se apostó en el camino de Heredia, al frente de un grupo en el que iba un caballoprestado por Marco Avellaneda; quien integró como ministro el subsiguiente gobiernorevolucionario de Bernabé Piedrabuena, gobierno que ese mismo año absolvió a losculpables. Era un hombre que tenía agravios de Heredia. Y parece que graves, porquehabía polleras de por medio y una que humillación inferida en público. Al prestar elcaballo ¿ignoraba Avellaneda lo que se proponía Robles? ¿Lo sabía y dejó que lo quehabría de suceder fuera un episodio de venganza personal? ¿Fue el mismo quien lobuscó como instrumento del crimen? Esto se supuso entonces y fue lo que más tarde lecostó la vida. Ahora circulan otras versiones, también verosímiles. Alguna vezpodríamos detenernos en ellas.El terror unitario no empezaba con ese hecho. Venía de Bernardino Rivadavia, viejoemplazador de horcas, quien en 1823 mandó fusilar a los descontentos con sus reformasreligiosas. Y se había renovado condignamente con la muerte de Dorrego y suscompañeros en 1828. Y con las ejecuciones de prisioneros, por centenares, de Dehezaen Córdoba y La Madrid en La Rioja, a nombre del ponderado general Paz. Losgobernadores Villafañe y Latorre integraban la lista. El terror federal, por su lado, queexistió sin duda, fue la respuesta al de los unitarios.Tampoco concluiría allí el estrago. Faltaban los nuevos desafueros de Lavalle y LaMadrid, en esa misma guerra en que actuaban a costa de Francia. El unitarismo fuevencido, pero no convencido. Tras la caída de Rosas, volvió a dejar a su paso una estelade cadáveres, entre ellos el del coronel Iturbe, gobernador de Jujuy, el de JerónimoCosta, héroe de Martín García, el de Nazario Benavídez, ex gobernador de San Juan, yVirasoro mientras gobernaba la misma provincia. Después de Pavón, la matanza tomóproporciones de genocidio. Había que aplastar a las provincias y allá mandó Mitre a sus"procónsules", como los llamaba José Hernández. Gente feroz, alquilada en la BandaOriental.

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