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Sheikh+Muzaffer+Ozak+Al Yerrahi+Al Halveti,+El+Amor+Es+El+Vino

Sheikh+Muzaffer+Ozak+Al Yerrahi+Al Halveti,+El+Amor+Es+El+Vino

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05/10/2014

 
El Amor es el Vino
Charlas de un Maestro Sufi en América
Autor: Sheikh Muzaffer Ozak Al-Yerrahi Al-Halveti
Las enseñanzas e historias contenidas en este libro son únicas. Se trata del pensamiento Sufí presentado a una audiencia americana por un maestro sufí en toda regla. Estas enseñanzas procedende la tradición viva del Sufismo que han sido adaptadas y orientadas a los modernos occidentales.
Introducción
Conocí a Sheikh Muzaffer (que Allah tenga misericordia de él) en Abril de 1980. El Instituto dePsicología que yo había fundado años atrás le había invitado a él y a sus derviches a ser huéspedesde la Escuela durante su estancia en California. Como dos de los profesores se habían hecho cargode la organización, yo no tuve contacto con los derviches hasta que éstos llegaron.Estaba sentado en mi oficina hablando por teléfono, cuando pasó un hombre imponente y fornido.Me echó una mirada y siguió adelante sin ni siquiera interrumpir su paso. En el momento en que memiró, el tiempo pareció detenerse. Sentí como si, al instante, él ya supiera todo sobre mí, como sitodos los datos de mi vida fuesen leídos y procesados en una computadora de alta velocidad en unafracción de segundo.Tuve la sensación de que él conocía todo lo que me había llevado a sentarme en aquel despacho eincluso a hacer aquella llamada telefónica, y que sabía todo lo que iba a salir de allí.Una voz dentro de mí dijo: “Realmente espero que este sea el sheikh. Porque si es sólo uno de susderviches, no creo que pueda asimilar el encuentro con su sheikh"”
 
Al rato, salí a saludar al sheikh y a sus derviches y para darles la bienvenida en nombre de laescuela. Como esperaba, el hombre que había visto al principio era Sheikh Muzaffer Efendi. En su presencia sentí una mezcla de gran poder y sabiduría por un lado y un hondo honor y compasión por otro. El poder que emanaba de él hubiera resultado casi insoportable si no hubiera sido por elamor –igualmente fuerte- que irradiaba.Tenía la poderosa complexión de un luchador turco. Sus manos eran enormes, las más grandes quehe visto jamás. Su voz era un bajo profundo y sonoro, la voz más rica y honda que he escuchadonunca fuera de una ópera. Su cara era extremadamente móvil. Si en un momento dado parecíasevero y serio, al momento siguiente se transformaba en la quintaesencia del narrador de historiascómicas. Sus ojos eran claros y penetrantes –a veces fieros como los de un halcón, a vecesamorosos y chispeantes, llenos de humor.Aquella tarde, a la hora de cenar, Efendi me invitó a sentarme con él. Después de la cena, contó doshistorias de instrucción Sufí.Al oírle hablar, comprendí que todos los libros que había leído sobre Sufismo no habían ni siquieraempezado a transmitir el poder de esa técnica de enseñanza. Leer colecciones de historiasinconexas, sacadas de su contexto, no era nada en comparación con escuchar a un maestro sufí en persona. Si la primera historia pareció abrir mi interior, la segunda me hizo comprender.Cuando Efendi hubo terminado, noté de pronto que la habitación estaba llena de gente, de dervichesy de mis propios estudiantes. Mientras había estado contando las historias, me había parecido que sehabía estado dirigiendo sólo a mí, así que no tenía conciencia de que hubiera alguien más en lahabitación.La primera historia es la siguiente:Un día un hombre le prestó dinero a un viejo amigo. Unos meses más tarde, sintió que necesitaba sudinero, así que fue a casa de su amigo, que vivía en una ciudad próxima, para pedirle que ledevolviese el préstamo. La esposa de su amigo le dijo que su marido había ido a visitar a alguien alotro lado de la ciudad. Le dio al visitante unas direcciones y éste se fue a buscar al deudor.De camino, pasó al lado de una procesión fúnebre. Como no tenía prisa alguna, decidió unirse a la procesión y ofrecer una oración por el alma del muerto.El cementerio de la ciudad era muy viejo. Al tiempo que se excavaba una tumba nueva, seexhumaban algunas de las antiguas.Al lado de la tumba nueva, el hombre vió a su lado una calavera recién desenterrada. Entre los dosdientes delanteros de dicha calavera había una lenteja. Sin pensar en lo que hacía, el hombre tomóla lenteja y se la metió en la boca.Justo entonces, un hombre sin edad definida y con barba blanca se le acercó y le preguntó: “¿Sabes porque estás aquí hoy?”“Pues claro, estoy en esta ciudad para ver a un amigo mío”.“No. Estabas aquí para comerte esa lenteja. Ves, esa lenteja estaba destinada para ti, no para elhombre que murió hace algún tiempo y que no pudo tragársela. Estaba destinada para ti y ha ti hallegado”.
 
