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El color del cristal con que se mira

El color del cristal con que se mira

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Categories:Types, Research, History
Published by: Eduardo B. M. Allegri on Oct 07, 2012
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1
El color del cristal con que se mira
Por Miguel Domingo Aragón (*)La idea que vulgarmente se tiene de la época imperial en América es tan vaga y borrosacomo la de la Edad Media. Los personajes son figuras de sonámbulos que transcurren sobreun fondo oníricamente incoloro, como si todos obedecieran a impulsos similares y eltiempo pasara por sus vidas sin más que mecerlas en un vaivén uniforme.Sin embargo, fue un mundo en continua transformación, en continuo descubrimiento, llenode aventuras, de pasiones violentas, de remezones políticos, de fantasía, de grandeza -real oaparente- de ambición, de miedo, de bruscos vuelcos en el destino de cada cual; un mundobullente, atraído por la santidad y la concupiscencia, curioso, delicado, propenso,alternativamente, al esfuerzo denodado y a la holgazanería; mundo que no dejó unaherencia de poesía escrita por haberla vivido hasta quedarse ahíto. En el que los mismosque lo habitaban no acertaban a ubicarse con seguridad ni a describirlo de manerainequívoca. Así nos parece, por lo menos, cuando nos asomamos a él desde estos tiempostan lejanos, que es como mirar una escena desde la altura.Enfoquemos, por ejemplo, dos siglos y medio atrás, sobre el mismo momento y en elmismo lugar.El 19 de noviembre de 1730, fray Benito Díaz Altamirano, superior del convento de LaMerced, escribe desde Córdoba al Rey. Quiere anoticiarle sobre el
“mísero estado”
de laciudad y alrededores. La sequía hace que los ríos se queden sin agua y sea necesario cavaren su cauce, con riesgo de epidemias
 – 
“continuos epidemias”
, dice él
 — 
y la muerte delganado. Y sume la plaga de langosta, que acaba con los sembrados. Pero hay algo peortodavía, que es la continua invasión de los indios, que roban los ganados y hasta lascaballadas, con lo que obligan a perseguirlos de a pie y dejan a la gente acobardada ante elespectáculo de la crueldad que muestran para con sus víctimas, sin distingo de edades nisexos, con las consecuencias imaginables.Pero nadie siente estas desdichas como los religiosos, cuya renta
“más segura”
es lalimosna, que en estos casos cesa. Los vecinos salen a su costa contra los indios, a causa delo cual están arruinándose. Por lo tanto...
“suplico a V.M. (...) se digne atender al remedio
de tantos y tan continuos males
.
 El Rey debió quedarse perplejo, sin saber cómo evitar la sequía, detener las mangas delangostas o persuadir a los indios de que no se lleven los ganados (y, en todo caso, dejenuna caballada suficiente para perseguirlos). Pero qué iba a leer el rey este lloriqueo clerical,que habrá sido filtrado por una oficina del Consejo de Indias desde donde se habrácomunicado al Gobernador que socorra a los religiosos de La Merced a costa de la cajareal.

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