2
1 En el que el joven consulta a un pariente rico
Había una vez un joven brillante que quería hacerse rico. Había sufrido ya una buena cantidad de desilusionesy fracasos, esto no se podía negar, pero, a pesar de todo, todavía confiaba en su buena suerte.Mientras aguardaba que la fortuna le sonriera, trabajaba como ayudante de un director de cuentas en unaagencia de publicidad de segunda fila. Estaba mal pagado y, desde hacía tiempo, encontraba que su trabajo leofrecía muy pocas satisfacciones. Y ya había perdido todo entusiasmo.Soñaba con hacer otra cosa. Tal vez escribir una novela que le hiciera rico y famoso, acabando así, de una vezpor todas, con sus problemas financieros. Pero, ¿no era su ambición, digamos, poco realista? ¿Tenía de ver-dad la técnica suficiente y el talento necesario para escribir un libro que fuera un éxito de ventas, o llenaría laspáginas en blanco con las pesimistas reflexiones que le dictaba su amargura?Su trabajo se había transformado en una pesadilla diaria desde hacia ya más de un año. Apenas si podíasoportar al jefe, que se pasaba gran parte de las mañanas leyendo el periódico y escribiendo memorandosantes de desaparecer para ir a disfrutar de un almuerzo de tres horas. Además, su jefe había perfeccionado elarte de cambiar de opinión y no cesaba de dar órdenes contradictorias, algo que no contribuía a mejorar lasituación.Tal vez, si sólo se hubiera tratado de su jefe... pero, desgraciadamente, estaba rodeado de colegas que tam-bién estaban hartos de lo que estaban haciendo. Parecían haber abandonado cualquier ambición, haberrenunciado por completo a cualquier mejora. No se atrevía a mencionar a ninguno de ellos sus fantasías deabandonarlo todo y convertirse en escritor. Sabía que pensarían que se trataba de una broma. Se encontrabaapartado del mundo como si estuviera en un país extranjero y fuera incapaz de hablar el idioma local.Cada lunes por la mañana, se preguntaba cómo demonios haría para sobrevivir una semana más en la oficina.Se sentía completamente ajeno a las carpetas que se apilaban sobre su escritorio, a las necesidades de susclientes que clamaban por vender sus cigarrillos, sus coches, sus cervezas...Seis meses antes, había escrito una carta de dimisión, y había entrado una docena de veces en la oficina del jefe con la carta quemándole en el bolsillo, pero jamás había conseguido reunir el valor necesario para seguiradelante. Resultaba curioso porque, hace tres o cuatro años, no hubiera vacilado ni por un instante. Pero enese momento no parecía tener claro lo que debía hacer. Algo le estaba reteniendo, una especie de fuerza, ¿oera simplemente cobardía? Parecía haber perdido el valor que, en el pasado, siempre le había permitidoconseguir lo que deseaba.Tal vez el hecho de haber ido dejando transcurrir el tiempo a la espera de que apareciera el momento opor-tuno, intentando buscar excusas para no pasar a la acción, preguntándose si alguna vez conseguiría triunfar, lehabía convertido en un perpetuo soñador...¿Se debía su parálisis al hecho de que estaba cargado de deudas? ¿O era simplemente porque habíacomenzado a envejecer (un proceso que, inevitablemente, se pone en marcha en el instante en que renunciasa tu visión de futuro)?A decir verdad, no tenía la menor idea de cuál era el problema. Y entonces un día, en el que se sentía par-ticularmente frustrado, pensó de pronto en un tío suyo que daba la casualidad de que era millonario. Su tío po-día, tal vez, estar en condiciones de ofrecerle algún buen consejo o, mejor aún, prestarle un poco de dinero.Su tío, que era conocido como una persona amistosa y de buen corazón, accedió de inmediato a recibirle, perose negó, de manera rotunda, a prestarle suma de dinero alguna, alegando que con ello no le haría ningúnfavor. —¿Qué edad tienes? —le preguntó, después de haber escuchado el relato de sus cuitas. —Treinta y dos —susurró con timidez el joven. Sabía muy bien que la pregunta de su tío estaba cargada dereproches. —¿Sabías que, cuando tenía veintitrés años, John Paul Getty ya había conseguido su primer millón? ¿Y queyo, a tu misma edad, tenía medio millón? Así que ¿cómo es posible que, con lo mayor que eres, te veas for-zado a pedir dinero prestado? —No lo sé. Trabajo como un esclavo, a veces más de cincuenta horas a la semana. —¿De verdad crees que trabajar esforzadamente es lo que hace rica a la gente? —Yo... yo creo que sí... bueno, al menos, es lo que me enseñaron a creer. —¿Cuánto dinero ganas al año... 15.000 libras esterlinas? —Sí, más o menos, esa es la cantidad —contestó el joven. —¿Crees que alguien que gana 150.000 libras trabaja diez veces más horas a la semana que tú? ¡Desdeluego que no! Sería físicamente imposible: una semana no tiene más de 168 horas. Así que, si esta personagana diez veces más que tú, sin trabajar más de lo que tú trabajas, entonces tiene que estar haciendo algomuy diferente de lo que haces tú. Debe de poseer un secreto del cual ni siquiera has oído hablar. —Supongo que así es. —Tienes suerte de haber comprendido por lo menos esto. La mayoría de la gente ni siquiera llega tan lejos.Están demasiado ocupados tratando de ganarse la vida como para detenerse y pensar en cómo se podríanliberar de sus problemas de dinero. La mayoría de la gente ni siquiera gasta una hora de su tiempo tratando deimaginar cómo podrían hacerse ricos y de preguntarse por qué nunca han conseguido hacerlo.El joven tuvo que admitir que, a pesar de sus grandes ambiciones y sus sueños de ganar una fortuna, tampoco
Add a Comment
Jhon Alexander Lopez Bernalleft a comment
andreatopleft a comment
jubalalejandroleft a comment