Efendi comentó: “Esto ocurre así con todas las cosas. Dios provee tu sustento. Sea lo que sea queesté destinado para ti, no dudes que te llegará”.Entonces contó la segunda historia.Había una vez en Estambul un hombre muy rico que un año decidió monopolizar todo el arroz delmercado. Una vez que los granjeros hubieron terminado la cosecha, envió a sus sirvientes a las puertas de la ciudad. Allí compraron el arroz de los campesinos y lo transportaron a los almacenesque había alquilado su señor. Ni un grano de la cosecha de arroz de aquél año consiguió llegar al mercado. El hombre rico seimaginaba que podría ganar una fortuna con su monopolio.Una vez guardado todo el arroz, nuestro hombre decidió visitar los almacenes. El grano eraalmacenado de acuerdo con su tipo y calidad. El más refinado se guardaba en una esquina de laúltima nave. Esta era la mejor variedad: había sido plantada en el mejor suelo y había recibido lacantidad óptima de sol y agua. Cuando el hombre vió este arroz, cuyos granos eran dos veces másgrandes que los normales, decidió llevarse algunos a casa para la cena.Aquella noche, su cocinero le agasajó con un plato de aquel arroz maravilloso, excelentementecocinado con mantequilla y especias. Pero nada más tomar la primera cucharada, el arroz se leatascó en la garganta. No podía ni tragarlo ni escupirlo.Probaron extraérselo de mil formas, pero todo fue en vano.Finalmente, llamaron al médico de la familia. El doctor hurgó y empujó todo lo que pudo, pero noconsiguió desatascar el arroz. Al fin, dijo: “Me temo que hará falta realizar una traqueotomía. Esuna operación simple. Le abriremos la garganta y sacaremos el arroz directamente”.Al hombre le espantaba la sola idea de que le cortaran la garganta, así que decidió consultar a unotorrinolaringólogo. Desgraciadamente, el especialista le recomendó la misma operación.Entonces el hombre se acordó del sheikh sufí que había sido el consejero espiritual de la familiadurante años y que tenía fama de tener poderes curativos. El sheikh le dijo: “Sí, sé como puedescurar tu mal, pero tienes que hacer exactamente lo que te diga. Mañana toma un avión y vete a SanFrancisco. Toma un taxi y ve al Hotel St.Francis, sube a la habitación 301, gira a tu izquierda y lascosas se resolverán”. Por la reputación del sheikh y también porque hubiera hecho cualquier cosacon tal de que ni le cortasen la garganta, nuestro hombre se embarcó con destino a San Francisco.Se sentía terriblemente incómodo con el arroz atascado en la garganta. Le resultaba difícil respirar yapenas podía tragar un poco de agua de vez en cuando.Una vez en San Francisco, el hombre se fue de inmediato al Hotel St.Francis y subió a la habitación301. Hasta aquí todo iba bien. Por lo menos el hotel y la habitación que el sheikh había especificadoestaban allí.Llamó a la puerta, que estaba entornada, y esta se abrió un poco. Al asomarse, vió a un hombredormido en la cama, roncando suavemente. De pronto, el hombre rico estornudó. Con aquelestornudo, el arroz fue expulsado de su boca y fue a parar a la boca del hombre que dormía, quien lotragó automáticamente, mientras se despertaba.

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