Al rato, salí a saludar al sheikh y a sus derviches y para darles la bienvenida en nombre de laescuela. Como esperaba, el hombre que había visto al principio era Sheikh Muzaffer Efendi. En su presencia sentí una mezcla de gran poder y sabiduría por un lado y un hondo honor y compasión por otro. El poder que emanaba de él hubiera resultado casi insoportable si no hubiera sido por elamor –igualmente fuerte- que irradiaba.Tenía la poderosa complexión de un luchador turco. Sus manos eran enormes, las más grandes quehe visto jamás. Su voz era un bajo profundo y sonoro, la voz más rica y honda que he escuchadonunca fuera de una ópera. Su cara era extremadamente móvil. Si en un momento dado parecíasevero y serio, al momento siguiente se transformaba en la quintaesencia del narrador de historiascómicas. Sus ojos eran claros y penetrantes –a veces fieros como los de un halcón, a vecesamorosos y chispeantes, llenos de humor.Aquella tarde, a la hora de cenar, Efendi me invitó a sentarme con él. Después de la cena, contó doshistorias de instrucción Sufí.Al oírle hablar, comprendí que todos los libros que había leído sobre Sufismo no habían ni siquieraempezado a transmitir el poder de esa técnica de enseñanza. Leer colecciones de historiasinconexas, sacadas de su contexto, no era nada en comparación con escuchar a un maestro sufí en persona. Si la primera historia pareció abrir mi interior, la segunda me hizo comprender.Cuando Efendi hubo terminado, noté de pronto que la habitación estaba llena de gente, de dervichesy de mis propios estudiantes. Mientras había estado contando las historias, me había parecido que sehabía estado dirigiendo sólo a mí, así que no tenía conciencia de que hubiera alguien más en lahabitación.La primera historia es la siguiente:Un día un hombre le prestó dinero a un viejo amigo. Unos meses más tarde, sintió que necesitaba sudinero, así que fue a casa de su amigo, que vivía en una ciudad próxima, para pedirle que ledevolviese el préstamo. La esposa de su amigo le dijo que su marido había ido a visitar a alguien alotro lado de la ciudad. Le dio al visitante unas direcciones y éste se fue a buscar al deudor.De camino, pasó al lado de una procesión fúnebre. Como no tenía prisa alguna, decidió unirse a la procesión y ofrecer una oración por el alma del muerto.El cementerio de la ciudad era muy viejo. Al tiempo que se excavaba una tumba nueva, seexhumaban algunas de las antiguas.Al lado de la tumba nueva, el hombre vió a su lado una calavera recién desenterrada. Entre los dosdientes delanteros de dicha calavera había una lenteja. Sin pensar en lo que hacía, el hombre tomóla lenteja y se la metió en la boca.Justo entonces, un hombre sin edad definida y con barba blanca se le acercó y le preguntó: “¿Sabes porque estás aquí hoy?”“Pues claro, estoy en esta ciudad para ver a un amigo mío”.“No. Estabas aquí para comerte esa lenteja. Ves, esa lenteja estaba destinada para ti, no para elhombre que murió hace algún tiempo y que no pudo tragársela. Estaba destinada para ti y ha ti hallegado”.
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